COBAYOS

 

Por Adolfo Mirande – Especial para EL TIEMPO

“¡Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que se sueñan en tu filosofía!”. Hamlet

Después de las extrañas horas transcurridas, muy probablemente surgirán algunas respuestas a las incógnitas que han conmovido a la curiosidad desde siempre y se develaran algunos de los misterios que han inquietado con insistencia a los hombres.

Pero para todos, el mundo que conocieron había llegado a su fin.

Nadie supo cómo llegó la pequeña máquina, nadie entendió porque se le permitió quedarse; las opiniones sobre quien la trajo eran delirantes…Y con qué fin se la había traído era un asunto muy borroso.

Pero la máquina para satisfacer los placeres humanos estaba entre nosotros y nos ofrecía también todas las “maravillas” de un mundo sin el más mínimo esfuerzo.

La prueba más exigente al carácter humano estaba funcionando.

El mecanismo del placer había llegado y permanecido entre nosotros el tiempo suficiente, como para producir la catástrofe social que produjo.

Aparecieron por primera vez en mil puntos simétricos del globo terrestre, pero después comenzaron aparecer por todo el planeta en forma caótica como luciérnagas en una noche de verano.

Era del tamaño de un celular y estaba en poder cada vez de mayor cantidad de personas en forma azarosa.

Nada parecía contener al arrollador hedonismo que impulsaba a la cada vez más entusiasmada opinión pública con la nueva droga tecnológica.

Con la conmoción inicial hubo ingentes intentos de intervención por parte del estado y del poder en todas sus formas.

Pero de ninguna manera la pretensión de control iba a funcionar sobre el misterioso aparato. Este había penetrado rápidamente en el hábito de la gente y el fácil acceso al deleite, a la fruición, a la satisfacción y a los más caprichosos placeres no se abandonaria por imposiciones políticas ni por disposiciones legislativas o decisiones judiciales de cualquier tipo.

La ética, la religión y el sentido común fueron armas muy débiles y tuvieron que sucumbir al corto plazo.

Lo más fantástico era que se controlaba con el pensamiento después de la apropiación del aparato mediante la inserción de una clave por única vez y en forma oral. Siendo imposible interferir en aparatos ajenos.

El ingenio supra humano generaba un campo absolutamente extraño en derredor de quien lo manipulaba con la mente, produciéndose inexplicables distorsiones que permitían al  sujeto evadirse de la existencia desapareciendo de la realidad por el tiempo que dispusiera mientras se sumergía en un estado de plenitud placentera.

Lo más “pintoresco”, si no es una frivolidad llamarlo así, ocurrió cuando todo devino en el más notable “boom” sexual de toda la historia de la humanidad, dejando al marqués de Sede, a los Borgia y a las bacanales romanas a la altura de inocentes fiestas infantiles.

Las parejas, casuales o no, utilizaban el mecanismo para evadirse de la realidad tangible y estaban ausentes en el “continuo” cada vez con más frecuencia y por periodos mas prolongados.

Se narraban maravillas de orgasmos y multiorgasmos de duraciones continuadas para enloquecidos amantes adictos que volaban en excitaciones alienantes de espasmos cósmicos en veladas de éxtasis por el espacio-tiempo y sin ánimo de retorno.

…¡Y entonces un dia los pequeños aparatos, como llegaron se fueron del mundo!… Pero la terrible amenaza de su vuelta siempre existía como una espada de Damocles…Y era difícil creer que sus misteriosos mentores fueran buenos y desinteresados docentes.

Más bien era cierta la opinión de que este malhadado proceso fue una sonda de reconocimiento de nuestras “virtudes”…Y que sus conclusiones serían muy bien aprovechadas.

¡Se nos había sometido a una prueba!.

Y sin duda habíamos utilizado de la mejor manera posible las circunstancias para aniquilarnos individualmente y como raza. Así hubiera ocurrido de no desaparecer las máquinas…

¿Qué voluntad introdujo las maquinas?

Era evidente que el poder capaz de incorporar los mecanismos terribles a nuestras vidas, ya sabía que éramos muy débiles y pertenecientes a una raza sin el más mínimo carácter.

Fue una sonda, un test, un caballo de Troya.

Y nosotros fuimos conejos de la India.

¿Qué cosa y cuándo vendría por todo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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