SE CONFIRMA QUE EL ESCRITOR TRABAJÓ COMO PERIODISTA EN NUESTRA CIUDAD

Arlt, a trescientos kilómetros de Buenos Aires

Una “baldosa floja” que en 1967 escribió el periodista Juan Miguel Oyhanarte en este diario fue el principio del recorrido que, hace una semana, culminó con el hallazgo de las notas que el autor de “Los siete locos” y “Aguafuertes” redactó en Azul, con temáticas locales. Hoy concluimos esta serie con los textos arltianos sobre el parque y la plaza de nuestra ciudad.

Roberto Arlt, periodista y escritor, estuvo en 1927 en Azul y escribió en el diario El Régimen.
FOTO DE ARCHIVO
La portada de El Régimen (30.7.1927) donde se incluyó la nota de Arlt “La plaza y la torre”.
ARCHIVO EL RÉGIMEN/HEMEROTECA JM OYHANARTE DE AZUL
La Plaza Colón (hoy San Martín), tal como la conoció Roberto Arlt en 1927 y fue temática de uno de sus escritos. El escritor y periodista también sintió curiosidad por la torre de la Municipalidad.
FOTO ARCHIVO HEMEROTECA JM OYHANARTE DE AZUL
El Parque de Azul, tema de una de las notas que Arlt escribió en nuestra ciudad. Por entonces existía una rambla con árboles en la avenida principal (circa 1927).
FOTO ARCHIVO HEMEROTECA JM OYHANARTE DE AZUL
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La Plaza Colón (hoy San Martín), tal como la conoció Roberto Arlt en 1927 y fue temática de uno de sus escritos. El escritor y periodista también sintió curiosidad por la torre de la Municipalidad. FOTO ARCHIVO HEMEROTECA JM OYHANARTE DE AZUL

Escribe: Marcial Luna (*)

lunasche@yahoo.com – Investigación Exclusiva para EL TIEMPO

 

Recopilando datos y revisando otros tomados hace mucho tiempo, para el libro sobre Juan Miguel Oyhanarte, me reencontré con un texto significativo en la sección “Baldosas Flojas”: “El escritor y periodista argentino Roberto Arlt […] ejerció el periodismo en Azul como redactor del desaparecido diario El Régimen (referencia de nuestro compañero de tareas, Sr. Mauricio Llorente)”. Se publicó en El Tiempo, el 13 de septiembre de 1967 y constituye la primera referencia al caso de Arlt. Una entrevista con mi padre, Marcial H. Luna, ex trabajador de Diario del Pueblo por más de medio siglo, me confirmó que Llorente, además de gráfico en El Tiempo, trabajó en varias imprentas de Azul, inclusive en El Régimen.

Las pistas eran sólidas. El siguiente paso fue ir directamente a los tomos del diario en cuestión, conservados en la Hemeroteca JM Oyhanarte de Azul. Allí encontré las notas que Roberto Arlt escribió en Azul y, además, la noticia de su viaje de regreso a Buenos Aires (dato que no publicaron los otros tres diarios que circulaban en Azul: El Ciudadano, Diario del Pueblo y El Imparcial). En consecuencia, este hallazgo, a noventa años de la escritura y publicación de los artículos, se debe en gran medida al trabajo de Oyhanarte. La oralidad luego barajó numerosas posibilidades, pero nunca se avanzó en la cuestión (erróneamente se lo ubicó en los años 1921-22 o trabajando para el diario El Ciudadano). Hoy podemos concretar el acontecimiento del hallazgo, y celebrarlo porque se incorpora a la memoria histórica de nuestra ciudad. Pero no quería cerrar esta serie de artículos especiales sin mencionar ese punto: Oyhanarte fue el primero en referir la presencia de Arlt en Azul.

Dejaremos para más adelante las alusiones de Arlt a Cacharí, con algún episodio policial de por medio, algunos de cuyos aspectos el escritor incorporó a sus obras Los siete locos (1929, Editorial Claridad) y Los lanzallamas (1931, Claridad), entre otras referencias sobre Azul.

A continuación se transcriben los dos últimos textos de Arlt de la serie denominada “Impresiones de un porteño en el Azul”, que se publicaron en El Régimen: “El parque” (viernes 29 julio 1927, Pág. 1) y “La plaza y la torre” (sábado 30 julio 1927, Pág. 1).

Al igual que en los dos artículos precedentes, la transcripción es completa y se respeta la grafía original; sólo se salva entre corchetes lo más relevante:

“El Parque”

“Sin duda alguna el parque del Azul, es de una hermosura digna de todo adjetivo.

