HUELLAS DISTINTIVAS EN LOS ESCRITOS DE AZUL

Arlt y la gran farsa aristocrática

Portada de El Régimen del 24 de octubre de 1928 donde se incluye el saludo a Roberto Arlt y uno de sus artículos.Firma de Roberto Arlt en el artículo sobre la aristocracia y sus “veleidades”, en la primera plana de El Régimen (24 de octubre de 1928).Arlt fustiga a la aristocracia en el artículo que hoy damos a conocer: “Esta gente, media docena de apellidos, no sirve absolutamente para nada. Existen porque existe la crónica social en todos los periódicos”.
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Arlt fustiga a la aristocracia en el artículo que hoy damos a conocer: “Esta gente, media docena de apellidos, no sirve absolutamente para nada. Existen porque existe la crónica social en todos los periódicos”.

En una segunda serie hallada en la Hemeroteca “Juan Miguel Oyhanarte”, el autor de El juguete rabioso, Los siete locos y otras célebres obras, publicó en El Régimen de Azul artículos especiales, luego de radicarse nuevamente en la capital federal.

ESCRIBE MARCIAL LUNA – Investigación Exclusiva para EL TIEMPO lunasche@yahoo.com

La edición del vespertino azuleño El Régimen del 24 de octubre de 1928 posee una primera plana que atrae nuestra atención por dos motivos específicos: el primero es que, al pie de un artículo, se lee la firma “Roberto Arlt”; el segundo, es el título “En nuestro país no existe aristocracia si por aristocracia se entiende…lo que debe entenderse”. La nota posee una introducción que confirma aspectos muy significativos: a Arlt como reciente periodista de ese diario, la aparición de sus aguafuertes en Buenos Aires y el envío de algunas notas a Azul, al considerar el propio autor que “encajaban” en el molde azuleño.

Dice El Régimen al respecto: “Por proceder de una pluma ya familiarizada con los lectores de este diario, pues que se trata de la muy afilada y ‘cachadora’ de uno de esos locos lindos que la mojara, no ha mucho, en los tinteros de esta casa –¡salute Robertito Ar…!– reproducimos a continuación la refocilante página, sin una pizca de desperdicio, que ha insertado en uno de sus últimos números, recientemente, un difundido colega metropolitano. Intitúlase ‘Agua fuertes porteñas’, y aunque, como el título lo sugiere, se localizan las pintorescas escenas en la urbe retumbante, el articulista cree y opina que, aunque más no sea de refilón, ‘Veleidades aristocráticas’ toca también a pajueranos de tierra adentro con ínfulas pistonudas. Veamos si no”, luego de lo cual El Régimen inserta el texto firmado por Arlt.

 

Abreviando…

Pero antes de dar a conocer el artículo hallado, es oportuno ahondar en torno al saludo que le efectúa el diario azuleño al autor de Los siete locos, luego de confirmar que hacía poco había estado en esa Redacción como periodista. “Robertito Ar…” revela proximidad, además de afectividad. Puede tomarse como un antecedente de primer orden, ya que fue el propio autor quien utilizó la referencia, tiempo después, y aludió del mismo modo a la “simplificación de su apellido”.

En el aguafuerte “Dos ancianas y el autor”, publicada en El Mundo el 29/8/1931, dice Arlt:

“Yo iba ayer en un coche del subte sentado frente a dos respetables señoras [quienes desarrollaron el] diálogo más sorprendente que haya escuchado en mi vida, pues se refería a mí […]”.

“Señora 1: –¿Leyó usted la nota de “Ar”?

“Señora 2: –Sí, y me causó alguna gracia […] A mí se me ocurre que debe ser algún sinvergüenza que se ha introducido en un hogar respetable…”.

Y luego: “Señora 1: –Sin duda “Ar” debe haber estado [en las situaciones que describe en sus notas] sino no es posible que cuente las cosas que escribe con tanta realidad” (Citado en: Arlt, Roberto. Obras completas Tomo II, Editorial Losada, Bs. As., 1998, Pág. 344-345).

 

El medio pelo

Ahora sí, volvamos al artículo de Roberto Arlt incluido en la edición del vespertino azuleño El Régimen del 24 de octubre de 1928. Su texto completo es el que a continuación revelamos para los lectores El Tiempo: “A medida que uno va comprobando que la estupidez humana es más frondosa, uno se siente, aunque no lo quiera, disolvente y corrosivo. Allí están, por ejemplo, las familias de medio pelo que tienen veleidades aristocráticas: gente que, sacándose esa chifladura, sería más o menos tolerable, pero que tiene la manía de las grandezas, de las relaciones, del boato y de esa cosa absurda que se llama aristocracia y que en este país no existe.

    El mito de la aristocracia

En nuestro país no existe aristocracia; si por aristocracia se entiende la prolongación secular de una familia heroica. Lo que existe en nuestro país es gente de plata. Esa gente vendedores de vacas y de cueros, ganó dinero, hizo política, porque tenía la sartén por el mango, teniendo plata y vacas; entró en combinaciones políticas siempre sobre la base de sus vacunos; y, así como en las islas del Perú ciertos pajarracos dejaron las bases de guano antiquísimo ahí estos antepasados dejaron lo que hoy entendemos por aristocracia, es decir, un sedimento de gente que no tiene absolutamente nada que hacer, que vive en su círculo porque otros no lo aguantarían y que se aburre de lo lindo, a pesar de hacer lo que se le da la santísima gana, que es la única manera de encontrar desabrido todo.

Esta gente, media docena de apellidos, no sirve absolutamente para nada. Existen porque existe la crónica social en todos los periódicos. De no existir tal crónica, la aristocracia de nuestro país sería un mito, o una realidad que, para darse a conocer, tendría que publicar en las calles como ciertas empresas, sus nombres impresos en carteles.

Y, asimismo, no interesarían a nadie.

    A quién interesa la aristocracia

Ahora bien: yo conozco familias numerosas que saben con qué vestido fue a la “soirée” la señorita mengana; o quiénes estaban en el té de F., y en el casamiento de N. Gente que se lee todos los días la crónica social y que dice, con el tono más natural del mundo.

–¿Viste que Fulana estuvo en el baile de Perengana?

O si no:

–La de Pérez se divorcia… ¿Te das cuenta?

Y lo curioso es que esta gente habla del vestido de X, y de la fiesta de N. con una naturalidad asombrosa; y lo más extraordinario es que los que hacen tales comentarios no estuvieron siquiera, ni en el baile del “Centro Recreativo Lágrimas y Sonrisas”.

    La veleidad

Por contradicción la gente que tiene esta “veleidad” vive del modo más miserable que pueda darse. Las mujeres, que tales comentarios hacen, son por lo general, solteras de amarillenta cara empolvada y cintita de terciopelo negro al cogote. Unas simpáticas infelices que no saben absolutamente nada del mundo y que creen que la “aristocracia” es algo así, respecto a ellas, como la cacatúa respecto a un gorrión.

En Buenos Aires estas veleidades van disminuyendo a medida que las exigencias de la vida actual e imperativa, exige que la gente salga a la calle para ganarse un plato de lentejas; pero en provincias, estas manías ridículas alcanzan un grado tal de inverosimilitud, que se llega a creer, como decía Víctor Hugo en “el armiño de la estupidez sin una sola mancha de inteligencia”.

He conocido hogares compuestos de diez ciudadanos, incluso las ciudadanas, donde se comía una vez al día, y bastante mal. En las camas no había sábanas: los muebles interiores estaban tan averiados que daba terror servirse de ellos; y, sin embargo, esas casas, donde todo era lacería, mezquindad, pobreza, hambre trasnochada y apetito enflaquecido de más hambre, en tales casas, lo primero que sorprendía al entrar era la sala.

Esa gente creo que habría vendido al diablo el alma antes de vender la sala.

La sala era para ellos el principio de la aristocracia, la base del aristocratismo provinciano, lo que los diferenciaba de “la chusma”. En ciertas provincias, sobre todo, si una familia no tiene sala es “chusma”. O “chusmita”. En cambio la sala, la posesión y tendencia de una sala, aunque los sofás sean unos criaderos incómodos de bichitos domésticos, pero no domesticados, es un principio sagrado, un documento o diploma de que no se es chusma sino aristocracia.

Esta gente es la que se preocupa de la aristocracia, la que sabe informarnos de cuando el señor X vuelve de Europa y cuando el señor nuncio recibe al doctor X. Esa es la gente que, tomando cualquier revista especializada en pavadas sociales, os dice, señalando un retrato:

–Mirala a la fulana, ¡qué bien está con ese “beige”!– y cualquiera que no conoce la idiosincrasia de esas calamidades, cree que las calamidades, y la fulana han pastoreado juntas.

    En parroquia

“Como es arriba es abajo” –dice la Kabala, y creo que esos viejos judíos tuvieron razón. Así como en el corazón de las ciudades y en las capitales de provincias existe la manía aristocrática, así también en las parroquias existe ese pequeño grupo subaristocrático, que ocupa todas las semanas, con su croniquilla grotesca dos columnas del “Eco de Villa Crespo” o de “La Idea de Flores”.

En esas crónicas divertidas, se da cuenta de que “El hogar de los esposos Fulanes, se ha visto enriquecido con un nuevo niño que se llamará Marcelo X, de B. y de Z.” o se describe la “silueta” de la hija del panadero y el noviazgo de la menor de las párvulas del teniente coronel residente en la parroquia y que con sus mostachos de foca concurre a todas las fiestas parroquiales, o se anuncia el viaje de X. a Chivilcoy, donde va, no de paseo como se pudiera creer, sino a vender unas morcillas averiadas.

Pero se explica. Tenemos todavía resabios de colonias y de factoría, y la manía de figurar es tan intensa que en muchas casas se encuentra una sala, pero si se revisaran las camas se descubriría que no tienen sábanas, y que sus almohadas, en vez de lana, tienen viruta. Roberto ARLT”, concluye el artículo, publicado en Azul, con la firma de su autor.

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