¡AGUJERO!

Por Adolfo Mirande

Especial para EL TIEMPO

17.11 p.m. De pronto no tuvo piso y se precipito libremente al vacio, cayendo hasta que el golpe lo detuvo.

Sintió el choque brutal en el resentimiento de la estructura de sus huesos, cuando su cadera quedo incrustada en un estrechamiento del túnel.

Las raspaduras en la piel fueron ramalazos de fuego.

La cabeza sufrió el impacto en forma de un brusco y violento cimbronazo que le produjo una profunda desorientación.

El cerebro no encontraba referencias de tiempo y espacio.

¡Había caído en una perforación abandonada!

El niño nunca había oído la palabra fobia , pero sintió la angustia de la soledad, del encierro, de la opresión que le impedía moverse, de la incertidumbre y del agobio recibido en un solo instante.

Todo su cuerpo sentía dolores y las escoriaciones ardían con su quemazón de fuego.

Algunos dedos rotos aumentaban el sufrimiento que padecían sus brazos maltratados en el violento descenso.

El mareo y la nausea eran un solo martirio dentro del desconcierto.

Todo fue estupor, dolor y angustia.

No atinaba a serenarse y la ubicuidad era algo remoto en su conciencia.

El caos de su cerebro asustado no lo ayudaba en la negrura.

La caída lo había arrojado a la incertidumbre de un universo alienado y la congoja y el desconcierto lo apresaban.

No pensaba; el sufrimiento era infinito.

Su ámbito estaba más allá del dolor.

Era intenso;  mas allá de lo físico, violento y sin tregua.

El niño estaba en el infierno.

Hacia unos momentos jugaba con sus compañeros que alegraban la tarde en el ocaso, pero en un solo instante se apago la vocinglería y el dulce abrigo del canturreo de su madre.

Y un fantástico cortocircuito oscureció, para él, de pronto,  la lánguida luz postrera del atardecer lluvioso.

¡Estaba solo en la hondura del pozo!

El silencio convertía la situación  en una burbuja de irrealidad y la falta total de luz la hacía aterradora.

Suspendido en una estrechez del hoyo la inmovilidad lo martirizaba con la fobia que provoca la imaginación de un enterramiento en vida.

Y el frio castigaba poniendo un plus al lacerante dolor.

No razonaba y su lucidez estaba más allá de la comprensión; los dolores eran atroces.

Desde la superficie caía el agua de lluvia que iba empapando el flanco del agujero.

En un momento el cuerpo pego un resbalón por la pared chirla que lo sostenía y se hundió varios metros remedando los horrores de la caída primera.

La voz del chico sonó como un desgarrado alarido para los hombres de la superficie que atendían los micrófonos.

17.27 p.m. Volvió a quedar suspendido en la manga del pozo y tuvo que volver al suplicio del principio.

El frío era muy intenso y su cuerpo temblaba cuando algún mecanismo reflejo de defensa puso fin a la penuria de la conciencia y lo llevo al alivio del desmayo.

18.01p.m. Se movilizaba la desesperada búsqueda de posibilidades que pudieran salvarlo.

El cuartel de bomberos estaba en plena actividad y varias dotaciones se venían acercando de pueblos vecinos.

En el lugar se había montado un pequeño campamento con reflectores que alumbraban profusamente la escena que se iba haciendo rápidamente una muestra de aparatologia técnica y de elementos de auxilio médico.

Ya había gente de Defensa Civil, policía, médicos, ingenieros, oficiales del ejército y más personas trabajando con angustioso denuedo por la salvación del niño.

La gente de “El Tiempo” no abandonaba el lugar y Bertellys rondaba nervioso como un gato celoso.

21.14 p.m. Largas tuberías de goma comenzaron a proporcionar oxigeno a la pequeña victima cautiva en el agujero.

El interés general estaba puesto en ese campamento levantado en derredor del lugar, en las afueras de Azul.

La noticia caló muy hondo en el alma de los azuleños y en poco tiempo se hizo más que una causa, una cruzada popular.

Espontáneamente la gente se acercaba sin ánimo de perturbar la labor de los rescatistas.

La movilización tenía lo incomprensible e inexplicable del milagro.

Todos juntos. El pueblo todo, había hecho de la causa del niño su propia causa.

La tarea continuaba y se bajaron sondas para proveer de oxigeno al cautivo y micrófonos para mantener el contacto con los sonidos de la profundidad.

23.33 p.m. Se pierde el contacto con el niño. Se hace el silencio.

El muchacho ya no responde a nuestros llamados, dijo muy apesadumbrado, a la prensa, el jefe de bomberos. Un oficial de pequeña contextura fue descendido con cuerdas y un arnés y al parecer logró tocar el cuerpo, que aparentemente estaba desvanecido.

Pero este intento resulto infructuoso.

1.15 a.m. En otro intento una mujer policía de talle muy esbelto fue introducida en la perforación, pero quedó atrapada en un angostamiento y fue extraída sin lograr éxito.

La ciudad entera vivía con ansiedad la situación y la población se acercaba al lugar con buena onda y esperanza. La tensión y la ansiedad no quebraron la voluntad de los rescatistas. Y se extendió como un murmullo entre la gente la declaración de un periodista de “El Tiempo”, que manifestó haber sido informado que el muchacho se había movido.

2.00 a.m. Una empresa ofreció a las autoridades una perforadora mecánica para abrir un segundo pozo en línea con el otro, que permitiría el descenso de un especialista que trataría de asistir al niño. Pero los hechos se precipitaron.

2.01 a.m. El joven desvanecido alucinaba y soñaba. Una fantástica aparición de luz provoco una tierna sonrisa. Era una visión tenue de brillante presencia que se destacaba en las sombras. Pensó en gnomos y duendes, en Peter Pan y en Alicia.

Mario Bros y otros personajes se movían y protagonizaban los más insólitos bailes.

Pero su imaginación decidió que eran ángeles. El muchacho estaba en su propio cielo.

No sentía ya dolores, ni frío, ni molestias. Estaba en el país de sus propias maravillas.

3,14 a.m. El contorsionista del circo que recalaba en la ciudad fue convocado.

Se lo sujetó con dos tiros por los tobillos y fue descendiendo al encuentro del niño con cuerdas apropiadas para su cometido.

El hombre ya aleccionado sujetó el torso y los brazos del caído con los cabos correspondientes y para que la fuerza de ascenso tuviera múltiples apoyos, engancho en varias partes de sus ropas los prendedores de las puntas de las cuerdas.

El artista de circo ya había hecho suya la causa del muchacho y cabeza abajo trabajó con esmero y rapidez.

La grúa subía con lentitud y la multitud ansiosa guardaba un silencio expectante.

Cuando asomó el cuerpo inerme continuó el silencio y la ansiedad se hizo más pronunciada. Parecía estar ocurriendo un milagro en Azul ante la buena onda de la gente. Las oraciones surgían hasta de las bocas de los no creyentes.

Ya estirado el cuerpo en la camilla la atención fue pronta y competente y más de un suspiro de alivio acompañaron a las circunstancias favorables.

Recuperó el conocimiento más pronto de lo previsto y de la gente reunida brotó un grito que estaba dirigido al infinito cielo.

Los boletines llevaron la noticia  y volaron las ondas buenas por el rumbo entero.

Un niño casi muerto había conmovido los espíritus y esta vez  que si los convocaba el espanto, lo que los movió definitivamente fue el corazón.

¡El muchacho ya sonreía  y estaban  en triunfo la vida  y el amor!

 

 

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