ASOMAR A LOS DÍAS TREPANDO EL DOLOR


Escribe Silvio Randazzo
Sin trabajo por una decisión gubernamental, con dignidad por la decisión de luchar. Los trabajadores despedidos de FANAZUL revelan un coraje fundamental para sostener el reclamo por sus fuentes laborales, a sus familias y su ejemplo.
La valentía de los fabriqueros y las fabriqueras de FANAZUL, esa actitud estoica que los dignifica, que contagia a parte de esa clase trabajadora vernácula cuyo sentido de pertenencia no siempre consigue pulverizar la impermeabilidad que la aísla de los pesares de sus semejantes de clase. La misma actitud que es asimilada por una porción social, tanto o más nutrida, como pose desafiante, como una manifestación más de la haraganería que seguramente deben ostentar, como mera porfía política y opositora. Ser laburantes del Estado es su estigma (“la gente ‘decente’ es diferente”, tomamos prestado de Solari).
Se trata de política, por supuesto: para quienes entendemos la política como el cúmulo de ideas y acciones tendientes a transformar las condiciones materiales de la cotidianidad (para lo cual está habilitado el fundamentalista de comité en idéntica dosis que el obrero), sostener una resistencia activa en pos de impedir la pérdida de su fuente laboral, pugnar por volver fértil la empatía del pueblo y ofuscarse porque el gobierno de turno es el artífice de la circunstancia indigna y doliente, es hacer política.
Valentía fabriquera: por defender su trabajo en la calle, en los escritorios, en las rutas, poniendo el cuerpo e incluso sintiéndose, hombres y mujeres, condicionados a dar explicaciones de las cuales deberían ser receptores. Defender una fuente laboral que, como fábrica, han dotado de un relieve continental por acción directa.
Valentía fabriquera: al inventarse un mañana, al soñarlo recostados en la cama del fakir. Obreros y obreras que han podido reaccionar como han podido; no hay escuela que te forme en ser distinguido, elegante de espíritu e inteligente cuando te azota la tempestad. Ellos atestiguan a cada instante un abanico de conductas propias que, en realidad, son fruto de esa marionetista abyecta que es la desesperación: se producen necesidades que como consecuencia inmediata tiene el abandono (en el sentido presencial) de la lucha. Claro que no ha sido un arrebato mayoritario, pero esos casos están y quienes aún alumbran un futuro reivindicatorio en FANAZUL deben, valientemente, suplir esos vacíos en la resistencia y comprenderlos en su naturaleza.
Valentía fabriquera: ante la familia, ese núcleo que en muchos casos se forjó en base a la solvencia que ofrecía trabajar en FM. Intentar dar explicaciones, no poder ofrecer certezas auspiciosas e, involuntariamente, arrastrar a compañeras y compañeros de vida, hijos y demás vínculos a una penuria todavía sin “cuaresma”, es un bocado rancio que indigesta las 24 horas. Rancio como la sentencia machista de “los hombres no lloran”, falacia reducida a nada cada vez que vemos fabriqueros desconsolados, rompiendo en llantos cuyo disimulo no interesa, en catarsis muy difíciles de tolerar en el seno familiar, dentro de sus hogares. Se multiplica entonces una misma escena: un obrero o una obrera improvisando el temple necesario para abrazar (incluso metafóricamente hablando) a quien siente resquebrajar los cimientos de su familia, un abrazo pequeño al que le urge atemperar un gigante desconsuelo.
Valentía fabriquera: para asimilar prejuicios, chusmeríos, desaires, políticas estatales e, incluso, alguna verdad incómoda. En la conducta de Riva se transparenta rotundamente el tamiz del Ejecutivo Nacional. Actualmente el Estado, en el plano discursivo, tiene razón de ser sólo si 2 + 2 da cuatro. El interventor no consigue –o no le ha parecido propicio– esgrimir argumentación y documentación que venga a cristalizar la inviabilidad de FANAZUL, su déficit financiero y su ineficiencia. Pero la fábrica se cierra. El informe técnico que elaboran los trabajadores dota a la coyuntura de datos que contradicen la dotación de aseveraciones por parte del Estado. Pero la fábrica se cierra, los colectivos son trasladados de manera furtiva (un símbolo durísimo a la vez que acabado de la postura estatal) a otra provincia y, con ese escenario pérfido delineado, ahora sí: ofrezcamos reuniones. Los fabriqueros escuchan que su intendente comienza a decirles que todo esto lo excede, que son 4 de copas los que le atienden el teléfono, que se reunió y consiguió una nueva reunión, que el gobierno está haciendo todo lo posible para revertir esta situación (¿acaso no es el gobierno el que decide el cierre de la fábrica?), que el frigorífico puede albergar a unos cuantos y las canteras, alguna vez, también podrán hacerlo, que necesita menos tibieza en los reclamos para así sentirse más respaldado.
Y lo que –al menos abiertamente– no dicen los funcionarios, sí resuena (con algo de cobardía) en las calurosas calles azuleñas: “son todos de La Cámpora”, “entraron por acomodo”, “no les gusta trabajar”, “ganan un fangote”. Y los fabriqueros persisten, valientemente; resplandece en sus ojos la anhelante paciencia de la que escribió Saki. Aseguran que su pueblo los acompaña, les agradecen a los azuleños que marchan a la par, a los que cohabitan de ves en cuando en el acampe, a los que ofrecen alimentos, agua, algún tipo de artefacto, a los que no tienen para ofrecer más que tiempo a través de un abrazo, una canción, una ronda de mates. Pero a no desentenderse: les duele que sean acusados de delitos de lesa afiliación político partidaria, les duele que la moralina –esa dama ruin que nunca tiene que demostrar nada pero que siempre tiene el dedo con la mira calibrada– les regale sus decretos sobre vagancia, les duele que un gobernante pretenda que, allende fronteras bonaerenses, junto con los colectivos robados termine estacionada, inutilizada y olvidada la vocación por lo que hacen.
 
 

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *