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09-06-2019

POLIFACÉTICO

Narciso Mallea, su vida, sus fobias…

Personalidad singular de finales del siglo XIX, fue protagonista de particulares episodios como la “Revolución de los Médicos” y la “Revolución Radical del ’93”. Asimismo, fue un destacado profesional de la medicina y condujo los destinos de Azul como Intendente. 


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Narciso Segundo Mallea fue protagonista de diversos episodios de nuestra ciudad y llegó a convertirse en intendente en 1893.

Por Eduardo Agüero Mielhuerry

Narciso Segundo Mallea nació el 15 de mayo de 1858 en San Juan. Sus padres fueron Narciso Eugenio de Mallea Sarmiento y Petrona Leonor Zavalla Merlo. Tuvo dos hermanas Amelia y Amalia.

Se educó en la capital de su terruño natal y, guiado por una ferviente inclinación humanitaria, ingresó a la Facultad de Medicina de Buenos Aires
En 1880 dejó momentáneamente las aulas para plegarse a la revolución encabezada por Carlos Tejedor. Se graduó en 1883. Así, el arte de curar fue su apostolado y sirvió a la medicina con el apasionamiento que siempre caracterizó su acción.

Se radicó en Azul y dado que quien se convertiría en su suegro, Antonio Aztiria, poseía campos hacia Benito Juárez, comenzó a vincularse también con aquella población, ejerciendo la medicina en ambas localidades. De hecho, actuando en política y desde Benito Juárez, sostuvo como ágil y batallador periodista la candidatura de Eduardo Costa a la gobernación de Buenos Aires. También en Azul ejerció el periodismo.

Finalmente, el 1 de abril de 1893, en Azul, contrajo matrimonio con Manuela Aztiria (hija de Antonio y Valentina Garay), en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Azul. La pareja tuvo tres hijos: Narciso Enrique (nacido en Azul el 28 de febrero de 1895), Eduardo Alberto (nacido en Bahía Blanca el 14 de agosto de 1903) y Fernando Antonio (nacido en Bahía Blanca el 12 de noviembre de 1911).

Unión Cívica

A fines de 1890, se había formado el comité de la Unión Cívica Nacional, presidido por el hacendado Eufemio Zavala y García, comité que pronto se dividió en dos: “cívicos nacionales” y “cívicos radicales”. Pero, el surgimiento de estas agrupaciones políticas alteró muy poco la vida política local, firmemente controlada desde hacía tiempo por los hermanos Evaristo y Manuel Toscano, caudillos que habían instaurado una cuasi dictadura en Azul, contando con la complicidad del Juez de Paz y de la policía, además del concurso de numerosos “hombres de acción”.

Narciso Mallea, unos de los líderes de los “cívicos nacionales”, sostenía que estos tenían el apoyo de “estancieros de valiosísimo caudal electoral, como José Vitón (perteneciente al comité de Buenos Aires), Pablo Laclau, Juan Frers, Germán Balcarce –padre-, José Vidal, J. M. Berdiñas, etc., que nos supieron prestar su concurso con peonadas montadas que en más de una ocasión llegaron a formar un magnífico espectáculo cívico…

Pero todo fue inútil hasta que llegó la revolución del ’93. Porque el despojo del voto, si hoy todavía es práctica, era entonces más crudo, ya que pareciera tener la vincha del malón… El partido que gobernaba la provincia tenía en cada pueblo un gobierno local encargado de hacer triunfar a sus candidatos a los puestos públicos a todo trance y la consigna se cumplía al pie de la letra. Era inútil concurrir al comicio. Ese estado de cosas trajo en Azul un malestar que llegó a ser social.”.

Revolución de los médicos

Disconforme con la situación reinante, el doctor Isidoro Sayús, médico salteño que  ejercía en Azul, a principios de 1890 promovió la llamada “Revolución de los médicos”.

Invitó a su casa a los doctores Narciso Mallea, Ángel Pintos y Emiliano Astorga, a los cuales, mateada de por medio, les contó sus planes de tomar el lugar de quien fuera el Intendente, quien se hallaba en la ciudad de La Plata. Les propuso conformar una comisión gobernante, para lo cual los nombraría concejales, y les expresó que contaba con el apoyo del entonces gobernador de la Buenos Aires, Julio Costa, y con la complicidad del Jefe de la Policía local.

Convencidos con estos detalles quedaron en encontrarse en la Municipalidad a la mañana siguiente. Se presentaron ante el Secretario de gobierno, a quien el Dr. Sayús le comunicó que a partir de ese momento se hacía cargo del Ejecutivo Municipal y que lo comunicara a todo el personal de la misma. Los médicos de Azul hicieron una especie de “copamiento” de la Municipalidad.

En horas de la noche de ese mismo día el intendente Evaristo Toscano regresó de La Plata conociendo lo que sucedía. Intentando recuperar el control de la situación, dispuso que el Jefe de la Policía procediera a la detención de los médicos revolucionarios, que debieron comparecer ante el Juez de Paz, Solís.

