Bayo Dorado

Por Adolfo Mirande Especial para EL TIEMPO

 

“Como la yema de huevo de gallina extendida sobre una porcelana blanca” Emilio Solanet”.

Cuando el rocío baña el pasto y el silencio empapa al ambiente entero salgo temprano para hacerle una promesa al lucero.

Es sobre la moza que me tiene con mal de amores.

Alma bendita de mi madre que está en el cielo que no sean para otro sus favores.

Aunque soy enamoradizo no me distraen las mujeres, ni de un ojo siquiera, cuando alguna razón provoca mi atención verdadera.

Mi afán por los potros es siempre lo que más me esmera.

Aunque reniego del mal trato con la guacha,  me tengo por buen domador de arriba, y casi siempre quedo montado al animal, igualito que me enseño mi abuelo.

Y para amansar de abajo soy como indio para hablarle en la oreja al pingo y ponerlo tranquilo por más chúcaro que sea.

No hay bicho en el mundo que no se haga sobón cuando el cariño le llega.

Me lo enseño un gringo, gran jinete,  que se fue  hasta Norteamérica con un gateado y un overo.

Gato y Mancha. De la estancia “El Cardal” de Solanet.

Jamás he recibido más hermoso regalo que el venido de ese hombre, mi padrino Don Emilio.

Fue la ofrenda de un caballo criollo de su cría, que brillaba como el Sol. No es monta para cualquiera un Bayo Dorado.

El General Don José, montaba en San Lorenzo, un arrogante bayo de cola cortada al corvejón.

Era el pelaje preferido del cacique Ramón…Y fue un bayo, el caballo de guerra del jefe “Baigorrita”.

Y lo que nunca he de olvidar de ese “doctor” Solanet, es la frase que recuerdo por repetida…”pabellón de mi tierra, celeste y blanco, que te vean los criollos sobre su rancho”…

Nací en Ayacucho, que es el único pueblo que nombra Martín Fierro, en el libro más grande que por acá se haya escrito, según dicen.

Llevo estribos San Martín y rienda Pampa con argollas de bronce.

Soy buen arriero, como hombre de esta tierra y aprendí en alpargatas, tanto con el Sol rajando la tierra, como al galopar partiendo con las herraduras, el cristal de la escarcha.

Conozco las artes del pialador para hacer de ese trabajo un encanto.

Terminado el mate ya empiezo a ensillar al bayo.

Y me voy poniendo bonito, porque hay fiesta y baile, en  la estancia “La Dorotea”.

Después de anudarlo quedan como dos churrinches flotando en el aire los cabos del pañuelo colorado, que llevo con alarde, porque es obsequio del caudillo del pueblo.

Ni que hablar del cuchillo; es de acero de Toledo y entre las filigranas de adorno lucen las iniciales de mi abuelo, que en tiempos de Moreira,  fue hombre de Adolfo Alsina. Y según dicen, que se decía, este tuvo más coraje que el propio Valentín.

Al salir no me falta el agua florida, el chambergo surero y el poncho pampa de colores.

Para lucirme traigo rebenque tachonado.

Gasto camisa nueva y luzco para adorno la rastra con monedas que fue regalo de un novio de mi abuela.

Llevo bota de cuero con la caña blanda porque si me lo piden le hago al malambo surero.

Y para el baile no llevo espuelas para que el campo se haga orégano con cualquier  danza que sea.

Vengo derechito montado como Dios manda y al ir  llegando oigo el acordeón y la guitarra…

El Juan Andrés no es de aflojar y yo tampoco; es duro mi rival…

A quien va elegir la moza?.

El Juan es hijo del encargado de la estancia, pero no es veleidosa la Luisa.

…El otro trae buen overo…

Pero yo monto un bayo dorado de la estancia “El Cardal”…

Voy al frente, me llamo Martín Lucero, acuso 17 y soy un gaucho verdadero.

 

 

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