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06-08-2019

Doctores de pueblo y vocación: el Dr. Alberto Gabriel Molina

El médico rurales ha sido desde siempre una figura representativa del folklore, personaje que aparece en anécdotas, cuentos y en la memoria colectiva de los pequeños pueblos por su labor y amor al prójimo.


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El doctor Alberto Gabriel Molina nació el 21 de enero de 1910 y falleció el 1 de septiembre de 1980. GENTILEZA FAMILIA MOLINA

Por Lis Solé.

Hay personajes entrañables en la historia de los pueblos y algunos de ellos son, sin dudas, los médicos rurales, doctores que dejaron huellas profundas que trascendieron su profesión, transformando pacientes y enfermos en amistades y cariños sinceros de generaciones que aún lo recuerdan, profesionales que eran parte de la familia, personas sencillas que ofrecían su saber a la gente simple y sufrida de los pueblos, llegando a ser con todo personaje folklórico del ambiente rural.

En General Alvear, el Doctor Molina era eso y mucho más. Doctor campechano y muy servicial, está presente en la memoria de los abuelos ya que tal como lo describe el Dr. Favaloro, era no sólo el profesional sino también el psicólogo, el confesor y el servicio de urgencias.

El agradecimiento de la autora a la familia Molina por la fotografía y a las personas mencionadas que compartieron sus recuerdos.

El Dr. Molina 

Alberto Gabriel Molina había nacido en Buenos Aires el 21 de enero de 1910, y terminada la carrera de Medicina y ya casado con Delia Antonia Cicaré, llega a Alvear en tren en 1941, para “probar” como era el pueblo con sólo su maletín de médico y se aloja en la pensión “de altos” que estaba en la esquina de Perón y Bernardo de Irigoyen. Al poco tiempo, decide radicarse en el pueblo y entonces, se muda con su mujer en una casa que alquilaba a la familia Fernández ubicada en la calle Hipólito Yrigoyen, lugar donde habitan y crecen sus hijas hasta que construyen su casa definitiva y actual sobre la misma calle.

Su vocación de servicio iba mucho más allá de lo estrictamente médico. En épocas donde el doctor hacía principalmente domicilios y sin cobrar, el Dr. anotaba en un cuaderno a todos sus pacientes a los que visitaba a la mañana antes de almorzar y nuevamente a la noche antes de la cena, tachando prolijamente cada visita hecha. Primero hacía las visitas caminando a grandes zancadas y Vicente Ortiz, considerando que era imprescindible que tenga un auto para no caminar tanto, le presta el dinero sin intereses con el que adquiere un auto negro Chevrolet y luego un auto Fraser amarillento y reluciente donde cargaba a sus hijas para hacer los domicilios mientras charlaban un ratito, en medio de corridas y pacientes.

Levantando polvaredas para llegar a tiempo

Su compromiso era tal, que cuando le avisaban de algún enfermo, se calzaba sobretodo y zapatos encima del piyama, y salía corriendo a socorrer al enfermo llegando incluso antes que los familiares en su auto particular, levantando polvaredas en las calles de tierra rurales. Doy fe de su proceder ya que mi papá repite constantemente cuando, en medio de una crisis asmática de su esposa Doris y ya sin saber qué hacer, sale hasta el pueblo desde la Escuela N° 8 a la madrugada. Al golpear la puerta, atiende el Dr. a medio vestir que sale en su auto a toda velocidad llegando incluso antes que papá, recorriendo 11 kilómetros de tierra y aún más, acompañando a mamá durante toda la noche.

María Elena Romero de Orchiani contaba constantemente de la ocasión en la que muchos de sus hijos estaban enfermos por lo que el Dr. llegaba con su maletín y sus medicinas para todos. Un día, también María Elena enfermó así que Molina era el que iba hasta la farmacia de don Jorge Vignolles con sus recetas magistrales para conseguir los remedios de toda la familia.

Difícil de escribir en poco espacio, la cantidad de anécdotas que se suceden en la memoria de las familias alvearenses acerca de este médico porque su personalidad y calidad humana, su amor a los demás y su intensa participación en distintas actividades comunitarios involucraron a toda la comunidad.

Director del Hospital Municipal 

Fue Director del Hospital Municipal y uno de sus más destacados doctores siendo la salud infantil su preocupación constante, así que consigue la radicación de uno de los 29 centros de Higiene Materno Infantil de la Provincia, Centro que se inaugura el 1° de abril de 1949 siendo él mismo el médico Jefe, y contando con un grupo profesional de 10 personas entre las que había visitadoras de Higiene, obstetras, nurses y enfermeras. El Centro primero funcionaba donde actualmente son los consultorios de Bernardino “Poyito” Althabe, para después ser trasladado al mismo Hospital con la incorporación de más personal siendo su director, Bernardino Modesto Althabe hasta 1970 aproximadamente.

Fundador y primer Director de la Escuela Secundaria 

La educación fue otra de sus preocupaciones siendo director y profesor de la Escuela Nacional de Comercio (hoy Escuela Media N° 1) y miembro activo y constante de la Biblioteca Popular “Florencio Balcarce” realizando gestiones en La Plata y trabajando como profesor siempre ad honorem por cuatro años al igual que todo el profesorado al que consideraba su igual.

Su incursión en la política le produjo más sinsabores que satisfacciones; fue electo en 1954, como primer Intendente Municipal peronista pero, al dejar el cargo por un golpe militar es criticado por quienes caen en la falta de respeto al otro por sus ideas y con el sólo objetivo de desprestigiar al “contrario” a cualquier costo. Estos malos tragos, fueron mitigados por el aprecio de sus vecinos y pacientes de toda la vida y por supuesto, por los socios y amigos del Club blanco y negro alvearense del que fue colaborador y presidente: el Club de sus amores, el Club Unión Empleados de Comercio.

Así dadas las cosas, el Dr. era todo porque hasta se daba maña para registrar situaciones con una Cámara Súper 8 para después pasar las películas en el salón del Club Comercio en el microcine “Novador”.

Un doctor gaucho y muy laburador 

A los médicos les toca enfrentar situaciones irreversibles donde se han agotado todos los recursos posibles, pero ante esos casos, Molina seguía al lado del enfermo sin perder la fe y agotando todos los esfuerzos casi como esperando que se produzca un milagro que salvara al amigo.

En los pueblos, y más en los años que trabajó Molina, el trato con los pacientes fue bien diferente a los tiempos actuales; eran tiempos donde el dinero escaseaba para todos, donde no se cobraban las visitas y se pagaba al doctor con lo que se tenía en la casa. El médico salía muchas veces con huevos, verduras o gallinas que no era más que lo que poseía la gente y más de lo que él realmente tenía, tal como lo refiere Mima Capra cuando en una oportunidad, el Dr. Molina salió de la casa de su abuela Sotelo con un peludo gordo, reluciente y muy bien pelado con el que la familia retribuía de alguna manera semejante atención.

Eran tiempos de relaciones profundas entre el médico y el paciente basadas en la amistad y en la comprensión mutua donde el paciente no sólo veía al Dr. en el consultorio o en la visita domiciliaria, sino en cualquier momento cruzando cualquier calle y donde se privilegiaba el saludo, situación que se repetía con el Dr. Molina, un hombre afable y cariñoso con todos, al que le gustaba conversar con vecinos y enfermos a veces con temas totalmente ajenos a la enfermedad o a la medicina. El Club de Ciclismo en reconocimiento a su trayectoria y hacer, nombran a la Pista “Dr. Alberto Molina” en justo proceder y homenaje, seguro al que él hubiera agradecido con su humildad característica.

Salvando vidas en prácticas dignas

El Dr. llevaba en el alma su profesión y entendía tal como lo afirma René Favaloro, que toda actividad médica debía estar rodeada de dignidad, caridad, igualdad, piedad cristiana, sacrificio, abnegación y renunciación, cualidades que se reflejan en cada anécdota y recuerdo de su accionar. El Dr. llegó a Alvear en 1941, con solo su maletín pero con innovadores conocimientos que ayudaron a salvar vidas de familias enteras como el caso de la familia de Mima Capra, en épocas donde recién se empezaba a utilizar la penicilina para infecciones severas como la meningitis, usando sus saberes y relaciones en Buenos Aires para los casos extremos.

Dr. Alberto Molina. Un gran laburador. Sencillo y sobre todas las cosas, un médico de vocación con gran amor a sus vecinos alvearenses; sus consejos eran escuchados y su nombre siempre recordado porque demostró ser leal poniendo en práctica aquello de que la salud es un derecho inalienable que no tolera privilegios.

 






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