“Nosotros los porteños que estamos acostumbrados a considerar con una sonrisa de suficiencia burlona todo lo que no está en el radio de nuestra capital, debíamos visitar este parque del Azul, para darnos cuenta de lo que significa el esfuerzo de una ciudad, que ha querido mediante la solidaridad, crearse un pedazo de belleza viva.

“Confieso con toda sinceridad que no esperaba jamas encontrarme con una creación de esta naturaleza a trescientos kilómetros de Buenos Aires. La primera vez que lo visité me quedé asombrado. Era un día frío, desapacible y de consiguiente poco apropiado para pasear en él.

“En efecto, no había nadie en el parque; pero yó [sic], súbitamente encuriosado, recorría los limpios senderos solitarios, detenía mis ojos, en los macisos, luego en los “parquet” mas tarde fuí hasta el Club de Remo, miré el horizonte estañado desde la torre de piedra que flanquea el arroyo, y mi admiración se repetía:

“–¿Es posible esto?

“Cierto es que mi admiración se basaba en lo contrario, la petulancia porteña que solo cree que en el radio de la capital estan las mas bellas creaciones; pero yo encontrandome en esta condición estaba también en parte fuera de ella; porque conocía otros puntos y otras ciudades. Luego pensé, mejor dicho, cuando recorría los caminos, y me detenía frente a los altozanos o en las solanas, que este parque era tan hermoso como el de Córdoba, y eso que aquel ha sido favorecido por la topografía del terreno accidentado y alto que permite ver entre el tronquedal y las malezas, las cupulas de porcelana verde y blanca de la católica ciudad, hundida allá abajo como en el fondo de un pozo.

“Digo que el parque del Azul es tan hermoso como aquel, a pesar de que una parte de él, está al cuidado del Crisol Club y no he exagerado. Mas aun, he observado esta diferencia curiosa. En el parque de Córdoba se puede pasear únicamente en coche. El mal gusto municipal no ha sabido desterrar de allí, ciertas glorietas rústicas que congregan a todo el pelafustanaje de San Vicente, y Alta Córdoba, en torno de plañideros guitarreros que solo el diablo sabe de donde vienen. Además participa de algo del bosque en poca cosa por cierto, y salvo el camino y el detalle de perspectiva antes anotado no tiene importancia.

“En cambio, que diferencia se aprecia en este del Azul. Los trozos de jardín inglés son tan preciosos como los de Rosaleda. Tentado estaría uno a decir que este parque es un pedazo de Palermo transplantado.

“Luego volví un domingo luminoso de tibio y el parque, recorrido de automóviles, florecido de muchachas me causó una impresión estraña [sic]. Eran un pedazo independiente de la tierra. En la claridad donde flotaba la vida inmóvil de los árboles, todo aparecía súbitamente enriquecido de un oro liviano y aquello tenía resplandor de fiesta. Me olvidé que existía Buenos Aires y creí que este placer de perspectiva donde chocaba la luz en los semblantes y en el esmalte de las carrocerías, y en los tronquedales era definitivo.

“Porque la “sensación de fiesta” es originada por una amalgama de placeres sutiles donde debe trabarse el matiz de los cielos, y el terciopelo negro de los ojos de las mujeres, y su perfume que traiga un viento liviano aunque nos alejemos de ellas. Termina uno por creer que la vida, en determinadas condiciones es perfecta en los goces que dá [sic], y esa era mi emoción de convencimiento, mientras recorría los enarenados del parque. Y los perfiles de ciertas doncellas inmóviles en la tapicería ocre y verde de los automóviles, daban una sensación de paz extraordinaria, como si éstas hubieran adquirido súbitamente la serenidad del vuelo de los pájaros, y de la quietud de las aguas y del horizonte liso y terso como un globo de madreperla.

“Luego me di en pensar como sería este parque –cuidado como un jardín de juguete– en las resplandecientes noches del verano, con los penachos de su[s] arboledas nevados de luna, y los senderos azulados, y los grandes lienzos de sombra vegetal, y me dije, que aquel que no supiera gozar de la vida y los deleites del amor en un confín semejante, no encontraría en ningún lugar de la tierra el placer que no había sabido desentrañar allí, en ese parque hecho para las voluptuosidades de la mirada, para los sueños largos como noches de invierno, y para todas las meditaciones y ansiedades de la sensibilidad.

“Y si una de las razones que nos hacen amar a las ciudades y a sus bellezas, es la consonancia que estas guardan con nuestro temperamento, aquí estriba el motivo de mi simpatía hacia esta ciudad, que ha sabido crearse un lugar de sueño, de fiesta, de belleza.”

