RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Alejandro

Por Matías Verna (*)

“Tal vez parece que me pierdo en el camino,
pero me guía la intuición”.

(Gustavo Cerati – Magia)

 Alejandro Díaz Montero prácticamente se podría decir que inauguró el Instituto de Menores de La Matanza y de allí no paró de ingresar y egresar de las penitenciarias. Comenzó robando un pasacassette Pioneer de una coupe fuego hasta un centro de cobro a punta de pistola.

Mató y lo absolvieron por falta de pruebas.

Por estas zonas serranas no quería estar, pero igual no renegaba: “Espero tranqui, encargado. El día que me zarpen la fundo y me voy si o si” , decía y concluía “yo soy paria, no me visita nadie, pero en esta guardia estoy piola porque usted y los demás encargados son buenitos”,  sentenciaba mientras se tomaba 2 miligramos de clonazepam y se metía en la cama de cemento como si fuera un niño que espera un cuento “hasta mañana encargado”.

En el patio de recreos era buen futbolista. Iba a culto evangelista los sábados y a misa católica los domingos. Trabajó un tiempo en la quinta sembrando cebolla, tomate y lechuga. Terminó la Primaria a los 30 y la Secundaria a los 38. “Me cuesta un poco encargado, pero igual… ¿Quién va a querer darle trabajo a un liberado?”.

Alejandro Díaz Montero tenía el cuerpo tatuado con tinta de lapicera. En los brazos los nombres de muchas mujeres: Nancy, Pao, Sharon, Tatiana, Lucrecia, Carolina y muy borroneado María. En la espalda tenía un punto en cada omóplato, uno en el medio de la columna y otros dos en la cadera. En el corazón decía mamá y cada vez que se tatuaba remarcaba las cuatro letras.

Nunca le conocí una mujer y en su legajo no consta la visita de ninguna con esos nombres, ni siquiera el de su madre. Sospecho que ha amado mucho y nunca nadie se enteró. O no supo cómo decirlo que es algo muy común en los presidiarios, a veces no saben cómo pedir o perdonar.

Alejandro Díaz Montero al igual que muchos presos, murió siendo culpable, odiado, olvidado. Al igual que muchos murió pidiendo amor.

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría y recientemente publicó su séptimo libro titulado: “Crudo”, editado en el mes de abril. En esta sección se comparte textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

 

 

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