LOS ARCHIVOS DE LA DICTADURA - Nota IV

Cartas de un padre a los secuestradores de sus hijos

Eleuterio Pérez, a la derecha, en una foto familiar, poco después del secuestro de sus dos hijos, Ernesto y Graciela, ambos a la izquierda de la imagen. FOTO GENTILEZA FAMILIA PEREZ-CURUCHETManuscrito, borrador, de la carta de Eleuterio Pérez al general Harguindeguy, ministro del Interior de la Nación durante la última dictadura militar.Facsímil de la carta abierta al coronel Saini, jefe militar de Azul en el momento del secuestro de los hermanos Ernesto y Graciela Pérez.
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Eleuterio Pérez, a la derecha, en una foto familiar, poco después del secuestro de sus dos hijos, Ernesto y Graciela, ambos a la izquierda de la imagen. FOTO GENTILEZA FAMILIA PEREZ-CURUCHET

Desesperado, horas después del rapto de sus dos hijos, Eleuterio Pérez, vecino y comerciante azuleño, en febrero de 1977 envió una carta al jefe militar de Azul y otra al ministro de Interior Harguindeguy. “Las heridas que abre la violencia, jamás se cierran”, escribió, y también afirmó: “El rencor es un virus que sobrevive a las generaciones”. La correspondencia se revela por primera vez. El caso del “Falcon gris” y el agradecimiento al juez Carlos Pagliere.

 

ESCRIBE MARCIAL LUNA

lunasche@yahoo.com

 

El 11 de febrero de 1977, Eleuterio Pérez llevaba tres días son poder conciliar el sueño. En realidad, desde hacía tres días vivía una de las situaciones más desesperantes a las que se puede someter a un padre: el día 8, durante la madrugada, sus dos hijos habían sido secuestrados de la casa familiar. Frente a sus propios ojos. Y con la impotencia de no poder hacer nada, ante una patota disfrazada con pelucas que invocó su pertenencia al Ejército Argentino.

Caminaba en círculos Eleuterio, e iba desde la casa de calle Burgos hasta su comercio, Kelly Deportes, en Yrigoyen 469, con paso de sonámbulo. El día 8. Y el 9. También el día 10.

Había empalidecido, Eleuterio, a pesar del verano azuleño. La ausencia total de noticias sobre el paradero de su hijo Ernesto, de 28 años, y de su hija Graciela, de 26, comenzaba a cavarle un pozo profundo a su angustia.

Pero ese 11 de febrero, Eleuterio se sentó a la mesa, tomó una hoja que había traído de su propia librería y se aferró a la lapicera como quien empuña la última esperanza.

Entonces escribió la primera carta.

La fechó en Azul, naturalmente, porque esta era su ciudad, de toda la vida.

11 de febrero de 1977, agregó.

Pensó el encabezamiento y, luego de un rato, se decidió:

Carta abierta al Coronel Saini.

 

La horma

 

[Las cartas se transcriben en cursiva] En el lugar del destinatario, don Eleuterio escribió:

Señor Jefe del Regimiento Húsares de Pueyrredón y del Área Militar de Azul, Cnel. D. Carlos Alberto Saini.

La dictadura militar llevaba poco menos de un año ejecutando el gobierno, pero también personas. La censura caía pesadamente sobre la sociedad, pero con especial dureza sobre los medios de comunicación y las instituciones que, a criterio del gobierno de facto, con sus metodologías (el pensamiento crítico, por ejemplo) ponían el peligro la “horma” impuesta a partir del 24 de marzo de 1976.

Eleuterio Pérez era consciente de todo ello, así es que afinó el trazo:

Con el respeto que su investidura merece, me dirijo a usted en su carácter de jefe del Área Militar y lo hago así, mediante una carta abierta, como recurso desesperado y con el fin de que la opinión pública conozca la situación en que me hallo.

Luego de admitir su desesperación y de apelar al recurso de la “carta abierta”, al igual que un mes después lo haría el periodista Rodolfo Walsh con su carta a la Junta Militar, el padre de Ernesto y Graciela Pérez, explicó lo que creía necesario explicar:

Han transcurrido ya cuatro días desde que un grupo de personas que vestían ropas civiles irrumpió violentamente en mi domicilio particular, calle Burgos N° 424, a la hora 5.15, llevándose a mis hijos Ernesto y Norma Graciela, después de golpearlos cruelmente con un garrote y de torturarlos al parecer con la picana eléctrica, en la cocina de nuestra propia casa; y luego de registrar infructuosamente las habitaciones y demás dependencias, dejándolas como arrasadas por un vendaval.

