Alcanzar la paz social

Este, se presume, va a ser un año de cambios, de transición y también de sinceramiento. Los argentinos que vieron transcurrir una larga década de relatos y contradicciones, han quedado de pronto frente a la cruda realidad.

Una realidad que no es fácil de asumir. Parte de la sociedad observa las consecuencias de ese intenso período de desgaste y deterioro no sólo económico, sino también institucional y moral.

Las secuelas de una sociedad devaluada, degradada en sus valores más profundos, se presentan ante los ojos y seguramente se preferiría no verlas. Pero esas secuelas muestran rastros hondos, heridas abiertas, daños irreversibles en muchos casos que componen un escenario complejo en el que existen muchas dificultades para que uno se ubique.

Casi diariamente se asiste a nuevas denuncias, nuevos “hallazgos” que ponen de manifiesto esa matriz corrupta y perversa que se apropió del Estado y produjo tantas consecuencias  nefastas. No es gratis haber vivido un período sombrío en el que a veces se escuchaban voces que eran silenciadas por la complicidad, por las prebendas o por algunos intereses inconfesables.

El pueblo argentino todo tiene pendiente una autocrítica profunda, un repaso responsable y consciente de las situaciones deplorables que se toleraron en nombre de un partido, de un proyecto o de un liderazgo.

Es preciso hacer memoria. Hay un registro del deterioro que el país sufrió en estos años, hay datos ciertos del daño ocasionado. Es impropio señalar las carencias, las dificultades, los obstáculos que se deben sortear en el presente, sin hacer un balance reflexivo y sincero sobre el período transcurrido, con sus desaciertos, sus abusos, su irracionalidad y particularmente con sus prácticas corruptas que atravesaron todos los estamentos del Estado.

Se observa las consecuencias de un largo período de atraso y deterioro de casi todas las variables que miden las condiciones reales de un país. Muchos sectores acompañaron y naturalizaron las peores prácticas, muchos actores sociales aplaudieron y se regocijaron con la instauración de políticas desatinadas y sin sustento, que como decían las abuelas eran “pan para hoy y hambre para mañana”.

Ha llegado el momento de pagar la factura. Dolorosamente siempre pagan más los que menos tienen. El costo lo pagan los que siempre han perdido, en todos y cada uno de los desastres que a lo largo de la historia ha padecido la Argentina ha expresado María Liliana Christensen.

El camino es difícil, las adversidades son mucha. Nunca es sencillo reparar el daño, particularmente cuando el daño es tanto y tan profundo. Es importante poner en valor el logro del pueblo que ha conseguido recapacitar a tiempo y que por la vía de las urnas ha dicho basta.

Lo que viene es un gran signo de interrogación. Prevalece la incertidumbre y hay temor en muchos sectores. Lo que más cuesta es restaurar el cuerpo social y recuperar la confianza y la comprensión entre los argentinos. La división impuesta desde las altas esferas del poder durante tanto tiempo siguiendo a pie firme el viejo precepto que reza “divide y reinarás” ha fracturado a la sociedad y esa ruptura es uno de los problemas más graves que hay que enfrentar.

Alcanzar la paz social a partir del diálogo y el respeto que por años se ha desechado es un gran desafío. Retomar la senda del encuentro y la armonía después de más de una década de quiebre y distanciamiento, de confrontación y discordia, es el reto que la historia impone en este año en que se celebra el bicentenario de la Independencia Argentina.

Basta de amigo o enemigo. Basta de crispación. Pensar que otro, piense como piense, es nuestro hermano. Y a él le debemos solidaridad, afecto y respeto.

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