Así concluye el cuarto artículo publicado por Arlt en Azul, en la edición del viernes 29 de julio de 1927 de El Régimen.

La siguiente es la quinta y última nota hallada, que también transcribimos íntegramente:

“La plaza y la torre”

“La Plaza Colón me recuerda a esas plazas de que habla Rusiñol, en su “Pueblo gris”.

“Plaza que parece quitada a uno de esos pueblos grises, pacífica, llana, plaza para darse baños de tranquilidad y de silencio.

“Yo me he quedado sentado allí, y de pronto perdí la noción del tiempo, soleándome, contemplando la soledad de las calles, gozando ese silencio que “se oía”, sin ser molestado por la presencia de ningún perdulario, por el espectáculo de ninguna miseria. Porque en Buenos Aires, es imposible sentarse en ninguna plaza. Estas son la propiedad exclusiva de todos los vagos y desocupados, de las cocineras que van a entrevistarse con un bigotudo sargento de bomberos, de los lustradores de botas, de los hombres de profesión indefinida; las plazas de Buenos Aires son el apeadero de la miseria internacional, y por adornadas que estén, por cuidadas que estén, es imposible sentarse allí. La mugre, las menestralas y la pillastrería lo hacen huir a uno de allí. A tal extremo ha llegado esto, que más de una vez se me ocurrió esta idea sumamente antidemocrática: en ciertas plaza[s] no se debería permitir entrar sino a la gente bien vestida.

“Porque cuando uno se sienta en una plaza es para estar solo, en una soledad pública, como si el resto de la humanidad hubiera muerto.

“Y esta es la sensación que he experimentado ampliamente en esta plaza Colón. Sentarme y contemplar una palmera o la torre de la municipalidad. Sobre todo la torre, una torre que participa del faro marítimo, del mirador árabe y de esas torres ecuménicas cuya arquitectura puede desafiar al mismo Vignola.

“Me he quedado ratos larguísimos contemplando esta torre, preguntándome qué fin persiguieron sus constructores. Porque para dirigir la palabra desde allí al público, es demasiado alta, como baluarte un poco endeble… salvo que se la dedicara a observatorio astronómico, pero faltan los aparatos. Sin embargo, es interesante. Hay torres que no lo convencen a uno, pero esta, tan modesta, con los vidrios de sus ventanas agujereados, con su escalera heroica, con su reloj atrabiliario, es simpática, divertida. Uno no se fatiga de contemplarla. Exparce [sic] en su derredor una atmósfera de aldea, y a pesar de que el revoque se le desconcha y el reloj camina como diciendo: “No hay apuros, hermanos”, este mirador de arquitectura indefinida, este faro pedestre, parece que realiza un sueño, un sueño de farmacéutico humorista, que no teniendo nada que hacer en sus ocios, confeccionó el plano de la torre, y la hizo construir por un albañil medio astrólogo.”

“Sí, esta torre tiene veleidades astronómicas, pretensiones guerreras, desplantes ciceronianos, y esta mezcla de virtudes históricas y charlatanescas, la ennoblece, la torna cordial, a pesar de que su estilo grita su inconsonancia con la fachada municipal, pretensiosa en su tipo de arquitectura Luis XV.

“Si las cosas tienen alma, esta torre tiene el alma dulce, ingenua y confiada de un paragüero que hubiera llegado a concejal, y que los domingos entretuviera sus horas escardando la huerta. Por eso es simpática y bonita. Hace soñar y sonreír. ¿Qué más puede pedirse al alma inanimada de las cosas?”, se interroga finalmente Roberto Arlt en esta última nota publicada en El Régimen. Como indicamos en el artículo de ayer, horas después, el escritor y periodista subió al tren en la estación de Azul y, quién sabe con qué estado anímico, volvió a la ciudad de Buenos Aires, de la que había llegado escapando, en el invierno del año 1927.

(*) Profesor de historia y periodista.

 

EL DATO

Para culminar esta serie de artículos que testimonian el hallazgo de las notas que Roberto Arlt escribió en Azul, como periodista de El Régimen, quiero agradecer a Luis Navas, Ernesto Arrouy y Sara Fusaro, de la Hemeroteca y Casa Ronco, por su paciencia y acompañamiento profesional en mis trabajos de investigación, a diario El Tiempo por publicar estos artículos; y muy especialmente, en su memoria, a Juan Miguel Oyhanarte, porque sigue guiando mi camino como periodista.

 

 

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