CAMBIOS CULTURALES

Argentina descubre que el diálogo político es posible

 

 

Por Hugo E. Grimaldi / Agencia DyN

BUENOS AIRES – Un notorio cambio de paradigma acaba de superar dos veces desde la práctica aquello que fueron las promesas electorales del nuevo gobierno. La auspiciosa novedad se derramó sobre el país en estos días, a partir de un par de realidades culturales que, por inhabituales durante los últimos doce años, hasta plantearon cierta dificultad para ser entendidas por una parte de la sociedad: pese al batallar kirchnerista en contrario el diálogo político y el juego de los mercados aún pueden funcionar en la Argentina.

Ambas situaciones, que son más o menos normales en la vida de la mayoría de los países en el resto del mundo y parte central de las fortalezas de los mejores, acaban de dejar atrás una grave dosis de represión hacia el sector privado y también hacia la articulación republicana de los partidos. Se trata de la vocación del Estado de adueñarse de todas las decisiones, sobre todo las económicas y la de la construcción, a como diere lugar, de un proceso hegemónico, con imposición de ideas y procedimientos y con archivo del diálogo y el consenso.

Dicen quienes evalúan los sentimientos de la opinión pública que gran parte de la sociedad, aun muchos de quienes se inclinaron por Daniel Scioli, parecen haber votado por cambiar de raíz estos disvalores que ahora se refutan, nada más ni nada menos que haber salido de dos de los cepos que había construido el gobierno anterior para anclar sus deseos de continuidad populista. Por eso, en el juego democrático, la ciudadanía se decidió por Mauricio Macri y le dio a Cambiemos la posibilidad de mostrar que hay vida más hacia el centro de la avenida, señalan.

No todas son rosas 

Pero no todas son rosas para el nuevo gobierno, ya que nada es superfluo y mucho menos cuando tiene para administrar la Nación y dos de los presupuestos más grandes del país, la CABA y la provincia de Buenos Aires. Y como enfrente tiene a una parte de la oposición que ha decidido no darle ningún tiempo de gracia, ya ha comenzado a tomar nota con algunos tropiezos bien graves que ha tenido que cualquier piedra en el camino puede transformarse de inmediato en una roca gigante que rueda y que crece.

Tras los ruidos que le han generado al Gobierno durante la última semana la fuga y captura de los condenados por el triple crimen de la efedrina, la denuncia que hizo Elisa Carrió contra Ricardo Lorenzetti, las idas y vueltas de Martín Sabbatella, la eventual limpieza del Estado de la “grasa militante” y hasta el desplazamiento de Víctor Hugo Morales de una radio privada, aparecieron como centrales esos dos hechos a los que especialmente hay que prestarle atención a la hora de separar la hojarasca del núcleo: el boceto del plan fiscal que trazó el ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay y su correlato en los mercados y el golazo de realismo político que acaba de convertir María Eugenia Vidal.

Justamente la gobernadora bonaerense le acaba de hacer un excelente servicio a la democracia, a la hora de liderar los acercamientos que hacen al juego de los partidos, imprescindibles para garantizar el funcionamiento del Estado cuando no hay mayorías nítidas, que es lo que la ciudadanía votó en octubre.

El tema de los consensos, tan resistido por el gobierno anterior a la hora de querer ganar siempre en todo o de imponer su relato en cuanto a los resultados, había pasado a ser quizás por eso un tema tabú y motivar a muchos a que ahora hablen con desprecio del “toma y daca” pensando en coimas o en prebendas, cuando el valor del diálogo político está en tomar y ceder, aún en cuestiones dinerarias que hacen a la institucionalidad. Así, gobernó Macri la Ciudad Autónoma de Buenos Aires durante ocho años, sin mayorías propias en la Legislatura y muchas veces votando en conjunto con el kirchnerismo local.

Aquel prototipo basado en la supremacía de un partido político comenzó a cambiar ahora de modo más evidente y a mayor escala, a partir de que Vidal enhebró con mucha paciencia, aunque con un buen apoyo logístico del gobierno nacional, un acuerdo que le permitió a Buenos Aires tener el Presupuesto 2016 aprobado y sobre todo la posibilidad de endeudarse. Aunque todo no terminó 100 por ciento como ella solicitaba y tuvo que ceder cosas, igualmente la gobernadora se salió con la suya y demostró que es verdad que “billetera mata a galán”. Pero, además, maniobró con tanta solvencia que dejó en claro que ya no es ninguna Heidi.

