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06-10-2019

La Gran Derrota: Bebés de diseño para lucir en las redes

Hace unas semanas se estrenó en Telefe la telenovela “pequeña victoria”, la que, con un sugerente nombre, instala el lobby por la mercantilización de los cuerpos de mujeres en una romántica construcción de sentido.


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Por Moira Goldenhörn (*)

Mientras la enternecida teleaudiencia salta de la ternura hacia el niño rubio que viaja por el mundo a la tierna historia de muchas y diversas mujeres en relación a la maternidad de una “pequeña Victoria”, el progresismo misógino y el feminismo liberal asestan otro golpe bajo al movimiento de mujeres, en pos de la defensa de la mercantilización de sus procesos corporales. De mujeres. Cis. Aclaremos, que ya es bastante oscuro todo el planteo.

Desde las teorías críticas de la comunicación sabemos hace casi un siglo ya que los medios masivos no son inocentes a la hora de plantear contenidos. Por eso, para cualquier feminista avispada, llama la atención la nueva novela y la identificación de la misma con Marley y su pequeño rubio.

Comencemos señalando los oportunos aciertos de la tira: la existencia de trabajo para los actores y actrices argentines y la visibilización de una mujer trans en otro rol que el de fetiche sexual rutero y de esquina; y también, desde una recepción crítica de los contenidos, la oportunidad de dar vuelta la naturalización del alquiler de vientres.  Porque, lejos de ser “maternidad” y más cerca de la “supresión de identidad” implica: la esclavización de una mujer pobre, la compraventa de su hije, el racismo de la selección voluntaria de gametos rubios de ojos claros para ser gestada una persona en el vientre de una mujer racializada (y pobre, claro)… pero, fundamentalmente, implica la victoria del patriarcapitalismo sobre la dignidad humana al naturalizar la posibilidad de fabricar personas de diseño para su venta, mientras se hacen adultes miles de bebés y niñes “morochitos” a la espera de una familia que les adopte.

Decimos que no es inocente el planteo porque desde la comisión reformadora-unificadora del código civil y comercial de la Nación se quiso instalar la figura que grotescamente se ha elegido denominar “gestación por subrogación” (como si fuera posible sustituir el proceso generador de la vida por un mero acuerdo de voluntades oneroso), quitando de la escena y del amparo legal a la mujer-madre. Hoy en día el planteo sigue con mayor virulencia y las jornadas académicas, en las que no se habla de “maternidad”, sino de “gestación” se multiplican, buscando la naturalización también, desde la ciencia. 

Y es aquí, en la distinción entre gestante y madre, donde algunos de los argumentos feministas sobra la maternidad deseada se vuelven como golpe de boomerang: sabemos que ser gestante no implica ser madre, por ello se puede abortar un embarazo no querido, o dar en adopción a la persona. Muy bien, pero ¿podemos trasladar este argumento al punto de presuponer una tal “voluntad procreacional”, o su ausencia, en estos casos de alquiler de vientres? De hacerlo, muy cautelosamente, al menos deberíamos aplicar el filtro de la interseccionalidad en el análisis crítico (esto es, ver qué relaciones de poder están presentes en esa transacción: pobreza-riqueza, racialización, nivel de instrucción y comprensión de lo que el acto implica para el propio cuerpo alquilado y la psique, edad, etcétera) porque en el caso de los abortos y las adopciones, la ausencia de voluntad procreacional es referida al hije propio, mientras que en el alquiler de vientres se trata de la creación, genéticamente diseñada, de una nueva persona que transmita la carga genética mejorada (combinada con otros gametos rubios) y a su vez sea continuadora de cultura y bienes de la persona diseñadora, adquirente del nuevo ser. 

Aparece aquí la pregunta ¿podemos hablar de “voluntad procreacional” al haber dinero de por medio? ¿es voluntad, además, de maternar, de proteger, de cuidar, de paternar? ¿O es solamente voluntad de poseer, de adueñarse por pleno y puro derecho de propiedad de una cosa creada con algo de su propiedad mediante un proceso en el cual se ha invertido dinero? Propiedad del gameto naturalmente propio, propiedad del gameto comprado o recibido en donación, propiedad del proceso de fabricación, luego, propiedad de la nueva persona. Inalienable.

