HISTORIAS Y PERSONAJES DEL AZUL Y LUJÁN

Capítulo I (primera parte): Amalgama de leyenda e historia

La Patrona de la Argentina, Uruguay y Paraguay despierta en los corazones de sus fieles los más puros sentimientos que los conducen por la senda de la Fe.
<
>
La Patrona de la Argentina, Uruguay y Paraguay despierta en los corazones de sus fieles los más puros sentimientos que los conducen por la senda de la Fe.

Por Luis Sola y Eduardo Agüero Mielhuerry

El hacendado portugués Antonio Farías de Sáa, vecino de la ciudad de Córdoba del Tucumán, encargó a un paisano suyo, residente en Pernambuco (Brasil), una imagen de la Virgen María en la advocación del misterio de la Purísima Concepción para ser expuesta a la veneración en la capilla que estaba construyendo en su estancia del pago de Sumampa (Santiago del Estero). Desde Brasil se le envío la imagen pedida y otra más de la Maternidad de la Virgen, acondicionadas separadamente en dos cajones, que desde el puerto de Pernambuco fueron transportadas a Buenos Aires en el navío del capitán contrabandista del patache San Andrés, André João, más tarde llamado Andrea Juan.

En la misma embarcación también llegó el negro Manuel. Nacido en 1604, en Costa de los Ríos, -hoy Guinea-, África, a finales de 1629 fue apresado en un reclutamiento de negros llevado a cabo por mercaderes portugueses, y conducido a las naves ancladas en el puerto de Cabo Verde (ciudad hoy llamada Dakar), zona occidental de África, para ser vendido como esclavo en el Brasil. Arribó al puerto de Pernambuco después de una travesía de 30 días y al atracar la nave, él junto a otros negros fueron llevados a la plaza pública, y allí puestos a la venta. En la ocasión, el capitán Juan lo compró para su servicio.

La travesía marítima al mando de Juan culminó en el mes de marzo de 1630, en el Puerto de Santa María de los Buenos Ayres.

Arribados a Buenos Aires, Andrea Juan tuvo algunos inconvenientes por ser contrabandista, como era común en esa época. Su amigo Bernabé González Filiano, salió ante las Autoridades como fiador suyo, solventando la deuda. En agradecimiento, Andrea entregó a su esclavo, el negro Manuel, quien desde entonces convivió con otro homónimo de Cabo Verde y un tercero “apellidado” Angola o Luanda, que la historia debió distinguir poco a poco.

El maravilloso prodigio…-

Poco después, en mayo, una caravana de carretas salió desde la ciudad de Buenos Aires rumbo al norte, más precisamente a Sumampa, llevando las dos imágenes que hoy conocemos como “de Luján” y “de Sumampa”. Respectivamente, la primera representa a la Inmaculada y la segunda a la Madre de Dios con el niño en los brazos tal como Virgen de la Consolación.

En el camino a Córdoba, cuando la tropa de carretas se encontraba a orillas del Río Luján, cerca de la casa del estanciero Diego Rosendo, los bueyes detuvieron su marcha resistiéndose a continuar. Se cambiaron los bueyes y se bajó la carga, pero sin resultado.

Manuel fue testigo y partícipe de aquel suceso y desde entonces sintió el llamado de ser custodio de la Virgen. Se presume que fue él quien sugirió bajar uno a uno los cajones transportados…Los bueyes comenzaron a moverse en cuanto se bajó una de las cajas del carro. Entonces, pensando que todo estaba resuelto, la volvieron a subir. Pero el carruaje volvió a quedarse inmóvil. Una vez más bajaron la caja y los bueyes se movieron sin dificultad alguna. Entonces, el negro Manuel, habría exclamado: “Esto indica que la imagen de la Virgen encerrada en este cajón debe quedarse aquí”. Abrieron el cajón y encontraron una bella imagen de la Virgen en su advocación de la Purísima Concepción.

Los arrieros continuaron el viaje con una única caja hasta su destino final, los pagos de Sumampa. Este es, precisamente, el origen del Santuario de Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa, en la provincia de Santiago del Estero, compañera de viaje de la Inmaculada Concepción de Luján.

El primer sentimiento que embargó el corazón de los troperos y demás personas presentes fue el asombro; y después de las consabidas demostraciones de devoción y respeto, entendiendo que aquella imagen de la Purísima Concepción deseaba quedarse en ese preciso lugar, resolvieron trasladarla a la casa de la estancia de la familia Rosendo. Se trataba de la población más próxima a la vera del camino real. Allí la depositaron, en el mejor lugar de la vivienda, y le improvisaron un precario altar, donde comenzó a ser venerada la Santa Imagen.

Se la llamó “La Virgen Estanciera” y la “Patroncita Morena”.

La Virgen y su fiel guardián –

El negro Manuel, con el consentimiento de su dueño, -que antes de morir le habría dicho: “eres de la Virgen y no tienes otro amo a quien servir”-, se hizo cargo de la ermita y de los vestidos de la Virgen, dirigiendo los rezos de los peregrinos. Además, la tradición cuenta que Manuel recibió el don de curación con el sebo de las velas de la ermita y relataba a los peregrinos los viajes de la Santa Virgen, que daba consuelo a los afligidos.

En 1663, el gobernador Martínez de Salazar -por entonces dependiente del virreinato del Perú-, prohibió el uso del “viejo camino al norte” -actual Ruta 8-, donde a su vera se encontraba la imagen de la “Pura y Limpia Concepción del Luján”. En reemplazo, obliga por ley a trasladarse por el nuevo “Camino Real a los reynos de Chile y Alto Perú”, -actual Ruta 7-, dando por resultado el abandono de las visitas de los viajeros a la Virgen.

Ana de Matos y Enzinas, viuda de Siqueyras, heredera de algunas tierras de su esposo junto al río Luján, se sentía deseosa de construir una capilla para llevar la imagen a su casa. En el 1671 habló con el Padre Juan de Oramas, administrador de los bienes de su hermanastro por vía materna don Diego Rosendo y, tras pagar la importante suma de doscientos pesos por la estatuilla, la colocó en su casa. Pero la Santa Virgen desapareció y la encontraron en su antigua ermita. Doña Ana volvió a llevar la imagen a su casa y por segunda vez regresó a la estancia de don Rosendo.

Doña Ana consultó entonces a las autoridades eclesiásticas y civiles, quienes viajaron al lugar y examinaron lo sucedido, esta vez la Virgen fue trasladada en una devota peregrinación de cinco leguas y en compañía del “negro” Manuel, que debió ser comprado por Doña Ana, mediante una colecta de dinero de los vecinos de Buenos Aires. Desde ese momento la imagen no retornó más a su antigua capilla.

Luego de confirmar la veracidad de lo sucedido, la autoridad eclesiástica, autorizó oficialmente el culto público a la “Pura y Limpia Concepción del Río Luján”. Doña Ana donó el terreno para la realización de la primera capilla en el año 1677, lugar distante unos 50 metros al Este de donde actualmente se encuentra la Basílica de Luján.

Enfermo y designado en 1684 “Cura del Río Luján y Capilla de la Limpia Concepción”, llegó Pedro de Montalvo, implorando a la Virgen por su curación. Fue llevado a la capilla donde Manuel le ungió el pecho con el sebo de la lámpara que ardía en el Altar y le dio de beber una infusión con abrojos de los que solía desprender del vestido de la imagen. Poco después, el Sacerdote sanó milagrosamente y agradecido se quedó como primer capellán.

El Padre se dedicó a la terminación de la capilla con la ayuda de sus relaciones y de las autoridades coloniales. Y finalmente el 8 de diciembre de 1685 inauguraron el nuevo Santuario con el traslado de la imagen de la Virgen. Al año siguiente, el negro Manuel -actualmente en proceso de canonización-, falleció, quedando el Padre Pedro como custodio de la “Virgencita”.

EL DATO

“Historias y personajes del Azul y Luján” es publicado en simultáneo cada domingo en nuestro diario y en “El Civismo” de Luján.

 

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *