Argentinos con una misión rusa

Lucas Ledezma es profesor de Educación Física y coordina el área de Deportes de la Municipalidad de Toledo, en la provincia de Córdoba. Su periplo hasta el país donde se jugará el Mundial tiene una intención solidaria: busca conseguir financiamiento para construir una escuela deportiva para gente discapacitada. 

Lucas Ledezma partió en bicicleta desde el centro de la provincia de Córdoba, el 5 de enero, con la meta de llegar a Rusia seis meses después. Lucas Ledezma partió en bicicleta desde el centro de la provincia de Córdoba, el 5 de enero, con la meta de llegar a Rusia seis meses después.


Lucas Ledezma partió en bicicleta desde Toledo, un pueblito ubicado en el centro de la provincia de Córdoba, el 5 de enero, con la meta de llegar a Rusia seis meses después. Su plan es ir hasta Cancún, de ahí cruzar en avión hasta Madrid, y después seguir pedaleando hasta Moscú. En total serán unos 12.000 kilómetros y, a fines de mayo, ya iba por la mitad. “No me quedo ni un día en las ciudades. Disfruto muy poco. No estoy en plan turismo”, aclara. Su viaje tiene una intención solidaria: busca conseguir financiamiento para construir una escuela deportiva para gente discapacitada. Ya hay un terreno y recibió donaciones de ladrillos. La iniciativa se puede seguir (y colaborar) desde las redes sociales (@todoapedal).
Lucas es profesor de Educación Física y coordina el área de Deportes de la Municipalidad de Toledo, y busca incentivar a los más chicos. “Todos los años les hago hacer unas bicicleteadas y apoyan mucho esto. Algunos ya están haciendo viajecitos cortos y me mandan fotos”, se enorgullece. “En Toledo siempre hubo fútbol, y yo llevé el vóley, el básquet, el hockey y el fútbol femenino. Es un pueblito que estaba quedado en el tiempo, y hace siete años que pude empezar a trabajar ahí. Los chicos me reconocen ese trabajo”.
En su periplo con destino mundialista, Lucas recorre unos 100 kilómetros por día. Cruzó la frontera por el norte argentino, pasó por Chile y llegó hasta Perú, el país sudamericano que sabía que iba a llevarle más tiempo. “Lo más duro hasta ahora fue el desierto de Atacama. Ahí el viento te tiraba de la bici, literalmente. Tuve que frenar para buscar algún reparo y esperar que se calmaran los vientos, porque se hacía imposible”, recuerda. Lo valida toda su experiencia previa: en 2014 se fue al Mundial de Brasil; en 2015, a la Copa América de Chile y en el 2016, a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Todo un apasionado.
¿Cómo es su cronograma actual? “Lo único que tengo organizado son los destinos, lo otro se va dando”, explica. “Los lugares los voy programando día tras día. Los objetivos grandes y las rutas generales las tengo marcadas, pero siempre se modifican algunas cosas y hay que ir improvisando y viendo dónde te hospedás en cada uno. A veces, llego a un lugar muy temprano, y por ahí puedo meter un par de kilómetros más y lo hago. O si estoy muy cansado, paro”. ¿Y las comidas? “Evito la comida chatarra. Como mucho pescado, arroz, frijoles, pollo, algo de carne. Y nada de alcohol, porque te deshidrata. De hecho, estuve un mes en Perú y no probé el pisco”.
Garrafa, carpa y…ukelele
Lucas carga con una pequeña garrafa de gas butano, quemador, utensilios de cocina, olla, unos pocillos para calentar agua, alimentos básicos (arroz, fideos, sopitas deshidratadas), ropa abrigada, carpa, bolsa de dormir, colchón inflable, herramientas, repuestos, y un ukelele para distraerse un poco. “Me lo compré en Chile. Estoy intentando, todavía no me pude sentar a practicar, no me da el tiempo. Tenía una guitarra, que también estoy aprendiendo, pero era muy grande para llevar”. Entre sus gustos musicales hay mucho rock nacional y reggae. Y, obviamente, cuarteto. “Me gustan los clásicos, Rodrigo, La Mona, La Barra y Sabroso. Y, cuando la ruta ayuda, voy escuchando Calle 13. Me gusta mucho el tema ‘Darle la vuelta al mundo’. Esa es mi preferida, la que más me motiva”.
Desde chiquito entendió que la bicicleta era un medio de transporte para conocer el mundo. “Veo un atardecer espectacular y voy pedaleando por la orilla del mar con una sonrisa de oreja a oreja, y pienso esa famosa frase de Caballos salvajes: ‘¡La puta que vale la pena estar vivo!’. La naturaleza me inspira muchísimo y me llena de paz y tranquilidad. Trato de ir disfrutando todo”. (Fuente: La Nación)
MOTORHOME CON MOTOR “A BIRRA”

