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Federico Delbonis volvió a su ciudad ayer, luego de consagrarse en la final de la Copa Davis ante Croacia, y tuvo un masivo reconocimiento callejero por parte de miles de azuleños. En un camión de Bomberos, desde Mujica y Ruta 3 hasta la Municipalidad, el tenista recibió el cariño de quienes le reconocen la participación decisoria para consumar un logro histórico para el deporte argentino.

FOTOS NACHO CORREA En la Escuela 17, Federico Delbonis recibió varios regalos y muchos aplausos de parte de buena parte del alumnado que lo esperó a la vera de avenida Mitre. Fiesta popular. El camión de Bomberos llega con Delbonis a Plaza San Martín, uno de los puntos que mayor cantidad de azuleños congregó.
FOTOS NICOLÁS MURCIA 

No se cansa de mirarla. Delbo con la replica de la Copa Davis, postal repetida a lo largo de los 100 minutos que duró la caravana. En la imagen de la derecha, Federico recibe la bandera de Chacarita Juniors.
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No se cansa de mirarla. Delbo con la replica de la Copa Davis, postal repetida a lo largo de los 100 minutos que duró la caravana. En la imagen de la derecha, Federico recibe la bandera de Chacarita Juniors.

“Un señor lo vino a buscar, cuando estacionó su auto vino el barrio a saludar”. No obstante las inexactitudes, la letra de Gieco expone atinadamente la esencia de lo sucedió en Azul ayer. Azul tiene un campeón del mundo, un tenista nacido aquí hace 26 años, formado inicialmente en Bancario y, más adelante, en club de Remo, un muchacho que ha aportado de manera rotunda a la primera obtención por parte de Argentina de una Copa Davis. Por ello, su logro se multiplica rotundamente.

En la historia, Federico Delbonis tiene una butaca ubicada en el sector de la misma donde más placer y honores produce: del lado de adentro. Tuvo su oportunidad, la afrontó (no sin temores) y la transformó en un hecho histórico; probablemente no tardará demasiado en aparecer una cancha o una calle con su nombre.

La impresión que uno tiene es que el zurdo aún no ha tomado real dimensión de lo que logró, como tampoco puede que realmente la tenga del recibimiento que miles de azuleños le ofrendaron ayer por alrededor de tres horas. Pese al cansancio del viaje desde Capital, pese al frenesí interno y externo que ha tomado forma desde que Karlovic mandó largo su envío, Delbonis se prendió de buena gana a recorrer, primero, la Ruta 3 desde Mujica a Piazza y, después, atravesar la ciudad a lo ancho para desembocar en el Palacio Comunal. Todo en el lomo de un autobomba de Bomberos, al cual se montó unos diez minutos después de llegar, en su auto particular, a la ESSO sita en Mujica y Ruta 3, allá por las 15.15 horas.

Ya sobre la ruta empezó el derrotero. Con la réplica de la Davis en sus brazos y acompañado por allegados (como el profesor Facundo Vitale), bomberos e integrantes de prensa, la sirena se transformó en la clave del lento avance del “Delbo” rumbo al Cristo. Un bocinazo, un aplauso, un grito o un puño en alto, todos gestos válidos para hacerle saber al campeón de la alegría compartida. Se dice ahora, más que nunca, que esa timidez envasada en 1,90 metros es “nuestro Federico”, una descripción que fácilmente se envalentona con un campeonato mundial bajo el brazo. En ese tramo fue muy especial (como luego lo sería la Escuela 17 y CADRAL) el efusivo saludo, con cartel incluido, de los alumnos y docentes de la Escuela 27.

A su manera, desde esa suerte de púlpito que se erigía en el camión de Bomberos, como un guerrero troyano que atraviesa las puertas de la ciudad en el retorno glorioso, Delbonis fue buscando retribuir la mayor cantidad de saludos posible, ritmo que se fue incrementando en zona de rotonda. Allí una bandera de Chacarita, su amor futbolero local, llegó a sus manos, como le llegaban pelotas de tenis y cualquier otra cosa posible de ser autografiada. La liturgia era fuerte desde lo visual, aunque poco práctica. Todo valía para saludar a Delbonis: estacionar donde se pudiera, caminar por cualquier recoveco que permitiese tener perspectiva para enfocar con una cámara al muchacho que, envuelto con la bandera azuleña, iba advirtiendo la caravana necesitaría de una larga hora hasta decantar en la Municipalidad. Entre transeúntes, motociclistas, ambulancias, periodistas e intrépidos automovilistas, el autobomba ostentaba más custodia que cualquier coche presidencial. No era un requisito excluyente ser aficionado al tenis, tener internalizados los datos más salientes de la vida deportiva del homenajeado, no. Miles de conciudadanos estaban en las calles, tal vez por curiosidad en muchos casos, o por ver de cerca al joven que seguramente cruzaron en alguna peatonal veraniega o una tarde en el parque, y que ahora juega con teleaudiencia récord y se transforma, como integrante del seleccionado, en trending topic.

Sobre el frente de la Escuela 17 se produjo otro de los instantes especiales. Decenas de alumnos y alumnas esperaron por mucho tiempo, ansiosos y con binchas que lucían una F, para que el campeón de Azul les ofrendara la pequeña Davis. “Gracias Fede”, expresaba un cartel y allí fue donde la caravana se detuvo para que Cacho Franco, acompañado por su esposa y Julio Juárez, le entregase un cuadro distintivo.

A ritmo cansino, con la Mitre improvisada a modo corsódromo, el sol daba de pleno en la réplica de la Ensaladera de Plata, un plateado faro para guiar la aventura de soñar (Delbonis lo destacó en la conferencia posterior). Es que lo de Federico tiene todo su mérito, su dedicación y el contexto que aporta el equipo albiceleste que encabeza Orsanic. Pero dispone y en buena dosis –y esto corre a cuenta de pecar de trillado– de la valentía de exponerse a lo que dictaminan los anhelos.

La escenografía no dejó de replicarse a lo largo del resto del periplo. Delbonis saludando por avenida 25 de Mayo, Delbonis saludando en calle Yrigoyen, Delbonis saludando en el veredón. Fatigado, con alguna mueca de cansancio, ingresó al palacio comunal aproximadamente a las 17.10 horas, recorriendo previamente un corralito humano que bien poco pudo sostenerse ante la embestida de quienes pugnaban por un contacto con el campeón. El edificio municipal se tragó a Delbo, pero por unos pocos minutos. Salió al balcón, agradeció el cariño popular y volvió a ofrendar la Ensaladera. Ese relicario tan preciado que ahora guarda, para siempre, su nombre en la historia del deporte argentino.

 

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