Cierre de campaña

Por Adolfo Mirande

Especial para EL TIEMPO

Don Armando estaba totalmente persuadido de su triunfo el domingo. Ya era el intendente. Y su pensamiento estaba puesto más en los problemas de las arcas del municipio que en la campaña. Cuando salió desde el comité  sonaron las primeras bombas anunciando el acto en la plaza. En la esquina sur-oeste ya se ubicaba el banco de martillero desde donde hablaría Don Armando Idea. Los trescientos metros hasta la tribuna se hicieron con saludos a la gente  por parte del  candidato y sus allegados.

Que ampuloso caminaba…que decidida su mirada al frente, que ni Bonaparte retornando de Elba fuera. ¡Que seguro en su marcha!…como el torero a la hora de matar, con la muleta levantada al aire como emblema. El orador era un hombre de aspecto campechano  muy estudiado y elaborado  y con una sonrisa que ofrecía simpatía y confianza a los votantes que iba cruzando en su camino. Era un ganador, estaba muy seguro y  se sabía dueño de la situación. Se sentía como Juan Peron en la noche del 17 de octubre. O como Winston Churchill con la rendición del Reich.

Triunfador, omnipotente, fuerte. Los punteros ya habían organizado la llegada a la tribuna que transcurrió entre bombas de remate, fuegos de artificio, bocinasos y el sonido de la marcha partidaria dándole a todo volumen. Idea era un  hombre carismático y llego saludando  con un puño empinado y con su acostumbrada sonrisa.

Don Armando jamás había perdido una elección y se disponía a ganar la próxima sin sobresaltos; cómodamente. En un momento el locutor lo anuncio y en un silencio místico  subió a la tribuna y saludo con displicencia colorida de una suave humildad.

Comenzó con el consabido jugueteo verbal  y  con la cita obligada de los “próceres” partidarios que lo precedieron  y de los contemporáneos también.

Se refirió a los oradores anteriores afirmando que habían  dicho mucho…”y habían dicho bien” y puso de manifiesto la calidad  discursiva de sus circunstanciales compañeros de tribuna y hablo de sus notables cualidades éticas e intelectuales.

Y entonces llegó lo mejor. Porque comenzaron las promesas y la fuerte catarata  de palabras que lo ubicaban con pensadores a los que el atribuía la inspiración de su formación política. Cito a Montesquieu y al espíritu de las leyes y se identificó con los filósofos humanistas,  con el amor a la libertad de Erich From y con el Papa Francisco.

Fue un inicio buenísimo y estaba cada vez mejor dispuesto para continuar.

… “que el fundamento del poder son ustedes, porque ustedes son el pueblo soberano”…”que nunca más vuelvan los que se dijeron sus salvadores y los traicionaron” …y  reitero su afanosa critica a los falsos profetas y a los que con felonía y deslealtad incurrieron en reiterada  apostasía a la fe democrática y republicana.

El discurso continuaba, el orador se encendía, la gente se entusiasmaba, los punteros ponían lo suyo.

“Todo ten” decía un puntero a los dirigentes que velaban el desarrollo del acto.

El auditorio se iba calentando y Don Armando parecía a cada momento más inspirado.

En forma canchera, como Alfonsín en campaña,  se dirigía a los participantes, pidiendo médico para algún escucha supuestamente indispuesto.

Su verbo se elevaba a la región bella de la poesía o de pronto se refería al pragmatismo de la entrega de títulos de propiedad para adjudicatarios esperanzados.

Para todos había alguna promesa. Alguna palabra.

La comunicación dialéctica entre escucha y orador era evidente y se  hacía más intensa a medida que el disertante iba entrando en el calor de la circunstancia.

….¡Cuando de pronto ocurrió!…

Don Armando Idea quedó un minuto en silencio y se le transformo el rostro.

Con una voz ronca comenzó a dirigirse a la gente en forma totalmente distinta.

Con su mentón levantado y una voz amenazante empezaron los insultos  y las palabrotas.

Estaba enardecido y sus terribles improperios causaron estupor en todos por lo desubicados y extemporáneos.

Profería denuestos  horribles que se dirigían a propios y ajenos.

Con gritos destemplados pronunciaba palabrotas dirigidas a la concurrencia que escuchaba muda y absorta.

Los propios amigos eran objeto de esas groserías feroces y obscenas.

El candidato puteaba a la gente que supuestamente debía persuadir.

Un disertante dueño de la situación se había transformado de pronto en un personaje desorbitado que insultaba y amenazaba en forma soez y destemplada.

A parte de la voz del orador el silencio se hizo profundo y casi religioso.

Los dirigentes que lo acompañaban estaban estupefactos, los punteros no entendían; nadie entendía nada.

¡El síndrome de Gilles de la   Tourette no es bueno para nadie…..y mucho menos para un candidato en un cierre de campaña!.

 

 

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