CANTO PARA UN MALEVO CELESTINO CEPEDA

 

Por Adolfo Mirande

Especial par EL TIEMPO

Era el embeleso y el gustazo de mulatas, blancas y morenas, ese compadre, que era hijo de un gaucho del Uruguay. Mostraba funyi de requinte y enlazaba su cuello pañuelo con inicial. De arriba abajo cuatro ojales abotonaban saco corto y compadrón.

Taconeaba canyengue botines de punta y taquito y en el patio burdelero dibujando cortes y quebradas, enredaba firuletes reos de negro charol.

Por su  coraje y por el fierro en la cintura lo junaban con recelo compadrones cuchilleros y taitas fuleros. Y lo apreciaban por su estampa las paicas milongueras.

Era el alboroto este mozo entre las no santas, polacas, rusas y francesas que eran lo más lindo de esa fauna maleva. No simpatizaba el valiente con el decoro y era su regocijo la junta con gauchos matreros y con compadritos de plumaje multicolor.

Frecuentaba amigos que eran de los mejores como pequeros y como pungas. Y cuando era necesario la yugaban de escruchantes. Era duro y bravo como los de su tierra este mozo, pero cuando templaba la guitarra era poeta y payador y por su poesía y su canción era consentido de las mujeres, bienvenido y regalón. A los cálidos oídos femeninos sus palabras murmuraban endechas que cantaban dolores, enterneciendo a las mujeres, y coplas coloridas como flores, para que ellas ofrecieran la miel de sus amores.

Se llamaba Celestino Cepeda y con su padre  pelearon espalda contra espalda  en la gesta de Arbolito  junto al más chico de los Saravia  poniendo roja de sangre una Cuchilla del Uruguay. Abrazo de los que cabalgaron juntos,  de los que gatillaron para el mismo lado, y del padre y del hijo, que festejaron con caña  el triunfo de esa gloriosa carga. Relumbraba de oro la melena de su  madre  que fue la prenda más dulce  que en su vida de rapiña se robó su padre del lupanar. Tantas veces encontró la daga descanso en la tibieza de su vaina, tantas veces las que la enfrentaron se quedaron esperando al lucero rendidas sobre barro y adoquín. La daga se hace luz en la mano del malevo.

¡A la hora de brujas y de duendes que rápido es el puntazo del cuchillo de Cepeda!.

Era un hombre sin alegría ni esperanza. No sentía paz con el sosiego, porque era la tempestad lo que apreciaba su alma. La quietud devenía tedio porque era hombre de extremos, y siempre estuvo incómodo en la calma del medio. Sus ojos vieron muy seguido la pena esparcida por el vidrio, chorreando gotas de muerte, y que a veces eran de algún amigo  que se murió sin gloria en la vereda. Lo vieron las estrellas limpiar la sangre del cuchillo en la cabellera de la Luna que se derrama  en noches de plata.

Su corazón estaba hecho una parte de marfil y de oro fino y la otra de acíbar y de hiel.

Era gustoso del vino y de la ginebra, pero sin la necesidad del apuro. Se paseaba en solitario sin paz ni regocijo en las noches de la vieja Buenos Aires cuando se asomaban las estrellas  entre  la negrura. No es vano el mal presagio en las nubes oscuras que lamen la piel de la Luna. Ya viene Cepeda a bailar su danza, daga, Luna y adoquín.

El frío acero estará en la cita, el frío acero, la muerte y la espesa sangre. Ay Celestino Cepeda,  ay negro  crepúsculo, ay luz del lucero. Cuantas veces llegó con el atardecer el cuchillero. Y cuantas veces despidió Cepeda a la Luna con los tambores pálidos del alba. Arrabal de antaño, realidad, mito y leyenda… Largo rumbo sin alternativas.

Camino con estrellas muy lejanas y cortadas muy cercanas. Miradas pérdidas en la noche del destino. Palermo de las milongas de ayer.

Con hombres como el malevo Cepeda y con poetas que le cantaron como Borges y Carriego aunque fueran forasteros. Añejado el compadre entre aprontes y partidas de guapos y taitas fuleros, llegada la ocasión salía como la luz de su cintura la daga templada en Toledo con alma arrabalera. Lo mismo era Autonomistas que cualquier otra cosa, la lealtad personal al que servía fue su bandera. Pero en un rincón de su corazón guardaba  su recuerdo primero para don Leandro de Balvanera. Despreciaba la muerte y desdeñaba las cortadas umbrosas que tantas veces lo acecharon. La angustia se desvelaba en su solitaria pieza porque allí lo esperaban los demonios que asediaban su alma. Con frialdad y con desdén esperaba el puntazo o la bala buena para que el olvido se lo lleve. En oscuridad sin nubes alguna noche contempló la Luna, con sangre de otro, goteando en la penumbra  la daga de Cepeda.

Y este virtuoso del escolazo y del cuchillo entre tangos y candombes de la plaza Cagancha y de Buenos Aires al sur, tuvo su noche triste. Fue como un relámpago la puñalada y lo encontró en cama ajena. La sangre quedó en Palermo…

…¡y dónde se le piantó la vida, solo el diablo lo sabrá!…

 

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