Cartas bajo fuego en la Guerra de Malvinas

Mientras el frío calaba los huesos y las noches se iluminaban con el estallido de las bombas, José Martínez buscó la manera de llevar tranquilidad a su familia en Azul, a través de aerogramas. Este artículo revela el contenido de cartas escritas en las Islas, en plena conflagración.

José Martínez, motorista en la Guerra de Malvinas, en entrevista con el autor.


Escribe: Marcial Luna
lunasche@yahoo.com
“Querida mamá: espero que cuando ésta llegue a tu poder se encuentren todos bien,  igual que yo. Mirá mamá, acá donde estoy yo está todo tranquilo y dicen que va a venir el relevo de la [clase] ’63, así que pronto pienso estar con ustedes para comer un regio asado y vamos a festejar en la casa”.
José Martínez (“Carlos” o “Carlitos” para la familia y allegados) cuando escribió esa carta a su mamá Nilda y la remitió al domicilio de Azul (calle Miñana al 900), tenía 20 años de edad. Pertenecía a la clase ’62 y estaba incorporado al Regimiento de Infantería Mecanizado 7 de La Plata “Coronel Conde”, en la Compañía Servicios. Era Operador Motorista, con licencia obtenida el 1 de junio de 1981.
Su primera carta desde Malvinas tiene fecha 17 de abril de 1982 y el autor de este artículo tuvo acceso exclusivo. La carta fue escrita en Puerto Argentino, en la posición de la Compañía a la que perteneció Martínez.
El día anterior había resultado especial: fue el cumpleaños de José y lo celebró con sus compañeros en Río Gallegos. Fue la celebración con mayor inquietud en su vida.
Las horas reverberaban con el nerviosismo de los soldados que, desde el momento en que habían sido trasladados desde La Plata a El Palomar, sabían que el destino era la Patagonia y, de allí en más, Malvinas. La noche del 17 fueron transportados en un Boeing 737 hacia las islas. En la tarde de ese día, José encontró un espacio, junto a los recién llegados a las islas recuperadas hacía pocos días, el 2 de abril de ese año, y en las que flameaba la bandera argentina luego de más de una centuria, para escribir su primera carta:
“Bueno mamá, te voy a contar un poco de lo que hacemos acá. Nos levantamos a la hora que queremos pero casi siempre nos acostamos como en la casa de la abuela: a las 6 ó 7 estamos durmiendo. […] tenemos de todo. No nos hace falta nada, pero igual yo quiero estar allá con ustedes. Mirá mamá, yo te estoy escribiendo en la posición y me parece mentira estar en las Malvinas.”
Hacía una semana que el Mercado Común Europeo había aprobado las sanciones económicas contra Argentina y el general norteamericano Alexander Haig se había establecido en Buenos Aires, con intenciones diplomáticas, y en momentos en que el pueblo argentino se manifestaba en las calles a favor de la recuperación de las Islas. La Fuerza de Tarea británica, en la semana del 12 de abril, había iniciado el bloqueo a las Malvinas y el submarino Spartan ya estaba posicionado en cercanías de Puerto Argentino.
En ningún momento José le expuso la realidad a su madre: ni su angustia, ni el frío, ni las carencias, durante el tiempo que duró la guerra. Puede pensarse como paradójico, pero ocurrió de esa manera: mientras llovían las bombas inglesas sobre las posiciones argentinas, José Martínez pensaba qué palabras serían las más adecuadas para que su mamá no se preocupara. Y, apoyado en una caja metálica de municiones, las escribiría en la próxima carta.
La calma imposible   
José Martínez, que se radicó en Azul definitivamente desde el 2000 y se desempeña actualmente como auxiliar en la Escuela Secundaria 1 Elisa V. de Ramongassie, durante la guerra de Malvinas operó equipos de motorización. Lo hizo desde que llegó a Puerto Argentino hasta el 1° de Mayo, y hasta el 13 de junio recorrió el trayecto entre el puerto y Monte Longdon. Las cartas llegaban con demora, pero algunas alcanzaron a arribar a las islas mientras se incrementaba la violencia de la guerra.
De esa manera José se enteró que Nilda, su mamá, vivía horas de profunda intranquilidad y angustia. Por eso, continuó en su empeño por transmitirle la idea de que, aunque la guerra se desarrollaba con una violencia colosal, no se lo diría; al contrario, insistiría con la frase: “todo está tranquilo acá”.
O, esquivando el punto; y, en cambio, reflejar la confraternidad en los pozos, que fue real: “Ah mamá, antes que me olvide, te mandan muchos saludos mis compañeros, dicen que te mandan un beso grande como a las mamás de ellos. Bueno mamá, ellos se ríen porque somos cinco escribiendo cartas y uno está cebando mate mientras nosotros escribimos”. ¿Qué mejor imagen que la de presentar esa “normalidad”?
La soledad castigaba tanto como el frío y la turba. En la carta del 17 de abril, José le hizo a su mamá un pedido especial: “Decile a los muchachos del barrio que me escriban muchas cartas”. Y se despidió, ajustando la letra en el pequeño papel aéreo (que se les entregaba gratuitamente a los soldados, y los envíos también tenían ese mismo carácter), con un puñado de palabras en las que, esta vez, no pudo disimular su estado anímico:
“Muchos besos para vos, mamita.
Ojo, ¿eh?, siempre tranquila”.
C.P. 9409
Dos días después de esa primera carta, el 19 de abril, envió a su madre en Azul un segundo aerograma. Tiene sello del día 20, en Malvinas, y esta vez se consigna el código postal de las Islas: 9409.
“Mamá, paso a contarte que acá hace mucho frío pero tenemos mucho abrigo y no se siente mucho. Mirá, tengo un compañero de carpa que es como un hermano. La pasamos re bien. Yo, si Dios quiere, ya en un par de meses voy para allá. Quiero que te quedes tranquila.”
Luego escribió: “Ah mamá, perdóname la letra porque estoy escribiendo [sobre] una caja de municiones […] no me mandés nada. Mandame muchas cartas tuyas y decile a papá que me escriba también. Bueno mamá, vos sabés cómo comemos golosinas, chocolate, de todo, y encima vemos muchos inglesitos.”
En el reducido papel (similar a un actual A5) era posible escribir de un solo lado, puesto que debía plegarse por la mitad y se cerraba con un plisado más. De ese modo, quedaba el frente para escribir el destinatario y, en el reverso, consignar el nombre del soldado remitente y de la Compañía a la que pertenecía.
Buena parte del espacio de cada papel aéreo fue utilizado para enviar saludos a familiares y amigos. Sólo en algunos tramos, en el caso de José Martínez, se detalló algún aspecto de la vida en Malvinas: “Paso a decirte que el viento corre a 40 ó 60 kilómetros por hora y a las 6 de la tarde es de noche. Vos sabés mamá que a veces me levanto y me parece un sueño estar tan lejos de todos.”
La carta concluye con una despedida muy emotiva: “Vos recibí mil besos de tu querido hijo que está lejos […] Chau mamita, Besos a papá. Contestame mamá (Carlitos)”.
La nevada    
En otra esquela, del 28 de abril de 1982, le reveló a su mamá: “Llegaron cartas de una escuela de Puerto Belgrano y yo recibí de una nena de 7 años. Mirá mamá, si ves la carta llorás. Ahora le contesté así que voy a recibir de vuelta. Vos sabés que ayer nevó. Mamá, comprá el diario que salimos en varias fotos […] yo quiero que te quedes tranquila igual que yo, porque hasta ahora no pasa nada. No le hagas caso a lo que te dicen.”
Los horrores de la guerra José evitó siquiera deslizarlos en las cartas a su madre. Malvinas estaba bajo fuego. Las tropas inglesas, tres días antes de esa esquela, habían atacado Leith Harbour y Grytviken, en las Islas Georgias del Sur.
Mayo fue el mes en que el infierno se desató en Malvinas.

