25 de febrero de 2026
Heredero de una tradición familiar iniciada por su abuelo en 1945, Juan Fucci ha transformado el oficio mecánico en una especialidad tecnológica que define como la "medicina de los motores". Desde su taller en Azul, este multifacético profesional combina la precisión del diagnóstico electrónico con una prolífica labor como creador de contenidos, rescatando historias locales a través de documentales virales y compartiendo los secretos de su profesión en redes sociales. En esta entrevista, reflexiona sobre su método de trabajo basado en la transparencia absoluta hacia el cliente, su pasado en el humor digital y los desafíos técnicos que plantea el futuro de la movilidad eléctrica.
El taller de Juan Fucci en Azul es un ecosistema de metal y silencio interrumpido. No es el caos de grasa que uno imagina, sino un laboratorio donde el pasado y el futuro conviven entre cables y escáneres. En el marco del Día del Mecánico, este hombre multifacético, que pasó de querer ser locutor a ser el cirujano de la electrónica automotriz y un cronista de historias perdidas, se detiene un momento. En su taller de Necochea N° 913 se limpia las manos, no con la urgencia de quien oculta algo, sino con la parsimonia de quien conoce el valor de la precisión, y acepta el juego de la entrevista.
-¿Cómo aparece la mecánica en tu vida, siendo que tu primer impulso te llevó a estudiar locución a La Plata?
- Es una herencia que se lleva en la sangre, aunque el desvío fue necesario para encontrar el camino. Mi abuelo, Oscar Roque Fucci, es el mentor de todo esto. Él empezó por 1945 en la estación de Rancagno, cerca del balneario, y terminó teniendo su propio taller en el mismo lugar donde estoy yo ahora. En 2011 me fui a La Plata a estudiar locución, pero el destino tiene sus propias herramientas. Terminé estudiando electrónica de autos, preparación de motores turbo y diseño de chasis en el instituto de Beto Pellegrini con Martín Tarantino, Diego Loyato y Sergio Bustillo. Lo que aprendí allí fue ingeniería aplicada: física, química y matemática con el único sentido de hacer que un auto vuele bajo.
- Hablás de la mecánica moderna como si fuera medicina. ¿En qué momento el destornillador fue reemplazado por el sensor?
- Hoy la mecánica se parece más a la medicina que a la antigua labor de taller. Yo elegí la electrónica de motores porque hoy los componentes mecánicos son gestionados por ella. Los sensores son como ojos que ven lo que el motor hace, y la computadora toma decisiones que los actuadores ejecutan. Para hacer esto bien, tenés que saber mecánica y electricidad primero; son las correlativas necesarias. Si el motor tiene una falla mecánica grave, va a repercutir en la electrónica por más que la gestión sea perfecta.

-¿Qué es lo que ofrecés hoy específicamente en tu taller y cómo definís tu servicio?
- Mi servicio hoy se centra específicamente en la electrónica de motores, una especialidad que considero más parecida a la medicina que a la mecánica antigua por el nivel de precisión que requiere. Aunque estudié preparación de motores turbo y aspirados, elegí dedicarme a la gestión electrónica porque es la que hoy comanda a los componentes mecánicos mediante sensores, que actúan como "ojos", y una computadora que toma las decisiones. En el taller me encargo de resolver fallas como el consumo excesivo de combustible, problemas de arranque o irregularidades en la marcha, además de realizar trabajos de electricidad como alarmas y cierres centralizados. Fui pionero en la región al traer el primer banco de rodillos para pruebas y las máquinas para la programación de computadoras de los autos. Mi política de trabajo es la especificidad absoluta: no realizo mecánica general como frenos o amortiguadores, sino que derivo esos casos para mantenerme enfocado en mi área. Aplico un método riguroso donde no cambio ningún repuesto hasta estar totalmente seguro de la falla, y mantengo una transparencia total enviando fotos y videos por WhatsApp a mis clientes para que sientan que están viendo el proceso al lado mío. Incluso, ya estoy capacitándome en el funcionamiento y arreglo de vehículos eléctricos para adelantarme a lo que vendrá, aunque su llegada masiva a nuestras rutas todavía sea un tema complejo.
- Además de tu tarea como mecánico sos un pionero del contenido digital en la zona. Empezaste con el humor en 2007, cuando Instagram ni siquiera era un boceto. ¿Cómo fue ese salto del humor absurdo a la divulgación histórica y técnica?
