ABRELATAS

Por Adolfo Mirande – Especial para EL TIEMPO

“Actualmente las latas de conserva están incorporando de forma masiva un sistema de abrefácil y, por tanto, los abrelatas se utilizan menos; no obstante, este utensilio de cocina está presente en todos los barcos”.

A pesar de todo nos unía la “affectio societatis”. El viejo “Capitán Kidd”, dipsómano y  su hijo Dandy que era tonto, eran dos de los integrantes de la sociedad de hecho.

El padre lo controlaba con generosos chorros de ron en la Coca-Cola.

Era un gastado marinero borracho y un hijo con una disminución mental.

Y el conjunto se completaba con Charly Gordon, dipsómano y conmigo que de “casualidad” siempre estaba con mi petaca de ron cerca de la mano.

Éramos cuatro. Dos borrachos; un  ebrio “casual” como yo,  y un tonto con ron en la gaseosa.

Charly tenía una concesión del gobierno colombiano sobre el pequeño Johnny Kay del archipiélago San Andrés y Providencia.

Y desde  la isla principal acercábamos todos los días a los visitantes extranjeros.

Realizábamos una excursión diaria en mi vieja goleta-bergantín.

Traíamos a los gringos por la mañana al Cayo y los devolvíamos ya en el anochecer a la isla  San Andrés.

En nuestra isleta los visitantes almorzaban y contábamos con equipos de exploración marina para los interesados que ya venían con entusiasmo por el mar de los siete colores, las manta rayas, los bancos de coral y el bello acuario que nos rodeaba.

La ausencia de grandes ciudades con poder de contaminación luminar  hacia de ese lugar  antillano un óptimo observatorio sin resplandores terrestres para la contemplación límpida de la  ampulosidad estelar del hemisferio norte.

Con la presencia de la Luna reflejada en la arena blanca todo se convertía en un mundo alucinante de duendes y de hadas y la imaginación creaba el cántico de las sirenas.

Johnny Kay además de su notable belleza natural era un fantástico observatorio  ictiológico de notable variedad de peces tropicales reunidos allí por el movimiento de las corrientes marinas del Caribe con su notable bio-diversidad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                            Charly y yo servíamos las mesas y trasladábamos a los parroquianos al cayo con mi vieja “Alondra” de tres palos.

Kidd cocinaba pargo rojo en aceite de coco para los turistas.

Dandy lo único hacia era apedrear a los cangrejos a mi pesar y  Gordon era el titular de la concesión.

Estando en una oportunidad los cuatro sobre la “Alondra” acudí a un pedido de socorro por radio y nos alejamos varios kilómetros de la senda rutinaria.

Una traicionera y violenta tempestad tropical nos atrapó estando en esa diligencia y mi amada “Alondra” tuvo que sucumbir. A duras penas pudimos salvarnos los cuatro en  una chalupa que llego a la playa destrozada.

Le cantaba el negro Charly a la madona de los náufragos con nuestro coro y todos batiendo palmas en la inmensidad de la bóveda celestial con el escenario del indiferente mar.

Y hubo más de una agradecida plegaria saludando la gloria de San Erasmo.

Yo sabía que estábamos en un pequeño islote desierto del archipiélago.

Habíamos tenido harto suerte no solo por lo pasajero de la tormenta, sino también por encontrarnos con la isla de pronto, y porque en un chaleco inflable teníamos  conservas y varias botellas de agua mineral.

Y para beneplácito de todos otros chalecos con varias botellas de ron “Diplomático Reserva” de Jamaica, nada menos.

Por mi parte me había ocupado de rescatar los antibióticos que pude, ya que era la medicina más importante en esa circunstancia en un ambiente tropical.

El que haya probado el jugo de coco, o “jugo de pipa” como allí lo llaman, sabe que al muy poco tiempo la pulpa es incomible y que la rechaza el organismo hasta el vómito.

A las pocas horas tuvimos necesidad de comida; de nuestra sed se ocupaban el ron y el agua, pero hete aquí que la desgracia surgió.

Un hecho insólito –muy extraño- nos tenia desconcertados; cuando recurrimos a la necesidad de un abrelatas, tuvimos la desagradable noticia de que no existía ninguno cerca nuestro.

¡No había un abrelatas en muchos kilómetros a la redonda!.

Tampoco disponíamos de herramientas ni de objetos punzantes metálicos y ni siquiera tuvimos la fortuna de poder recurrir a nuestros cinturones porque utilizaban un sistema de cierre distinto a la hebilla y no contaban con la púa de ajuste, que nos hubiera servido para perforar.

Era una isla muy pequeña –un cayo- que si bien se apoyaba en un fondo de piedra, en su superficie era una acumulación de barro y de arena donde no era posible hallar elementos líticos cortantes que hubieran abierto las latas.

Ni encontramos grandes caracolas marinas -tan comunes en esas geografías- que nos hubieran sido muy útiles, ya que vaya saber porque causas geológicas estaban trituradas hechas arena.

No habíamos hecho ningún curso de supervivencia y supongo, solo supongo, que nos hubiera sido difícil tratar la cuestión de los abrelatas.

Al otro día era más ostensible la gravedad de la cuestión.

Sofocábamos la sed con ron y agua y para el aumento de la sed más ron con agua.

Ya con un grado molesto de pesadillas por el hambre, llegó un barco de rescate.

Estando a salvo comidos y bebidos, charlábamos con el  Capitán en cubierta

sobre los variados lances  de nuestro naufragio.

La inesperada tempestad que nos acometió, nuestra buena estrella para encontrarnos

con el pequeño cayo al toque, y la tremenda “mufa” por el disgusto de los abrelatas extraviados. Y entonces sucedió el hecho más insólito que podía esperarse.

¡El tonto de Dandy, con una sonrisa satánica en sus labios, mostraba un abrelatas!.

El capitán del barco de rescate nos miraba incrédulo.

Era para el insólito tanto descuido en el trato del control    de los alimentos.

Yo temblé de indignación, de rabia y de impotencia.

Tenía alguna responsabilidad el viejo Kidd?

Todos sabemos que en el mar el control del agua y de la comida es poder.

El padre miró con una sonrisa enigmática y con un tono que no admitía de ninguna manera culpa para su hijo Dandy, Expresó…”es el misterio de las cosas inanimadas”.

Más allá de las disquisiciones de algún filósofo griego, y de las imaginerias de algún poeta surrealista es difícil atribuir un alma misteriosa a las cosas.

La enigmática sonrisa del viejo podía tener muchos significados.

Acaso los abrelatas desaparecidos tenia explicación?.

A veces -si de acuerdo al mito- ocurren algunas circunstancias extrañas no es tanto por el misterio de las “cosas inanimadas”, sino más bien por la voluntad de quien dirige la mano que las anima o las desanima. Entonces oímos un lamentable comentario de un tripulante. ¡No se preocupe, capitán, es cosa de cuatro vagos borrachos!

…y yo, mirando al marino,  me quede pensando…

¡En verdad éramos cuatro borrachines tras un abrelatas en medio del Mar Caribe!.

 

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