RÍO 2016: CRÓNICAS DE VIAJE (PRIMERA PARTE)

“Algún día iba a volver a ir a los Juegos Olímpicos”

El sistema de transporte público, una de las claves para el éxito de Río 2016. El Metro de Río inauguró la Línea 4 para los JJ.OO. y ofreció nuevos y confortables coches. La gente abandona la estación de BRT y se dirige hacia el Parque Olímpico de Barra, que se divisa al fondo. Juan Martín de Potro venció al japonés Taro Daniel. Finalizada su clasificación en la prueba de 100 metros mariposa, Michael Pheps se retira de la pileta. Lo siguen las cámaras y el ganador de la serie, Joseph Schooling, de Singapur. Manu Ginobili, máximo referente de la Generación Dorada, durante los ejercicios precompetitivos.
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Finalizada su clasificación en la prueba de 100 metros mariposa, Michael Pheps se retira de la pileta. Lo siguen las cámaras y el ganador de la serie, Joseph Schooling, de Singapur.

Un testimonio personal, con ojos de periodista pero parcialidad de fan. Vivencias de una semana en la “Cidade Maravilhosa” durante la primera y exitosa incursión del olimpismo en América del Sur. La Argentina, ese sentimiento, y la historia misma en presente, con Michael Phelps y Usain Bolt como máximos referentes.

Por Gonzalo Berríos – Especial para El Tiempo

Durante la ya lejana Ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos Río 2016, el brasileño Carlos Nuzman, presidente del Comité Organizador, se refirió efusivo a un sueño cumplido. Era yo una de las estimadas 3 mil millones de personas que seguían la transmisión por televisión y, con sensaciones a flor de piel, disfrutaba la previa de lo que sería el mío. Por partida doble, porque lo haría junto a mi hijo Tomás. En breve volaríamos hacia esa mítica ciudad que por esos días lucía “aún más bonita”, al decir de Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Poco más de veinte años atrás, tuve la oportunidad de cubrir durante algunos días los Juegos Panamericanos Mar del Plata 1995. Era estudiante de periodismo y todavía conservaba una silueta acorde con el deportista que supe ser. Recuerdo momentos especiales en lo estrictamente deportivo: una final de básquet masculino y otra de hockey sobre césped femenino, en las que Argentina derrotó a los Estados Unidos. Recuerdo primero la actuación en pista y después la conferencia de prensa de Javier Sotomayor, plusmarquista cubano de salto en alto, entonces una celebridad y que algunos años después fue despojado de todos sus títulos por dóping. Recuerdo también las caminatas por las inmediaciones del Estadio Mundialista y toda esa infraestructura que todavía hoy se mantiene como principal legado, la tecnología en el Centro de Prensa en inmediaciones del Casino Central y hasta la botellita especial de una gaseosa con el logo alusivo. Recuerdo a los voluntarios y a atletas, dirigentes e hinchas poniendo color con sus vestimentas a las calles y sitios de la ciudad balnearia. Y recuerdo la Ceremonia de Clausura, el final, cuando me prometí: “algún día voy a ir a los Juegos Olímpicos”.

Vuelo AR 1250 

Son las 13.45 horas del miércoles 10 de agosto y en la sala de embarque alcanzamos a mirar desde el teléfono las instancias finales del primer tiempo entre Argentina y Honduras al fútbol. Gerónimo Rulli ataja un penal y recién después hacemos caso al último llamado para abordar el avión, que unas horas después aterrizará con lluvia en el Aeropuerto Internacional Tom Jobim. En la previa, mientras despachaba su equipaje, habíamos reconocido a Luis Molina, uno de los representantes argentinos para la maratón (finalizó en el puesto 89), con quien compartimos vuelo y una primer selfie en suelo brasileño.

#AeroportoOlímpico, nos recibe un enorme cartel en el hall de arribo. Camino hacia allí nos cruzamos con decenas de voluntarios con chombas amarillas guiando a grupos de pasajeros con vestimenta oficial de múltiples nacionalidades. Complementan la escena enormes marquesinas iluminadas con gigantografías de Usain Bolt y demás estrellas del deporte olímpico. Empezamos a corroborar la dimensión de un evento internacional de estas características. Al menos por unas semanas, Río de Janeiro es Río 2016.

Mientras aguardamos a otros pasajeros, aprovecho para acercarme a la Oficina de Turismo y obtener algo de información. Me entregan una guía de 178 páginas, “edición olímpica”, y algunos planos de la ciudad y su sistema de transporte público. Pregunto por la “Cartao dos Jogos”, una variante para esos días de la RioCard, algo así como una Tarjeta SUBE. La misma, vendida en tres formatos, de uno, tres y siete días, resulta válida para ómnibus municipales, BRT (Buses de Tránsito Rápido), VLT (Tranvías), trenes y Metro (Subterráneo), con acceso exclusivo a algunas rutas especialmente inauguradas para los Juegos, como la línea 4 del Metro y la Transolímpica y la Transcarioca del BRT. Será vital en los próximos días, el transporte público es prácticamente la única forma de acceder a las distintas arenas olímpicas. Sin un funcionamiento adecuado del mismo, la ciudad se hubiera convertido en un caos. Nos recomiendan, sin embargo, salir con tres horas de antelación al inicio de los distintos encuentros deportivos a los que asistamos. Estaremos alojados en Copacabana, a unos 20 o 30 kilómetros de las principales sedes olímpicas y, según parece, son lentos y exhaustivos los controles de acceso.

Ya instalados en el hotel, nos dirigimos hacia la Avenida Atlántica y caminamos por la emblemática rambla, aquella de las veredas con figuras onduladas, negras y blancas, una de las postales típicas de la ciudad. Fuerzo un paralelismo con el dibujo de nuestra Plaza San Martín, al fin de cuentas, en lengua quechua, Copacabana significa “mirador del azul”. Cenamos en un “carrito” frente al mar. Apenas llueve.

Al ruedo 

Arrancamos un nuevo día y el comedor del hotel nos anticipa de qué se trata esto de la globalidad en los Juegos Olímpicos.  Desayunamos junto a holandeses, italianos, noruegos y, por supuesto, también argentinos. Los de Camerún, que estaban ayer a nuestro arribo, ya salieron o siguen durmiendo. Mientras tomo apuntes, se devela la incógnita. Los cameruneses irrumpen en el lugar.

Salimos temprano. La lluvia de ayer obligó a reprogramar y adelantar el inicio de la jornada de tenis, para la que tenemos entradas. Antes, debemos pasar por una casa de cambio. Prácticamente todo puede abonarse con tarjetas de débito/crédito, pero siempre hay que tener algo de efectivo encima. Nada de Dólar, sólo Real. Por lo demás, está aquello de las tres horas y, aunque repasé decenas de veces las rutas y las combinaciones con Google Earth, nunca se sabe con qué imprevistos uno puede encontrarse.

En el trayecto hacia y en el ingreso a la Estación de Metro Cardeal Arcoverde nos cruzamos con decenas de brasileños vistiendo la camiseta de su seleccionado de fútbol. ¿Será que siempre es así o es fruto del entusiasmo por los cuatro goles a Dinamarca la noche anterior? Como sea, compramos nuestra Cartao dos Jogos y atravesamos los molinetes. No queda demasiado margen para las dudas. Hay señalética por dónde se mire y, aunque no fuera exitosa la autogestión, somos muchos los que vamos al mismo lado y voluntarios de la Prefectura de Río nos guían con enormes manoplas con un dedo índice señalando hacia dónde hay que dirigirse. Siempre con una sonrisa y al grito de “Bom día, bom día”. La escena se repite cuando abandonamos la Línea 1 para combinar con la Línea 4 y, una vez más, cuando dejamos atrás el Metro para abordar el BRT Transolímpico, con destino final Morro do Outeiro, la estación desde la que se accede al Parque Olímpico da Barra. No hay forma de perderse, también allí esperan los voluntarios.

El viaje es confortable, los coches se adivinan nuevos y están equipados con aire acondicionado. Nada que uno no hubiera vivido ya en Buenos Aires, tantas personas yendo al mismo lugar, es inevitable algún que otro apretujón. Lo evadimos en un primer momento. Sin querer ingresamos en un vagón exclusivo para mujeres. Anécdota al margen, unas 1,2 millones de personas llegaron a Río durante los Juegos, sobre una población de 12 millones, contando el área metropolitana. El transporte público absorbió exitosamente ese impacto.

Barra da Tijuca 

Ya estamos en el corazón de los Juegos. Unos 800 metros nos separan del acceso al Parque Olímpico de Barra da Tijuca, sede de más de una quincena de modalidades deportivas, entre ellas básquet, ciclismo de pista, gimnasia, handball, tenis, saltos ornamentales y natación. Se ubica también allí el Centro Internacional de Comunicaciones (IBC) y, cuando se apague la llama, será uno de los principales legados deportivos de los Juegos Río 2016: un Centro Olímpico de Entrenamiento para atletas de alto rendimiento (COT).

