RÍO 2016: CRÓNICAS DE VIAJE (SEGUNDA PARTE)

Atletismo y una ciudad más allá del deporte

La etíope Almaz Ayana gana los 10 mil metros y rompe el récord mundial, vigente desde septiembre de 1993. Ingreso al Estadio Maracaná, uno de los clásicos del deporte mundial. La llama olímpica flamea al ritmo del viento. Detrás, la Iglesia de la Candelaria. Es estadio de vóley playero con las tribunas repletas. Usain Bolt muestra su histrionismo en la previa a su serie clasificatoria de los 100 metros llanos.
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La etíope Almaz Ayana gana los 10 mil metros y rompe el récord mundial, vigente desde septiembre de 1993.

Sede de la olimpíadas modernas, Río de Janeiro no puede estar ajena a lo que ello significa. Es inevitable que se contamine ante un fenómeno global, pero hurgando apenas muestra una cara más genuina. Dónde está parada hoy la Argentina e historias que dejó el más clásico de los deportes olímpicos. 

 Por Gonzalo Berríos Especial para El Tiempo

Viernes 12 de agosto. Es el tercer día junto a mi hijo Tomás en Río de Janeiro y todavía no hemos pisado la arena de Copacabana. No vinimos aquí por turismo sino a vivir los Juegos Olímpicos. En la previa se vislumbra una jornada tranquila. Algo de atletismo por la mañana y vóley playa en la tarde/noche.

Nos demoramos un poco en salir del hotel. Anoche volvimos muy tarde y esta mañana costó arrancar. Caminamos tres cuadras hasta la estación de Metro. Esta vez debemos abordar el coche que va en sentido contrario al que tomamos ayer. Somos menos los que vamos para ese lado. Nos dirigimos hacia el Estadio Olímpico Engenhao, que se construyó para los Juegos Panamericanos Río 2007 y durante estos días tendrá su capacidad ampliada de 45 mil a 60 mil espectadores. Para llegar, debemos abandonar el Metro luego de algunas paradas y combinar con un tren que sale desde la Estación Central do Brasil. Algo se mantiene respecto de la jornada del día anterior: siguen ahí los voluntarios guiando a la gente. Pero el entorno cambia. El público de los juegos se confunde con ciudadanos y laburantes que transitan el día a día. Los trenes, si bien en buen estado, no lucen impecables y se despintan los colores en las paredes del paisaje. La ciudad muestra otra cara. Vendedores ambulantes y mendigos transitan las formaciones. “Amigo, comida, ayuda para mi familia”, repite un hombre con barba ante la apatía generalizada.

Antes de bajar nos ofrecen una capa para la lluvia. No la consideramos necesaria. Poco después, en la puerta de salida de la estación, nos arrepentimos. Se larga un fuerte chaparrón. Dura poco el lamento. La lluvia baja pronto la intensidad y se detiene definitivamente. Ya no volverá a llover. Ni ese día ni los siguientes.  Son pocos los metros que separan la estación del acceso al Estadio. Unos 300 o 400 metros. Sobre el piso de la pasarela que une ambos sitios han pintado carriles que simulan ser una pista de atletismo.

Aunque en 1951 el Comité Olímpico Internacional (COI) desestimó oficialmente esa teoría, está muy difundida la idea de que el color de cada uno de los anillos olímpicos representa a un continente en particular. Una versión más moderna indica que los anillos representan la universalidad de los Juegos, en virtud de que al menos uno de los cinco colores estaría en las banderas de todos los países del mundo. Como sea, mientras caminamos, noto algo sobre lo que no había prestado atención. El público de atletismo pareciera ser más diverso. Lo notamos en los rasgos y en la piel, pero fundamentalmente en los emblemas que portan. De pequeño, Tomi mostró curiosidad por las banderas. Recuerdo que las copiaba de un diccionario enciclopédico y las volcaba en un papel con el nombre del país al lado. Vino bien esa gimnasia para, más tarde, intentar reconocer las insignias de algunos países remotos: Kenia, Etiopía, Antigua y Barbuda, Palaos, Estonia o Bahréin, por mencionar algunos ejemplos.