Aerograma de Encotel. Una de las primeras cartas que José Martínez envió a su madre en Azul desde las posiciones en Malvinas.


José comenzó a ver cómo caían acribilladas y bombardeadas las primeras líneas de su regimiento (y de otros, que actuaban en la zona) y su trabajo como transportista se multiplicó. No hubo cartas y las noticias fueron confusas esos días. Los soldados argentinos sabían que las tropas inglesas habían comenzado a arremeter de manera sostenida y con relevos suficientes, a diferencia de los argentinos.
El 1° de mayo se produjo el primer ataque británico con bombas sobre las posiciones argentinas, entre ellas el Aeropuerto de Puerto Argentino. Helicópteros ingleses operaron sobre Puerto Darwin. Los intentos de desembarco de Inglaterra fueron repelidos por las fuerzas argentinas.
Mentiras piadosas    
El 13 de junio las fuerzas británicas pudieron penetrar las defensas argentinas y al día siguiente se estableció el “alto el fuego”, lo que conllevó a la rendición establecida entre  el general Moore (inglés) y el general argentino que había sido designado gobernador de las Islas Malvinas, Mario Benjamín Menéndez.
Las dos siguientes cartas que José Martínez le envió a su madre, en las que mantuvo sus “mentiras piadosas”, corresponden a los primeros días de ese mes de junio de 1982.

Carta del 3 de junio de 1982, pocos días antes de la rendición argentina.


En la del 3 de junio, escribió:
“Yo quiero que vos estés tranquila igual que yo. Mirá mamá, acá no pasa nada. Con decirte que hasta comemos torta frita y torta asada. Somos un grupo de quince soldados y un cabo. Estamos muy bien. Lo que sí ya está nevando pero no hace mucho frío, o será que estamos acostumbrados, pero qué vamos a hacer. Yo, gracias a Dios, tengo fe y tengo también de todo. Tenemos muchos soldados conocidos que nos consiguen de todo, chocolate, raciones frías, de todo. Lo que extraño mucho es el pan, que no hay acá. Sólo tengo galletitas, así que si podés, cuando mandes algo, mandame pan o galleta. Bueno mamá, si me ves no le crees, duermo hasta las 11 ó 12, no hacemos nada de nada pero yo sé que dentro de poco voy a ir y te voy a llegar de sorpresa. Ahora me paso todo el día andando a caballo, así me entretengo.”
En la del 9 de junio, José Martínez, se limitó a decir que se encontraba bien y que había recibido algunas cartas de personas a las que no conocía, pero que evidentemente escribían a un destinatario general: el soldado en Malvinas.
La última esquela que José remitió al domicilio de Azul fue diferente a las demás en un aspecto significativo: el encabezamiento. Ya no era posible taponar la angustia, porque brotaba por todos los poros, a horas de la rendición argentina. ¿Cómo continuar haciéndolo, luego del estallido de centenares de bombas, tan cerca, y la presencia de los cadáveres de soldados argentinos que aún permanecen estampados en las retinas? José comenzó esa carta con la frase “Queridísima mamá…”.
Lo sabía, pero José ya no lo podía disimular: nunca una de sus cartas había contenido una carga tan inmensa de congoja.

Sobre de “correspondencia de soldado”. Se consigna que es “sin cargo”.

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