Las precauciones rindieron fruto, llegamos con tiempo. Aprovechamos para visitar las boleterías. Vinimos con un paquete de entradas desde Buenos Aires, compradas hace meses, cuando todavía no se habían completado algunos cuadros del fixture. El azar definió que en la noche veremos a la Generación Dorada del básquet argentino frente a Lituania, pero pretendemos un poco más. Intentamos sin éxito con Argentina-Brasil, diríamos que lógico. Algo más esperanzados, consultamos por el partido frente a España. También negativo. Vamos a por Argentina-Quatar en handball. Nos retiramos con nuestros tickets.

Para ingresar al Parque, hay que pasar primero por un escáner y el sondeo de las fuerzas de seguridad, algo que generó grandes demoras y quejas durante los primeros días. La seguridad se presentó como una de las principales preocupaciones de las autoridades brasileñas, al punto tal que se destinaron unos 85.000 efectivos entre policías y militares. La presencia se nota en la vía pública y hasta parece exagerada. Sorteada esta instancia, un segundo control chequea que quienes ingresamos tenemos entradas y, a través de un lector laser, certifica la autenticidad de las mismas.

La hora del deporte 

Una vez adentro, nos dirigimos hacia el Centro Olímpico de Tenis. Tenemos entradas para el Court Central, con capacidad para 10 mil espectadores y una interesante programación, que arranca a las 11 horas con Rafael Nadal enfrentando a Gilles Simón y sigue con Fabio Fognini vs. Andy Murray, un single femenino y el dobles mixto entre Gran Bretaña y España. A la misma hora, pero en el Court 2, Juan Martín Del Potro se mide contra el japonés Taro Daniel. El argentino viene de ganarle ni más ni menos que a Novak Djokovic y desde anoche nos debatimos qué hacer. Nos informan que si salimos del complejo, no podremos volver a entrar. Tenemos accesos para natación a las 13 horas, con lo que podremos ver sólo un partido. Nos decidimos, vamos por Delpo. Nos acercamos a la entrada del Court 2 y ofrecemos a una pareja brasileña canjear nuestros tickets. Aceptan gustosos. La apuesta valió la pena. Luego de un comienzo irregular, el tandilense termina dominando el partido y avanza de ronda. Somos varios los argentinos en las tribunas, festejamos.

Nos dirigimos prontos hacia el Estadio Olímpico Acuático, una moderna estructura con capacidad para 18 mil personas, que finalizados los juegos se reformará para acomodar dependencias administrativas y de investigación del COT. Las series clasificatorias de 50 metros libre masculino ya habían comenzado pero alcanzamos a presenciar la participación de Federico Gabrich, que se ubicó en el puesto 31 de 89 participantes, a poco menos de un segundo del ucraniano Andri Govorov, el mejor tiempo de esa mañana. Ubicados sobre una de las cabeceras, la de fin de las competencias, mientras esperamos por la siguiente prueba comentamos sobre la tecnología desplegada para la transmisión televisiva, que incluye cámaras debajo del agua, estratégicamente ubicadas en los andariveles más rápidos. No puedo evitar cierta emoción descubriendo el entorno. La natación es una de las actividades centrales del olimpismo. Junto al atletismo, son las dos actividades que más medallas reparten. Pero además fui nadador y hasta todavía intento hacerlo de tanto en tanto. Parafraseando a un amigo, me siento “como niño en juguetería”.

La tarde entregará nuevas satisfacciones. La clasificación para los 800 metros libre femenino ubica a Katie Ledecky en primer lugar. Se trata, con 19 años, de una de las más prometedoras figuras de la natación norteamericana y lo demuestra imponiéndose con récord olímpico. Desde las tribunas acompañamos con palmadas los metros finales en esa lucha contra el reloj. Como si fuera propio, celebramos con gritos y aplausos el nuevo logro.