Ya en el Estadio

Eran pasadas las 10 horas cuando nos ubicamos en las graderías. La sesión inaugural del atletismo en Río 2016 había arrancado poco más de 30 minutos atrás. Suficiente demora como para perdernos los 100 metros con vallas del heptatlón femenino. Todavía había algunos grandotes que buscaban su clasificación lanzando el disco y las mujeres empezaban a turnarse para arrojar la bala con igual objetivo. Entre tanto, sucedían las series de los 800 metros llanos masculino. El marroquí Abdelati El Guesse sufre una lesión. Se lo observa desconsolado tirado en la pista, vaya a saber uno cuáles eran sus sueños, qué cosas habrá resignado para estar aquí. Lo aplaudimos cuando pasa frente a nosotros llevado en sillas de ruedas, aunque no creo que escuche ni que sea suficiente el aliento.

Suena el teléfono. Es Julio Fernández de Radio Azul. Se enteró de que estoy en Río y anoche llamó para pedirme que saliera al aire. Hablamos de todo un poco pero me pregunta sobre las entradas. Le comparto un dilema: en los estadios en general se observan espacios vacíos, sin embargo, pasó ayer con del Potro, cuando se consulta en boletería las localidades están agotadas. En los días posteriores fueron surgiendo algunas teorías pero todavía no tengo una respuesta definitiva. Por un lado, un título en un diario local que habla de más de un millón de tickets aún sin vender. Por otro, que van liberando entradas de a poco para evitar que se compren masivamente con finalidad de reventa. Una más, que un gran porcentaje de los accesos se destinan a las empresas patrocinantes que no siempre los regalan o distribuyen convenientemente. Que se trata de un boicot de los brasileños que no están de acuerdo con la realización de los Juegos. Que algunos fans las adquieren, pero no las utilizan cuando sus representantes quedan eliminados.

Previo a la final de la prueba de 10 mil metros femenino, propongo buscar otra ubicación. Estamos en el lateral contrario a la llegada y la visión no es la más adecuada. La idea es situarnos sobre una de las cabeceras pero nos informan que ese espacio está reservado para atletas y entrenadores. Por la siguiente puerta accede la prensa, avanzamos un poco más. No podría haber sido mejor, estamos justo frente a la línea de meta y a escasos metros del podio.

Histórico récord

La keniata Alice Nawowuna lidera la primera mitad de la carrera. Para el registro parcial de los 6 mil metros, Almaz Ayana, de Etiopía, ya había tomado la delantera. Y se mantiene así hasta el final. Cuando se advierte el ingreso a la última vuelta, el público empieza a acompañar con palmas su ritmo incesante. Finaliza los 10 kilómetros en 29:17.45, poco menos de 15 segundos por debajo del récord mundial. Sólo ese dato, que se refleja en las pantallas del estadio, nos alcanza para sentirnos afortunados. Con el transcurso de las horas iremos conociendo detalles que nos indicarán que vivimos un hecho histórico. Nos enteramos, por ejemplo, que el de Ayana es uno de los escasos tres récords mundiales de atletismo que se batieron en Río 2016 y que, hasta entonces en manos de la china Junxia Wang, se mantuvo vigente por casi 23 años. La carrera cobró mayor relevancia porque diez de las treinta y cinco atletas participantes bajaron su mejor tiempo personal, seis batieron el récord nacional de sus respectivos países, otras cinco hicieron su mejor tiempo en la temporada y una estableció el nuevo récord americano. Independientemente del puesto final, prácticamente todas quienes la disputaron tuvieron algo para festejar. Además de la carrera, presenciamos la emotiva ceremonia de premiación. Guardo una copia impresa de la clasificación final de la prueba que pedí a un periodista cuando nos retirábamos.