 

Paz duradera

 

Quizá considerara “duro” el párrafo, pero muchísimo más lo había sido la violenta experiencia vivida, en su propia casa, la madrugada del 8 de febrero de 1977. Entonces, Eleuterio, prosiguió, confiando en el dictado de su corazón:

Soy un pacífico vecino, señor coronel. El pueblo de Azul, al que pertenezco desde mi nacimiento, me conoce perfectamente y sabe que siempre he estado al servicio de la comunidad desde distintas posiciones, durante toda mi vida. Siendo entonces un hombre amante de la fraternal convivencia ciudadana, detesto y rechazo con la mayor fuerza de mi espíritu, todo lo que sea violencia, por entender que este camino nunca conducirá jamás a una paz duradera. Por el contrario, las heridas que ella abre jamás se cierran, como desgraciadamente la historia lo demuestra, pues el rencor es un virus que sobrevive a las generaciones.

Buscaba comprometerlo al coronel Saini, a través de la carta pública. Por eso, con el párrafo siguiente Eleuterio Pérez perfiló su objetivo:

Entiendo perfectamente que la ya larga lista de asesinatos sufridos por las fuerzas Armadas y de Seguridad, han sensibilizado al extremo el ánimo de quienes tienen el deber de mantener el orden y brindarles seguridad a los habitantes, cuya inmensa mayoría nunca quiso guerra. Y esta inmensa mayoría pacifista y laboriosa, en la cual me incluyo, tiene derecho a reclamar seguridad y respeto hacia sus personas y sus bienes. Comprende que esto es muy difícil en las actuales circunstancias de tanto desconcierto y sin razón. Estoy seguro que Ud. comparte esta preocupación de garantizar los derechos de quienes no tienen otro afán que el de ver una Argentina grande en paz y en libertad.

 

El Falcon

 

También era confuso para Eleuterio Pérez: la madrugada del 8 de febrero, aunque se habían identificado como pertenecientes al Ejército Argentino, los secuestradores se movilizaron en un Ford Falcon que era bien conocido en el barrio, puesto que habitualmente estaba detenido en la delegación de la Policía Federal, sobre calle Uriburu. Precisamente, a la vuelta de la casa de la familia Pérez. Por ese motivo, don Eleuterio, cargando el peso de sus 61 años sobre la lapicera, desarrolló el último párrafo de su carta a Saini, con estas palabras:

En mi desesperación apelo a Ud. como la máxima autoridad del área en esta zona, para que me ayude a esclarecer la suerte de mis hijos, arrancados del hogar mediante un procedimiento que excluye toda sospecha de que sus ejecutores sean integrantes de nuestro glorioso Ejército, aunque se presenten como tales. Ud. ha de saber interpretarme y su corazón de padre, de argentino y de patriota ha de ser sensible a este pedido que le formulo muy respetuosamente y considerando que Ud. es el único camino que me puede sacar de esta angustia que me agota minuto tras minuto.

Por entonces, la mayoría de las personas desconocía que las fuerzas de represión actuaban en conjunto.

Además de su nombre completo, Eleuterio Héctor Pérez, culminó su primera carta con el número de libreta de enrolamiento: 1.376.663.

 

Mundialista

 

No hubo respuesta. Quizá por ello apuntó más alto. La segunda carta [reproducimos el manuscrito] la dirigió directamente al ministro de Interior del gobierno de Videla, el general Albano Harguindeguy. Lo conocía y sólo dos meses antes del secuestro de sus hijos Ernesto y Graciela, había participado de gestiones en Buenos Aires. Por ese motivo inició la carta recordándoselo:

El 17/12/76 en su despacho, visitamos al Gral. [Juan Carlos] Trimarco, después a un Tte. Cnel. jefe de Distrito Militar de la Capital, cuyo nombre no recuerdo, para después hacerlo con el Sr. José María Muñoz. Las palabras de los [tres] desparramaban patriotismo y deseos de una Argentina grande y totalmente integrada. Los argentinos brazo con brazo y a tirar parejo para que el Mundial ’78 nos encuentre como una familia, no sólo bien integrada, sino totalmente identificada y deseosa de mostrar al mundo una imagen real de que aquí se construye sin egoísmo una Argentina mejor.

El comerciante azuleño venía participando de las reuniones que, en distintos puntos del país, se comenzaban a desarrollar para organizar aspectos del inminente campeonato mundial de fútbol, previsto para junio de 1978. Por esa razón, Eleuterio Pérez no sólo se reunió con los militares que identificó en la carta, sino también con el reconocido relator deportivo José María Muñoz, que por entonces era uno de los integrantes de la comisión organizadora del torneo mundialista.

Luego, en su carta a Harguindeguy, Eleuterio Pérez expuso los hechos:

El 8 del actual [febrero 1977] a las 5 y 15, [cuatro o cinco] sujetos irrumpieron violentamente en mi casa al grito “¡Ejército Argentino!”, “Quietos o los quemamos”. Arrasaron con todo, mejor dicho, destruyeron todo y generalmente, como en tiempos que creía desterrados, en una habitación, cubiertas las caras y el cuerpo desnudo de mis hijos, empezaron las descargas de garrotazos sobre mis hijos, cuyos gritos de dolor [escucharon hasta] los vecinos que tuvieron que oír [la tortura]. En la cocina, el otro sufrió el suplicio de la picana eléctrica.