- Empecé a los 16 años haciendo humor con Chapacam Films. Era otra época: grabábamos en cinta Mini DV, compartíamos por Messenger y YouTube era un terreno virgen. Me retiré de los videos de humor y hace poco incursioné en TikTok con videos generales sobre las cosas que me gustan. Lo curioso es que los del taller, donde muestro desde cómo diagnosticar una falla hasta cómo arreglo un control remoto, se volvieron virales. No lo busqué, pero la gente se queda hipnotizada con el proceso.
- De repente, el mecánico se convirtió en documentalista. ¿Qué te llevó a buscar los fantasmas de la arquitectura y la historia de Azul?
- Mi mamá, que es profesora de Geografía, me inculcó el interés por el urbanismo y la historia desde chico. Un día le conté una historia de Azul a alguien de 25 años y se sorprendió de no saberla; ahí entendí que había algo por rescatar. Me fascina buscar los documentos que avalan las anécdotas; voy a la Hemeroteca y me hundo en los libros sobre historia y arquitectura. El video de la diagonal del Parque o el de la torre de la Municipalidad tuvieron una repercusión increíble porque la gente ama reconocerse en su historia. Como decía Enzo Ferrari: mi mejor obra es la que está por venir.
- Tu método de trabajo parece romper con la vieja escuela del "misterio del taller". ¿Por qué elegiste ser tan gráfico y directo con tus clientes?
- No creo en el misterio. Para mí, el auto entra y yo aplico un método, un "abc" que me enseñaron mis profesores ingenieros: no se cambia un solo repuesto hasta no estar seguro de la falla. Uso WhatsApp para mandar fotos y videos a los clientes durante todo el proceso; quiero que sientan que están sentados al lado mío en el taller. Si pierdo un tornillo, lo digo, lo compro y lo pongo. La transparencia es la clave. Los autos son complejos y los mecánicos debieran estar matriculados por una cuestión de seguridad; si un trabajo está mal hecho, se puede morir gente.
- Te estás capacitando en vehículos eléctricos, aunque todavía no circulen masivamente aquí. ¿Cuándo crees que ese "silencio" llegará a nuestras rutas?
- Es un tema complejo que depende de la matriz energética y las distancias. Argentina es un país enorme con climas extremos; hay distancias entre pueblos que hoy son infranqueables para un auto eléctrico. Muchas marcas están retrocediendo en sus planes de producción eléctrica total para 2027. Aun así, trato de "correrla de adelante" y me capacito para entender cómo funcionan y cómo se arreglan. Hay que estar listo, aunque el panorama sea difícil de predecir.

Oscar Roque Fucci: el mentor de una estirpe de "fierreros"
Para Juan Fucci la mecánica no es simplemente una ocupación: es una herencia que se lleva en la sangre y que define su identidad. El gran responsable de esta vocación es su abuelo, Oscar Roque Fucci, a quien Juan define como el "mentor absoluto de toda la pasión familiar por los motores".
La historia de Oscar Roque en el mundo de los "fierros" comenzó a gestarse alrededor del año 1945. Sus primeros pasos los dio en un lugar emblemático para la memoria de Azul: la estación de servicio de Rancagno, ubicada en el Balneario. Allí, en ese entorno de trabajo y aprendizaje constante, empezó a forjar su destreza. Su camino laboral continuó nutriéndose en otros talleres reconocidos de la época, como su paso por la firma ROAS y luego por lo de Mauricio Franco (padre de Cacho), hasta que finalmente logró concretar el sueño del taller propio.
Lo que hace que la historia de Juan sea un círculo perfecto cargado de simbolismo es la ubicación física de su actual espacio de trabajo. El último sitio donde estuvo su abuelo, y el lugar donde desarrolló la mayor cantidad de años de su fructífera carrera profesional, es exactamente el mismo sitio donde Juan tiene su taller hoy en día. Aunque Juan no inició sus actividades allí -estuvo nueve años frente a la cancha de Piazza-, el destino lo terminó devolviendo a ese mismo suelo cargado de historia familiar.
El legado de Oscar Roque no se limitó a las herramientas y los motores; él fue el motor principal que inculcó el automovilismo en todos los miembros de la familia. Esa semilla germinó con fuerza en las siguientes generaciones: el padre de Juan heredó ese amor, llegando a ser dirigente y presidente del Auto Moto Club Azul (AMCA), mientras que otros integrantes del grupo familiar -como su tío y su primo- se destacaron como pilotos campeones de categorías zonales. Incluso aquellos otros que no se dedican profesionalmente a los vehículos conservan ese gusto por los "fierros" que nació en aquel primer taller de 1945.
Hoy, cuando Juan se conecta a un escáner para diagnosticar la electrónica de un motor, lo hace rodeado de los fantasmas de una tradición que ya suma ocho décadas de historia viva en Azul, honrando el lugar que su abuelo construyó con esfuerzo y pasión.
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