La jornada se completó con las tres series clasificatorias de los 100 metros llanos femenino. Una prueba emblemática dentro de un deporte emblemático. La malteña Charlotte Wingfield lidera la prueba con 11.86, seguida por la congoleña Cecilia Bouele y Sunayna Wahi, de Surinam. Vestidas con una “burka” que sólo les permite mostrar su cara y sus manos, Kariman Abuljadayel, de Arabia Saudita, y Kamia Yousufi, abanderada de Afganistán, quedaron muy relegadas.

A todo esto, otra de las pruebas del heptatlón aporta un dato curioso. Un par de atletas logran saltar por encima de 1,98 metros. Días después, mirando por TV la final de salto en alto femenino, me sorprende que una especialista gane el oro con un registro menor.

 Maracaná, Maracanazinho y voluntarios

Mientras comemos algo, le comento a Tomás que tenemos la tarde libre y que camino a Copacabana podríamos hacer una parada intermedia para conocer el Maracaná. Aprueba la idea y hacia allí vamos.

Escenario de dos finales de la Copa Mundial de Fútbol, en 1950 y 2014, durante Río 2016 el estadio alojó las Ceremonias de Apertura y Clausura. Con capacidad para 78.600 personas, también lució colmado durante la reciente obtención por parte del seleccionado local de la medalla dorada en fútbol, el único pergamino que todavía le resultaba esquivo a Brasil. Desde la estación ferroviaria que lleva su nombre, se lo ve gigante. Me sorprende, pese a su antigüedad, la modernidad de sus trazos. A la distancia, decorado con los anillos olímpicos, luce joven y pintoresco.

Lo rodeamos caminando, una vuelta de casi dos kilómetros para observarlo desde distintos ángulos y tratar de divisar la llama olímpica. La vimos aquí por TV cuando inauguraron los Juegos y nos hubiéramos ahorrado unos cuantos pasos de haber preguntado antes. Según nos informan, la llama está alojada en cercanías de la Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, en el centro de la ciudad. En la entrada al estadio, conocemos a Chen Wanming, un chino que lleva más de 10 años pedaleando y 170 mil kilómetros recorridos alrededor del mundo. Lo hace para promover el espíritu olímpico, la paz mundial y el cuidado de la tierra. Con la ayuda de una interlocutora, le entrego una tarjeta y lo invito a visitar nuestra ciudad durante su paso por la Argentina.

Unos metros más adelante se encuentra el Maracanazinho. Considerada la casa del voleibol brasilero, la instalación tiene capacidad para 11.800 espectadores. También es amplio y moderno, pero al lado del Maracaná parece insignificante. Me quedo con un detalle. Las paredes de uno de sus accesos se encuentran empapeladas con gigantografías en blanco y negro, y en primer plano, de decenas de personas anónimas. Un merecido homenaje a los 50 mil voluntarios que desempeñan distintas funciones durante estos Juegos Olímpicos. Vestidos de amarillo, verde, rojo o azul, según la función asignada, están por todas partes, en general dispuestos a dar una mano y casi siempre de buen humor. Son los que quedaron de una selección de 300 mil postulantes. La mayoría son brasileños, pero hay de muchos otros lugares del mundo. La diversidad se impone también en la distribución etaria: 40% menores de 25 años, 20% mayores de 45 años y 40% entre esas edades.

 Contrastes de Carnaval

Camino a Copacabana, seguimos sumando nuevas escalas. Bajamos en la Estación Praca Onze del Metro y nos dirigimos hacia el Sambódromo, sede de las competencias de tiro con arco. Llegamos cuando la gente se está retirando de la última jornada de la especialidad. Mientras circulamos a lo largo de los 600 metros de la “passarela do samba”, escenario del desfile de las “escolas” durante el carnaval carioca, un grupo de obreros se prepara para alistar el lugar que en un par de días acogerá la largada y el último esfuerzo de las participantes de la maratón olímpica femenina. Una semana después, ya en el ocaso de estos Juegos Olímpicos, les llegará el turno a los hombres. Se estima que unos 20 mil espectadores, la capacidad de las tribunas, serán testigos directos. Cuando nos retiramos, luego de haber recorrido bastante, le digo a una voluntaria que aceptamos la invitación que nos hizo al ingresar: “tienen que volver para carnaval”.

El Sambódromo está inmerso en un barrio de contrastes, donde conviven modernos edificios y viviendas precarias. Vecinas del lugar posan en los antiguos pórticos de las casas, con paredes pintadas en distintos colores. La imagen me remite a La Boca. A pocos metros de la estación, una pareja de niños descalzos intenta remontar un barrilete casero. Hace instantes, le saqué una foto a un cartel con el lema de Río 2016: “Um mundo novo”. Temo que se trate sólo de una buena intención.

El fuego sagrado 

Luego de la Ceremonia de Apertura, el pebetero de Río 2016 fue trasladado al Boulevard Olímpico Porto Maravilha. Es la segunda vez en la historia que la llama queda fuera de un Estadio Olímpico. Nos reivindicamos, no estábamos tan mal rumbeados cuando buscábamos la llama en inmediaciones del Maracaná.

Tal como nos habían indicado, la llamativa escultura cinética creada por Anthony Howe se instaló detrás de la Iglesia de la Candelaria. Sin embargo, hay que caminar más de un kilómetro para acceder porque está dentro de Porto Maravilha y unos tabiques impiden el paso directo. El esfuerzo vale la pena. “Mi visión fue replicar el sol, utilizando el movimiento para imitar su energía pulsante y el reflejo de la luz”, explicó en su momento el artista. Con una pieza de 12 metros de diámetro y dos toneladas de peso, vaya si lo logró. No en vano su obra se convirtió por esos días en uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad.

A la cuestión terrenal, la belleza del pebetero, hay que adicionar el componente simbólico de la llama olímpica. Su origen se remonta a la antigua Grecia. Conmemora el robo del fuego de los dioses por parte de Prometeo y su posterior entrega a la humanidad. La tradición indica que una antorcha se enciende en las ruinas de Olimpia y a través de un viaje de relevos lleva la llama hasta la sede de los Juegos Olímpicos. Esas lenguas de fuego que juegan con el viento y nos detenemos a observar durante algún tiempo, “tienen ese, qué se yo, ¿viste?”.

Final de día –

El reloj nos vuelve a la realidad. Hay bastante para ver a lo largo del Boulevard Olímpico pero ya demasiado improvisamos durante la tarde. O nos apuramos o no llegaremos a tiempo al Beach Volley. Entre otras cosas, debemos resignar transmisiones en vivo de las competiciones en pantallas de alta definición, conciertos gratuitos de música brasileña, museos y “el graffiti más grande del mundo”, de tres mil metros cuadrados, del muralista Eduardo Kobra.

Presurosos, alternando incluso alguna carrera, nos dirigimos hacia la Estación Uruguaiana del Metro. En pleno centro de Río, el tráfico y la muchedumbre devuelven una ciudad más real, sin el maquillaje del olimpismo. Nos pasó durante todo el día. En oportunidades, nos movimos “a contraturno” e incluso salimos de algunos circuitos preestablecidos. Nos alejamos un tanto de la manada. Vimos un poco más allá. Nos enriquecimos.

Corrimos pero arribamos a la sede del vóley playero en horario. Sentí bronca cuando la lentitud en los controles de ingreso hacía pasar los minutos. Ya dentro del estadio, con el primer partido avanzado, fui atenuando mi enojo. Las tribunas estaban repletas y había clima de fiesta. Los brasileños viven el vóley de una manera especial. Y los cariocas adoran la playa y el carnaval. Allí en Copacabana se conjugaban todas estas pasiones.

El Estadio Olímpico de Vóley Playa, con capacidad para 12 mil espectadores, se instaló temporariamente en las arenas de Copacabana. Presenciamos dos partidos de octavos. En el primero, la dupla femenina de Rusia venció a España. Luego, en masculino, los holandeses se impusieron a México. Desde nuestra ubicación, sin embargo, costaba decidirse entre prestar atención a lo que sucedía en cancha o espiar la imagen externa que nos ofrecía el mar, iluminado por los reflectores. Para incrementar la dispersión, entre punto y punto, un animador arengaba a hacer palmas, a bailar, a mostrar las banderas, siempre con música de fondo y la complicidad de las cámaras y las pantallas del recinto. Un par de bailarinas se movían al ritmo de la batucada y un talentoso hacía piruetas con una pelota sobre la cabeza.

Camino al hotel ingresamos a cenar a un restaurant, para nosotros novedoso. Hay un buffet con diversas opciones. Uno se sirve lo que le plazca y cuanto le plazca. Todo tiene un único precio, que al pasar por la balanza se multiplica por el peso del plato. Nos retiramos a dormir, pagamos a la salida.

Nuestra realidad 

Arranca un nuevo día. En la recepción del hotel un hombre consulta cómo llegar hasta el Estadio Olímpico. Es argentino y me nace ayudarlo. Le digo que debo subir a la habitación a buscar a mi hijo, que nosotros también vamos para allá y que si nos aguarda unos minutos podemos acompañarlo. Ya junto a Tomás, le hago una seña y partimos.

Aprovechamos que el viaje se prolonga por más de una hora y media para charlar. Se presenta como Daniel Díaz. Entrenador de Belén Casetta, es un histórico referente del atletismo de Mar del Plata. Además dirigente, intervino en la reciente llegada a Azul de una jaula de lanzamiento retirada del Estadio Atlético Justo Román de la ciudad balnearia y que será instalada en la pista local. Hablamos de nuestro coterráneo Julio Piñero, ex subcampeón mundial juvenil en lanzamiento de disco. Menciona su ejemplo para razonar: “si alcanzó ese logro como juvenil, no hay por qué no pensar en que pudo hacerlo también en mayores, pero para eso se necesita apoyo”. Entonces, la conversación deriva en lo mucho que el atletismo argentino hace con poco, en que si bien el panorama ha mejorado desde la creación del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD), todavía hay mucho por corregir y por mejorar.

Río 2016 significó la delegación de deportistas argentinos más importante desde Londres 1948, a la vez que su mejor performance en igual período. En el caso puntual del atletismo, hay que remitirse a Helsinki 1952 en cuanto a cantidad de representantes nacionales. El balance deportivo muestra el pasaje a finales de Germán Chiaraviglio, en salto con garrocha, y de Brian Toledo, en lanzamiento de jabalina. No llegó Germán Lauro, en bala, como para repetir los tres finalistas de la actuación argentina en el Mundial de Beijing 2015. No está mal. El contrasentido es que el ENARD le pagó a Díaz el pasaje a Río y la estadía pero el entrenador no cuenta con credencial como tal y todavía no sabe cómo va a hacer para ingresar al Estadio Olímpico, mucho menos si tendrá la posibilidad de brindarle alguna indicación técnica a su pupila. Lo dicho, todavía hay mucho por corregir y por mejorar.

Correr descalza 

Una vez en el Estadio, ayudamos a Díaz a conseguir una entrada. Ingresamos juntos y le indicamos cómo llegar hasta el lugar donde había coordinado ubicarse. Nosotros elegimos posicionarnos frente a la línea de largada para disfrutar de cerca las previas del plato fuerte de la jornada atlética, las series clasificatorias de los 100 metros llanos masculino.