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Los hermanos Lucas y Federico Martino van a Rusia en un motorhome en el que fabrican cerveza artesanal y lo transforman en bar itinerante para vender en cada ciudad que visitan. Su viaje es ciento por ciento sustentable. Son mendocinos y, cuando terminaron la carrera de Publicidad, se instalaron en El Bolsón. Allá se metieron en el mundo de los lúpulos y la fermentación, y se compraron una Belfort inglesa del año 64, de 10 metros de largo, por $40.000. Así unieron sus dos pasiones, o tres, si pensamos en el fútbol, el deporte que los hizo soñar con la idea de llegar a Moscú. Hace dos años que están viajando y dándose a conocer por las redes sociales (@MotorbarSur). Desde la Patagonia llegaron a Guatemala. De allí se estirarán a Cancún para tomar un avión hasta la capital rusa, mientras resuelven cómo hacer para que llegue el motorhome. “Conseguimos una asociación con una persona en Honduras, que nos pidió que le montemos una cervecería y nosotros, a cambio, le pedimos los pasajes para Rusia. Ya estamos averiguando hostels y casas para llegar y fabricar cervezas allá. Y seguimos con la esperanza de que alguien nos cruce el bus: hasta que nos subamos al avión, vamos a seguir buscando la forma de pasarlo”, cuentan, ansiosos, pero tranquilos de que no tendrán que venderlo para costear los aéreos, otra de las posibilidades que barajaban, como último recurso.
En esta aventura recorren 1.000 kilómetros por mes y cocinan unos 100 litros de cerveza. La Belfort funciona como fábrica y como bar que se monta para afuera, con sólo levantar una barra de madera que está adosada a la parte lateral, con una gran ventana que se levanta. También ponen mesas y sillas. Producen cuatro variedades distintas (rubia, roja, negra e IPA) y van adaptando sus recetas a los diferentes países. Por ejemplo, en México hicieron una con chile habanero y, en Brasil, una con cacao.
Los Martino salieron desde Argentina, pasaron por Uruguay, hicieron un tramo brasileño recorriendo el río Amazonas, cruzaron Venezuela y Colombia, y de allí tomaron un ferry hasta Veracruz, para después ir bajando desde México todo por Centroamérica. Fueron ocho países y 23.000 kilómetros en dos años. En Salvador de Bahía tuvieron un accidente con un camión que los chocó, y en Venezuela tuvieron problemas para atravesar la frontera, por la compleja situación sociopolítica que está viviendo el país de Maduro. Pero nada los detuvo.
“En todo este tiempo tuvimos muchas conversaciones entre nosotros y soñábamos en grande. El gran anhelo era el Mundial”, reconocen. “Sabemos que este es nuestro Mundial, lo ganamos o lo ganamos. Nosotros más que nada queremos estar en la fiesta. Si podemos presenciar un partido, sería genial, pero ya estar allá va a ser un golazo”. (Fuente: La Nación)
 
 

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