Llega el turno de los 100 metros mariposa masculino y allí está él, leyenda viviente, Michael Phelps. Su sola presencia genera conmoción, estamos ante el considerado mejor nadador de la historia. Nos sorprenden su contextura física, unas machas en el cuerpo (resultado del cupping, una técnica de recuperación muscular mediante la aplicación de ventosas) y fundamentalmente su elasticidad en los momentos previos a la partida. El resultado termina siendo anecdótico, finaliza segundo en su serie. La clasificación la lidera Joseph Schooling, de Singapur, quien en la final –con récord olímpico- terminará relegando a la medalla de plata no solo al propio Phelps, sino además al sudafricano Le Clos y al húngaro Cseh, que en un triple empate compartieron segundo puesto. Surge de allí una de las postales de estos Juegos. Parece ser que, ocho años atrás, ambos nadadores coincidieron en Singapur, previo a los Juegos Olímpicos de Pekín. Schooling era entonces un niño de 13 años que tenía como ídolo a Phelps y guardaba desde entonces una imagen junto al estadounidense, que trascendió durante estos días.

Si algo le faltaba a la jornada, en la última de las pruebas previstas pudimos ver en acción a la húngara Katinka Hosszu, que con tres oros y una plata, fue otra de las atracciones de la natación en Río 2016. Si bien ese día lideró la clasificación de los 200 metros espalda femenino, en la final fue superada por la californiana “Maya” DiRado.

La Villa Olímpica 

Son algo más de las 15 horas y hasta la noche no tenemos nada en agenda. Aunque más tarde mis piernas me lo reclamen, propongo ir a conocer la Villa Olímpica, distante a unos tres kilómetros. Bordeamos una zona con espacios exclusivos para invitados de empresas sponsor y dejamos a un lado el estacionamiento de buses y prensa. Ya fuera del Parque, caminamos por la Av. Salvador Allende en dirección al lugar. Poco antes de llegar a destino, pasamos por el Parque dos Atletas, ex Cidade do Rock, espacio donde se han presentado distintas estrellas de la música internacional y que funcionó como sede del Rock in Río. En la actualidad, la Alcaldía de Río ofrece allí clases gratuitas de distintas modalidades deportivas. Enfrente, se encuentran ubicados los pabellones del Ríocentro, donde se desarrollaron actividades de boxeo, levantamiento de pesas, bádminton y tenis de mesa.

Llegamos hasta el acceso a la Villa, un complejo de 31 edificios y algo más de 3600 departamentos, con capacidad para recibir a unas 18 mil personas, la mayoría atletas pero también integrantes de los equipos técnicos. Será un complejo residencial una vez terminados los Juegos. Alcanzamos a divisar las torres e incluso a identificar aquella donde se alojan los argentinos. No me conforma.

Hay cámaras y periodistas en la calle. Por su vestimenta, identificamos a un compatriota. Especializado en hockey, nos comenta que está esperando a Eduardo Moyano, Director de Prensa del Comité Olímpico Argentino, con quien acordó encontrarse en ese lugar. Le envíe un e-mail a Moyano hace unos diez días, cuando surgió esta posibilidad de reflejar de alguna manera en Diario El Tiempo el paso por Río 2016. Ya instalado aquí, seguramente con mucho trabajo, tuvo la gentileza de responderme e informarme algo que suponía, que el proceso de acreditación para los Juegos Olímpicos se gestiona con mucha anticipación y ya estaba cerrado. Decido esperar para identificarme y saludarlo, tal vez con su intervención podemos acceder a la Villa y/o tomar contacto con algún atleta argentino que nos brinde testimonio.

Permanentemente entra y sale gente del edificio que funciona como antesala de ingreso. Observo que si bien hay presencia policial y todo pasa por el escáner, al parecer no exigen credencial para acceder al lugar. Probamos y efectivamente nos revisan pero logramos entrar. Es un espacio amplio. Por la izquierda se accede a la Villa, pera por ahí no se pasa sin acreditación. En el medio se retiran las credenciales de visitante. Alguien alojado allí debe anunciarte con un día de antelación, hay que mandar una foto y seguir otra serie de trámites. No cumplimos ninguno de esos requisitos, pero nos quedamos un buen rato merodeando por ahí. Hay unos asientos, pantallas que transmiten en vivo algunas competencias. Sacamos algunas fotos y tratamos que nuestra curiosidad y simpatía reemplacen la credencial. Hablamos, preguntamos, pedimos permiso. La respuesta siempre es amable pero negativa. A la derecha está la salida. Si bien hay voluntarios junto a la puerta, no se pide la credencial. Suena lógico. La fortuna hace que sobre ese sector se produzca el encuentro con Moyano, lo que nos da la excusa para acercarnos y permanecer conversando algunos minutos en ese lugar. Nos ven, casi que ya somos como de la casa. Allí mismo, sobre un costado, hay unos baños. Nos dirigimos allí y cuando nos retiramos encaramos con naturalidad la puerta de salida, que en realidad significó nuestra entrada a la llamada “Zona Internacional”. Tomi me cuenta que la joven que se encontraba flanqueando el lugar no puso buena cara. Como sea, la habrá invadido la duda, porque tampoco nos detiene.

