PANORAMA LABORAL

Árboles en la ciclotimia

 

Mauricio Macri cuando anunció el veto a la ley respectivamente bautizada por la oposición, como “antidespidos” y “antiempleo”, por el oficialismo. ARCHIVO DYN
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Mauricio Macri cuando anunció el veto a la ley respectivamente bautizada por la oposición, como “antidespidos” y “antiempleo”, por el oficialismo. ARCHIVO DYN

Por Luis Tarullo / Agencia DyN

BUENOS AIRES – Como tantas veces en la política vernácula, volvió a tomar forma la “crónica de una muerte anunciada”. En este caso, la defunción -avisada de manera explícita- de la ley para frenar cesantías laborales, llamada “antidespidos” por sus impulsores y bautizada “antiempleo” por el gobierno.

Y así como ocurrió con tantas cuestiones envueltas en un contexto similar, tanto la sanción de la norma (con el sufragio de la oposición legislativa y la bendición del sindicalismo de todos los colores) y el veto presidencial no están exentos de contradicciones y de razones cuanto menos cuestionables.

El drástico designio

En el caso del empleo, ninguna ley puede tener el contundente, indiscutible y/o absoluto efecto lineal de lo “anti” y/o lo “pro”, cuando definitivamente está expuesto a los cada vez más pronunciados vaivenes, incluso universales, de la economía.

En circunstancias como las actuales, la letra escrita en un papel no puede evitar el drástico designio de una situación irreversible para algunos a los cuales las condiciones económicas adversas han llegado al punto del ahogo.

Es más probable que, en medio de tanta grandilocuencia y fuego cruzado, en este momento esté quedándose sin trabajo un empleado de un también humilde club de barrio o de una sencilla tornería de pueblo agobiados por una factura de servicios con valores gravemente multiplicados, antes que un operario de una empresa alimenticia cuyas ventas cayeron transitoriamente pero con espaldas suficientes como para aguantar el chubasco.

Y tampoco sólo detrás de esa misma letra (en este caso la del veto) aparecerá una caravana de inversores que con una vara mágica darán vida a miles de personas con mamelucos, guardapolvos, herramientas y escritorios que desatarán tornados de actividad.

Si se da el golpe de knock out a una norma puesta en el ring para supuestamente desalentar los despidos, no se debe automáticamente pretender creer o hacer creer que otra ubicada en las antípodas -como las que graciosamente brindan algunos limitados privilegios para inducir a la creación de empleo- provoque el resultado diametralmente opuesto.

Baste con recordar todas las modalidades de la Ley Nacional de Empleo de principios de los ’90s (de las cuales alguna de ellas se pretende imitar ahora), que finalmente desembocaron en lo que se conoció como la “flexibilidad laboral”.

Tampoco vale ni en esta ni en ninguna otra circunstancia el enancarse en conductas ajenas (voluntarias o no) para justificar conductas propias. Como el presentar como contradicción lo hecho por los hoy opositores, que cuando eran gobierno rechazaron una iniciativa similar a la ahora vetada.

“Ellos critican ahora pero hicieron lo mismo antes”, es la síntesis de lo escuchado de parte del oficialismo, que como todos los oficialismos enarbola la bandera solo cuando el viento parece favorable.

Y en ese sentido se elude la ubicación de las diversas situaciones en los también diversos contextos. Sobre todo en economías tan “veletas” como la argentina, donde un día se es rey, al rato príncipe y enseguida mendigo. Y viceversa.

Cierto es, y hay que destacarlo, que el contexto en que se pretendió imponer esta norma ahora echada por tierra es bien diferente al de hace una década y media, cuando sí tuvo vigencia y efecto puntual.

REALINEAMIENTOS INTERNOS

También es necesario aclarar que las objeciones y llamados de atención no deben alcanzar solamente al oficialismo, sino también a la oposición, hoy casi toda peronista en sus diversas variantes.

Porque ese numeroso sector también aprovechó esta circunstancia para tratar de hacer su agosto e incluso le sirvió para producir algunos realineamientos internos.

En ese grupo también hubo quienes estuvieron al borde del delirio y pretendieron reverdecer algunos laureles irremediablemente marchitos, creyendo que esta ley nacida muerta era una bisagra histórica.

Ni muy muy ni tan tan, dirían aquellas sabias abuelas, con un sentido común infinitamente más desarrollado que el de muchos de los que serían hoy sus nietos.

Lo que queda pasado el cedazo es la certeza tan vieja pero también tan irrefutable como aplastante, de que más allá de las palabras y promesas, mezcladas con eslóganes de bajo calibre, los árboles siguen impidiendo ver el bosque, como tantas veces en la ciclotímica historia local. Tan simple como eso.

 

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