Mientras 24 velocistas buscan en rueda preliminar ingresar a esa prueba, la colombiana Caterine Ibarguen lidera la clasificación de salto triple. Poco después de las 10 horas comienzan a disputarse las series de los 3 mil metros con vallas femenino, la prueba en la que participa Belén Casetta. La argentina es parte de la tercera y queda bastante lejos de los 9:45 que tenían como objetivo junto a su entrenador. Ruth Jebet, de Bahréin, marca el mejor registro de la prueba, que alcanza notoriedad por otro motivo. A poco más de dos vueltas del final, la etíope Etenesh Diro se cae y pierde una de sus zapatillas. Intenta colocársela nuevamente pero para no perder tiempo decide abandonarla y se lanza a una carrera frenética. Desde las tribunas se acompaña su esfuerzo, cada sobrepaso y el arribo a la meta en séptimo lugar y con un pie descalzo. Desconsolada queda tendida en la pista. Finalmente, Diro clasificó a la final por un fallo del Jurado de Apelaciones. Curiosamente, su tiempo allí fue superior al de la fallida serie.

Al otro lado del estadio comienza a disputarse la final masculina de lanzamiento de disco. En su último intento, el alemán Christoph Harting le arrebata el oro al polaco Piotr Malachowski. Casi en simultáneo, inicia una nueva prueba del heptatlón femenino. Hoy es el turno del salto en largo. Antes, a partir de las 11 horas, se sucedieron las series de los 400 metros llanos femenino.

 Show time 

Gonzalo Bonadeo, uno de los periodistas argentinos que más sabe sobre olimpismo, se alejó en muy pocas oportunidades de los estudios del IBC durante la transmisión de Río 2016. En una de ellas se trasladó hasta el Estadio Engenhao para presenciar personalmente la final masculina de los 100 metros llanos. Es que la prueba es cautivante, eléctrica, y sintetiza los Juegos Olímpicos prácticamente como ninguna, en algo más de 40 zancadas y alrededor de los 10 segundos. Si además se tiene la oportunidad de ver a Usaín Bolt en acción, cartón lleno.

En nuestro caso, no vamos a presenciar la carrera por las medallas sino las series clasificatorias, pero aplica todo lo expresado con anterioridad. A lo largo de la jornada, nos damos el gusto de ver correr algo menos de una centena de los atletas más veloces del planeta. Van pasando en tandas de 8 corredores que ingresan entre el alarido del público. Saludan, realizan partidas de prueba, calientan motores, los presentan. Ante una señal, toman posición en los tacos de partida y el silencio es absoluto hasta que se escucha la señal de largada. Acompañamos los primeros metros de la carrera con la respiración contenida pero un grito se nos escapa cuando van llegando a la meta. La sensación es completa, pero a vez fugaz. Aunque van cambiando los actores, lo bueno es que la secuencia de series nos da la posibilidad de revancha, una especie de replay en vivo.

El más rápido de la jornada es el estadounidense Justin Gatlin, que completa la distancia en 10.01. Detrás de él se ubican velocistas de la talla del canadiense Andre De Grasse, el jamaiquino Yohan Blake, el sudafricano Akani Simbine, Ben Youssef Meité, de Costa de Marfil, Jimmy Vicaut, de Francia o Trayvon Bromell, de Estados Unidos. También ese día, sólo ese día, queda detrás de él Usain Bolt, el más rápido entre los rápidos, de ahora y de siempre. Lo ratificó en los días siguientes.

Lo de Bolt es magnetismo puro. No sólo es veloz en la pista, también domina eso del show. Se sabe observado y tiene claro que es una celebridad. Una vez que ingresa, no se queda quieto un instante. Lo tenemos a unos 10 metros, se torna difícil quitarle la mirada. Saluda, sonríe a boca llena, mueve sus manos, apunta con los índices al cielo, se agarra la cabeza. Hace todo lo que tiene que hacer en la previa. Y después también. Pasa en 10.07, suficiente para ganar con comodidad su serie y deleitarnos con esos pasos largos, estilizados. Y su clásica pose al final, esa del brazo izquierdo estirado hacia el cielo, que repiten miles al sacarse una foto.

Pasan los días y el Jamaiquino no defrauda a Río 2016 ni a la historia. Hace lo que nunca nadie antes. Como en Beijing 2008 y Londres 2012, gana la medalla dorada en 100, 200 y posta 4×100 metros. “¿Qué hacé Tri Tri?”, diría Minguito Tinguitella. (continuará)

 

 

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