 

Mazorca

 

El general Harguindeguy fue ministro del Interior desde el 24 de marzo de 1976 hasta el año 1981. Mucho después se establecería penalmente que había sido uno de los principales ideólogos de la dictadura militar y fue condenado por crímenes de lesa humanidad. La siguiente parte de la carta que Eleuterio Pérez dirigió al militar presentó algunos indicios que, a esta altura, resultan reveladores:

De la suerte de mis hijos no hablo, sólo Dios [sabe] en qué yuyales o zanjón yacen. Eso por haberlos enseñado que lo mejor para leer eran las revistas deportivas. Salieron de mi casa arrastrados cual una bolsa de desperdicios y arrojados a un baúl de un Ford Falcon gris que siempre está apostado en Uriburu 476 de mi ciudad natal [por entonces, edificación lindera a la sede de la Policía Federal]. A usted como argentino le dolerá, pero dejo mi casa para una ocular visita. Aquí encontrará el paso de esos mazorqueros que quieren destruir nuestra patria frente a lo que todos pretendemos mostrar al mundo un país que va arriba y que sabe lo que quiere.

Harguindeguy, como Saini, tampoco respondió.

 

El juez Pagliere

 

Carlos Paulino Pagliere fue una de las pocas personas que se preocupó por el caso. En febrero de 1977 se desempeñaba como Juez Penal de Primera Instancia del Departamento Judicial de Azul. Eleuterio Pérez había presentado una denuncia y, de inmediato, el magistrado le dio trámite.

Uno de los primeros informes que Pagliere recepcionó, en torno al secuestro de los hermanos Pérez, fue el inicio del sumario que le elevó el comisario de Azul, Edgar Héctor Quiroga, el mismo 8 de febrero de 1977: “[…] denunció Eleuterio Pérez, de nacionalidad argentino, de 61 años de edad, estado civil viudo, comerciante, instruido y domiciliado en calle Burgos Nro. 424 de esta ciudad, siendo las 05,00 horas aproximadamente, irrumpieron su domicilio, cinco personas de sexo masculino, aduciendo ser representantes Ejército Argentino, quienes por la fuerza llevaronse a sus hijos, Ernesto Héctor Pérez, arg., casado, instruido, 28 años edad, y Norma Graciela Pérez, argentina, soltera, 26 años, estudiante. Ignora filiación mismos, como así medios de movilización. Sumario instruyo intervención ese juzgado caratulado ‘Privación de la Libertad Individual’.”

Los hermanos Pérez llevaban casi un mes de permanencia en centros clandestinos de detención y habían sufrido múltiples tormentos, en Azul, en Olavarría y en Rosario. Fueron liberados el 5 de marzo de 1977. Paradójicamente, ese mismo día un oficial de calle, Carlos R. Vilela, le informó a su superior, el comisario Quiroga sus “novedades”.

El documento se reproduce a continuación. Resulta probatorio de algunos de los mecanismos operativos utilizados por la última dictadura, contra los que, ni siquiera, los propios funcionarios judiciales estaban en condiciones de arremeter: “En cumplimiento a la comisión ordenada por Ud., en sumario instruye caratulado ‘Privación de la libertad individual’, con intervención del señor Juez Penal de Primera Instancia de este Departamento Judicial de Azul, S.S. Dr. Carlos Paulino Pagliere, víctimas Ernesto Héctor Pérez y Norma Graciela Pérez, informo al señor Comisario, que no obstante las múltiples averiguaciones practicadas juntamente con personal del Servicio de calles de esta Dependencia, relacionadas con la individualización de los autores del hecho de epígrafe y su detención, las mismas han arrojado resultado infructuoso, ni ha sido dable establecer testigos que puedan proporcionar detalles de interés para la investigación que se practica. Prosigo y de surgir novedad, será comunicada. Es cuanto debe informar al Sr. Comisario bajo fe de verdad.”

Eleuterio Pérez, ese 5 de marzo de 1977, volvió a reunirse con sus dos hijos (ver edición del pasado 30 julio). Su corazón venía fallando, desde hacía tiempo, y el sufrimiento por el secuestro acentuó la dolencia. Sin embargo, siempre desde entonces, le estuvo agradecido, de cuerpo y alma, al juez azuleño que se ocupó del caso de sus hijos, Ernesto y Graciela, aunque las jurisdicciones de la dictadura le impusieron mil y unas trabas.

Eleuterio Pérez, al menos, murió con esa peculiar felicidad de haber podido agradecérselo al juez Carlos Pagliere, cuando la mayoría miraba hacia otro lado.

 

Fuentes:

-Correspondencia familia Pérez-Cucuchet, facilitada al autor.

El Tiempo, ediciones febrero-junio 1977.

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