RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Ana 

“Lleva cada uno su culpa y no habrá culpables”. Antonio Porchia

 

Escribe: Matías Verna (*)

 

Ana Garay Rojas escucha voces y se despierta de un salto. Habrá que aumentar los miligramos, se dice. Su compañera de celda fue trasladada y está sola; se frota la cara con las manos ásperas y trata de peinarse frente a la imagen que le devuelve el espejo roto.

Van seis años sin ver otra luz que no sea la que reflejan los bloques grises en el patio o la que golpea en los rincones al atardecer. Se estira el pelo y se hace una cola alta. Se delinea los ojos y la oscuridad es más profunda: “Vamos Anita; vamos que vos podés”.

Perdió el encanto y la seducción hace tiempo pero no baja los brazos. Conoció a una pibita de otro pabellón hace tiempo y en algún momento se han tocado y besado, no más.

Ana Garay Rojas tiene dos hijos que no la visitan pero le escriben cartas y le envían besos y esperanzas; le advierten que todo está complicado y que los vecinos del barrio apenas los saludan. Sólo el almacenero pregunta por ella cuando van a comprar un poco de pan pero si no fueran al almacén nadie preguntaría. Es así.

Las celdas no tienen mesitas con cajones, modulares ni escritorios. Ana guarda las esquelas en su bolso y cada vez que la trasladan o sale a comparecer carga con las cartas y sube al camión aferrada a los papeles atados con hilo sisal ordenados por fecha.

Llora cuando está sola o ante el juez que la atiende cuando se cansa de recibir pedidos de entrevista. Su señoría no la recuerda. “Dame unos días que reveo tu situación y te aviso, no te mandes ninguna seguí así Ana”.

Un viaje de casi diez horas, sin aire, con otras presas igual a ella, meada encima, sin comer, alojada en otra cárcel para que comparezca por quince minutos. Llora más.

“Soy inocente”. Nadie la escucha, nadie la ve.

Ana Garay Rojas pide perdón por lo imperdonable hasta creerse -en la psicosis institucionalizada- que cometió algo que no hizo con tal de recuperar la libertad.

Vuelve a su celda y ya hay una compañera nueva. Llora. Se lava la cara, se ata el pelo y se delinea los ojos antes del sol.

 

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

 

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