La “Zona Internacional” es ese espacio que tantas veces hemos visto en los medios durante en estos días, donde los periodistas acreditados suelen realizar las entrevistas con técnicos, atletas y dirigentes. No es la Villa en sentido estricto sino más bien una suerte de plaza que antecede a los edificios donde se hospedan los deportistas. Hay reposeras sobre la arena, asientos y mesas confeccionadas con material reciclado, banco, correo y, lo que más nos sorprende, un salón de belleza. Más allá de las fotos, quiero dejar testimonio de nuestra presencia en ese lugar. Nos dirigimos al correo, compramos unas estampillas especialmente editadas para la ocasión y nos las entregan en un sobre que, enseñanza de mi padre, solicito me sellen: “Agencia da Vila Olímpica – Correios”, dice. Exactamente lo que buscaba. Nos cruzamos con Taro Daniel, el japonés que en la mañana perdió ante Del Potro. Como él, centenares de atletas y visitantes circulan por ahí, distendidos. Ya se hace de noche y no comemos nada desde el desayuno así que nos sumamos a la larga cola para realizar un pedido en el Mc Donalds que funciona allí. Delante se ubica un representante de Irán y, a su lado, una joven con vestimenta oficial del equipo estadounidense. Me tiento y saco una foto, en algún punto refleja el espíritu de los Juegos, la convivencia en paz por sobre los conflictos de la geopolítica.

Generación Dorada 

Volvemos al Parque Olímpico y nos dirigimos hacia las inmediaciones del Arena Carioca 1, el moderno estadio para 16 mil personas donde se desarrolla el torneo de básquet masculino. Falta una hora y media para el inicio del partido entre Argentina y Lituania, y la hinchada albiceleste ya aporta clima. Camisetas, banderas y cantos invaden la zona de acceso. Lo veíamos en los días previos y nos conmueve vivirlo ahora. Luego de Estados Unidos, y obviamente el anfitrión Brasil, Argentina es el país que mayor cantidad de entradas ha vendido para estos Juegos Olímpicos. Se ve en la calles, en las banderas, en cada uno de los estadios o espacios donde se desarrollan las distintas disciplinas olímpicas. No estamos ajenos, vestimos la albiceleste y tratamos de no perder oportunidad para mostrar nuestra bandera con el logo de Azul Ciudad Cervantina de la Argentina.

Se percibe una comunión especial entre la gente y el Seleccionado Argentino de Básquet, con antecedentes de oro y bronce en Juegos Olímpicos. Algunos artífices de esos pergaminos ya se han retirado y todos sabemos que se dará aquí la última actuación de Manu Ginobili y “Chapu” Nocioni, tal vez también la de Carlitos Delfino, que luego de varias lesiones hizo un gran esfuerzo para llegar hasta aquí. A Luifa Scola pareciera quedarle todavía un poco de cuerda, pero definitivamente Rio 2016 marcará el fin de la Generación Dorada. Al menos de ésta Generación Dorada, porque el técnico Sergio “Oveja” Hernández convocó en torno a los consagrados un plantel de jóvenes jugadores que se las traen. Así es que la gente canta, grita y alienta, entre esperanzada por lo que puede volver a ser y agradecida por tanto.

El partido es parejo y transcurre con altibajos. La pelota se torna un tanto arisca para ingresar en el aro, no puedo determinar si por mérito en la defensa de los lituanos o por imprecisiones de los argentinos. Tal vez un poco y un poco. Nos lamentamos cada vez que se pierde un tiro pero disfrutamos con la calidad de Manu y el talento de Facu Campazzo. Lituania termina imponiéndose 81-73 y las estadísticas ensayan una posible respuesta, obtuvo 51 rebotes (40 defensivos), contra 29 de la Argentina. Reconocemos y despedimos a nuestros jugadores, recién después nos retiramos.

Salimos del Estadio y luego del Parque junto a la muchedumbre. Es hora de emprender el retorno. La ruta es inversa a la de esta mañana pero se ha hecho tarde y ya no funcionan las líneas de Metro. Debemos, en su lugar, combinar con una segunda línea de BRT. Llegamos al hotel pasadas las 2.30 horas. “Boa noite”, saludamos al conserje. Apenas escucho su respuesta pero creo que dijo “bom día”.

 

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