Carambola a tres bandas

En lo político, también ejecutó una carambola a tres bandas, ya que los tironeos de la negociación contribuyeron bastante a cortar los vasos comunicantes entre el PJ más tradicional y pragmático y el kirchnerismo más cerril e ideológico. Dicho de otra forma: mientras los intendentes peronistas ayudaron a conseguir el número de legisladores necesarios del Frente para la Victoria provincial para llegar a los dos tercios (21) para acceder así a una parte de los fondos, los camporistas (15) que aún escuchan a Cristina Fernández sólo atinaron a meterse en una caparazón a la hora de aprobar el endeudamiento. No es por ahora una ruptura, pero se le parece bastante.

La jugada venía de antes, ya que las negociaciones previas con el Frente Renovador pusieron a Jorge Sarghini al frente de la Legislatura y con esos diputados ya se llegaba a la mayoría, aunque para estos menesteres se necesitan los dos tercios. El procedimiento fue de estilo bien práctico, ya que Sarghini, en gesto de acuerdo previo con el FpV, en el que trabajaron varios intendentes dialoguistas, hizo votar a mano alzada y diluyó con un “aprobado” la participación o no de los disidentes, para que los votos no quedaran registrados.

También Vidal le entregó a Macri una prueba bien práctica de que no se equivocó al elegirla para conducir la provincia más grande de la Argentina. Fue una lección de muñeca que al Presidente no le va a venir nada mal, habida cuenta de lo que tendrá que afrontar pronto en el Congreso nacional sobre varios temas bien ríspidos como la anulación de al menos dos leyes sobre la deuda, los nombramientos de jueces de la Corte, embajadores y oficiales superiores de las Fuerzas Armadas y los cambios en la Ley de Medios.

En ese sentido, sabiendo que en el Senado no hay mayoría oficialista, las reuniones que viene manteniendo el ministro del Interior, Rogelio Frigerio con los gobernadores y aún la difundida presencia en la Casa Rosada del jefe de la bancada del Frente para la Victoria, Miguel Pichetto, indican que se está avanzando para sortear también con diálogo el problema.

LAS FRASES DE PRAT-GAY

El segundo hecho que marcó durante los últimos días un cambio de fondo bien notorio en las reglas de juego surge de las oscilaciones hacia la baja que presentó el mercado de cambios “de flotación administrada” que, aunque sigue bajo la vigilancia del Banco Central no ha tenido hasta el momento una mayor intervención de la autoridad monetaria. Y eso se dio exactamente 24 horas después de que el ministro Prat-Gay puso sobre la mesa algunos números fiscales para sustentar las metas de inflación hasta 2019. Entonces, a muchos en el mercado les ha llamado la atención las oscilaciones y se han hecho cruces cuando el dólar cayó demasiado porque no aparecieron los exportadores a vender. Es que de eso se trata el mercado y habrá que recordarlo si se perdió el ejercicio: cuando bajan los precios se animan los demandantes, cuando suben aparecen los oferentes y así se consiguen los equilibrios. Todo lo demás es atender a los lobbies o tener planes de usar el ancla cambiaria para moderar los precios, aun dañando la competitividad, como hizo Axel Kicillof.

Pese a este aval transitorio de los mercados, aquella conferencia de prensa del ministro para dar señales generó entre los más ortodoxos algún disgusto porque Prat-Gay no habló en profundidad de producir una baja importante del gasto ni tampoco precisó mayores datos sobre tarifas ni habló de baja de impuestos. Y aunque probablemente lo hizo por las restricciones políticas que lo llevaron a exponer un gradualismo de cuatro años, más allá de lo denso de su exposición, tuvo dos momentos de excesos verbales que lo jaquearon comunicacionalmente. En primer término, cuando dijo que 2019 será “el último año del primer mandato del presidente Macri”, por lo que fue criticado en la interna del Gobierno y luego, cuando habló de sacar del Estado la “grasa militante”, en momentos en que el kirchnerismo extremo denuncia a diario cientos y cientos de despedidos como si fuera gente que hubiese tenido alguna vez trabajo, porque ya eran desocupados en tiempos del gobierno anterior y habían conseguido por decenas un lugar en las oficinas públicas.

Sin tomar en cuenta el significado de sobrante que tiene en materia económica en todo el mundo, la palabra “grasa” fue convenientemente manipulada desde el lunfardo para intentar mostrar un eventual desprecio de Prat-Gay por la gente. Más allá del recuerdo de Eva Perón que políticamente despierta el término (“mis grasitas”), los más críticos no repararon en que toda su trayectoria profesional pone al ministro entre los economistas más apegados a las cuestiones sociales y que es alguien muy alejado de algún tipo de teoría económica salvaje. No en vano el Papa quiso que el año pasado se incorporara al Banco Vaticano y dicen fuentes de la Iglesia que es hoy uno de los interlocutores más confiables de Francisco dentro del Gobierno.

 

 

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