Pero volvamos al punto de los efectos de la comunicación masiva en la construcción de sentido. Aquí vemos atravesado el sentido común construido por varios puntos de estereotipos misóginos: primero, la reducción de una mujer al rol de paridora paga, sobre todo en una telenovela donde dejó de prostituirse (actividad moralmente condenada) por “ser madre altruista” (doble bingo para la moral judeocristiana: madre y “generosidad altruista”, más no se puede pedir a una mujer que se precie de serlo). Por otro, para una mujer trans se le impone la obligación de ser madre para correrla del fetichismo sobre su corporalidad, como alguna vez comentara Flor de la V sobre su proceso de asunción de la identidad femenina, primero el DNI, luego el casamiento de blanco y finalmente le faltaba ser mamá para ser una mujer completa. Sobre estos puntos, el sentido común de Doña Rosa se alimenta de ternura al ser una mera continuidad de los estereotipos que pesaron sobre ella misma, pero con matices “aggiornados” a la realidad “diversa”. 

Lo que este nuevo sentido común progre-liberal sigue ignorando tal como el viejo conserva-liberal es la pobreza y estado de necesidad justificante de las mujeres pobres que no sólo gestan por diseño como ahora sino que desde siempre han sido empujadas a la venta, regalo o proxenetismo de sus hijos e hijas para sobrevivir. 

¿Cuánto está dispuesta a aceptar Doña Rosa que a las mujeres pobres siempre les arrebataron sus hijos a cambio de migajas? 

¿Cuán crítica es la “nueva legislación” sobre la explotación sexual y reproductiva de los cuerpos femeninos?

¿Desde cuándo el feminismo acepta un inexistente “derecho de transmitir nuestra información genética”, como señala Beatriz Paul Preciado, por sobre el real derecho humano a una vida digna y libre de violencia de las mujeres, y a la identidad biológica de las personas?

¿Por qué algunos sectores del feminismo liberal militan desde las ONG y la academia misma la legalidad y regulación de lo que la ley, desde el comienzo, planteó como imposible: quitar a una mujer su carácter de madre de la criatura que gestó y parió? ¿Por qué se sigue imponiendo el único destino biologicista a las mujeres en función de su sexualidad?

¿Por qué, en nombre del feminismo, se defiende la supresión de identidad y la supuesta inexistencia de intercambio genético entre gestante y bebé, de los daños irreversibles a la salud materna que conlleva la implementación de tratamientos hormonales para el éxito de un embarazo externo, la gestación, el parto/cesárea y la entrega del bebé que ha sido deseado por ella (para ser vendido, pero deseado al fin)?

Es que Doña Rosa debe saber que el tan repetido “vacío legal” en la novela, no existe sino que es una creación novedosa (e interesada) a raíz de la incorporación del concepto “voluntad procreacional”, ya que el Código Civil velezano asumía, sin prueba en contrario, que la madre de la criatura es quien efectivamente lo ha parido y en la actual redacción se mantiene el mismo principio general, aunque se agrega la prohibición de consignar en la partida de nacimiento si la persona ha sido concebida y gestada por técnicas de reproducción asistida o por adopción, lo cual, además de afectar gravemente el derecho a la identidad de la persona nacida y de toda la rama de parentesco biológico, ha dado lugar a la interpretación del alquiler de vientres como “una técnica de reproducción humana asistida” en decisiones administrativas y judiciales, forzando a la ley a decir lo que no dice y que fuera expresamente omitido.

Así pues, desde este pequeño lugar, llamamos a la reflexión sobre el “vacío moral” que conlleva la naturalización del alquiler de vientres, del ocultamiento de las alteridades silenciadas, de las vidas precarias de esas mujeres quienes, desde la necesidad más extrema, han contribuido desde tiempos inmemoriales a la consagración del “sueño” de la descendencia ajena a cambio de dinero, de favores, de mejor vida para sus otres hijes, o de la simple ilusión de tener ese hije la vida de privilegios que ella ni sus hermanes mayores pudieron tener.

(*) Abogada feminista, docente-investigadora.
PG en Cultura y Comunicación
Maestranda en Cs.Sociales y Humanidades
   
 


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