Al día siguiente fueron trasladados en calidad de detenidos a la ciudad de La Plata, viajando “en segunda clase, como vulgares presos” y custodiados por dos policías. Los diarios de la capital bonaerense publicaron la noticia como una operación comando llevada a cabo por estos profesionales.

Los detenidos fueron esperados -en el andén de la estación-, por el Dr. Ángel Peñalba, amigo de Pintos, por Ángel Oyuela, amigo de Sayús y gente de La Plata que se había congregado para aplaudir a los detenidos, estando entre los presentes también los doctores Vicente Gallastegui y Francisco del Carril. Estos médicos platenses son quienes consiguieron que los revolucionarios sean alojados en una casa de familia como detenidos y no en la cárcel.

Tres días después, luego de que el Juez del Crimen, Dr. José Nicolás Matienzo, adustamente les tomara declaración, fueron dejados en libertad bajo fianza y con ello se dio por terminado el insólito episodio.

Duelo de espadas

El control ejercido por parte del “toscanismo” en Azul de alguna manera replicaba el ejercicio del poder que se proyectaba en cada municipio desde el Ejecutivo de la Provincia de Buenos Aires. Las discrepancias políticas eran notorias y hasta se suscitaron diversos hechos de violencia. Enfrentados ideológicamente, el vecino Luis Ferrer retó a duelo a Evaristo Toscano. Le envió a sus padrinos, los doctores Isidoro Sayús y Narciso Mallea. Al negarse Toscano a darle personería a Ferrer, terminó batiéndose con Mallea, quien era un asiduo esgrimista que hasta había contado con el reconocido doctor Adolfo Longo como “docente” en el arte de la espada. 

El cruce a sable se suscitó en el pueblo de Hinojo, pero del enfrentamiento el único herido resultó el intendente y diputado, quien recibió un corte en su mano. Aquellos partidarios del herido que presenciaban el enfrentamiento pretendieron tomarse revancha por lo acontecido, sin embargo, el propio Toscano los detuvo.

La Revolución Radical del ’93 desde Azul

El 30 de julio de 1893, procedente de Las Flores, Hipólito Yrigoyen arribó de incógnito en tren a Azul… En su campo “El Trigo”, ubicado en el Partido de Las Flores, Hipólito Yrigoyen se había retraído un tiempo atrás pergeñando su revolución contra un régimen político fraudulento y autoritario que, según su visión, hundía al país en una profunda crisis política, social y económica. Tras un importante esfuerzo logró reunir un gran número de hombres a los cuales se ocupó de armar.

La Revolución del ’93 fue la primera en concretarse en la provincia de Buenos Aires y comenzó, tal como lo había decidido el “Peludo”, con la toma de la ciudad de Azul. Aquel frío día invernal Yrigoyen llegó con una considerable fuerza revolucionaria armada con la cual buena parte del pueblo azuleño hizo causa común “porque el gobierno municipal era un semillero de escándalos y latrocinios” de la mano de los hermanos Manuel y Evaristo Toscano.

Las autoridades municipales y los toscanistas se atrincheraron en el Palacio Municipal. De hecho, la policía –adicta mayoritariamente al régimen-, y civiles se apostaron en los techos del edificio y en los de diversos domicilios a lo largo de las calles Alsina (actual Yrigoyen) y San Martín, esperando la marcha de los revolucionarios.

Pero, como as en la manga, Yrigoyen había traído en el tren un valioso rehén: ni más ni menos que Evaristo Toscano, el conflictivo diputado e intendente de Azul que había sido capturado en Las Flores.

El Dr. Yrigoyen decidió enviar emisarios para intimar a los que defendían la Municipalidad, para que se rindieran. La negativa a deponer las armas fue rotunda. Un segundo intento de los revolucionarios tuvo la misma respuesta. La tercera vez, los enviados de Yrigoyen llevaron una carta de puño y letra de Evaristo Toscano, dirigida a su hermano Manuel pidiéndole que se rindiera ya que era inútil cualquier resistencia porque toda la Provincia había caído en manos revolucionarias. Si no lo hacían, aclaraban que marcharían al Palacio Municipal con Evaristo como escudo al frente de la columna radical. Manuel Toscano, que organizaba la resistencia, no tuvo otra alternativa que deponer su actitud.

A las 10 de la mañana los revolucionarios tomaron la Municipalidad en medio de ovaciones. Hipólito Yrigoyen armó una comisión y puso al frente de la Comisaría al “Gorra Colorada”, el comisario Luis Aldaz, quien supo con habilidad persuadir a los que se resistían. El doctor Narciso Mallea, como testigo de los episodios, un tiempo después hizo una extensa descripción de los mismos destacando: “Hipólito Yrigoyen está en el centro de un montón de gentes envuelto en una enorme humareda, todos fumaban, menos ‘el Cristo mudo’. Viste de chaqué. Está como si tuviera que dictar su clase en la Escuela Normal… Se ve en él una severa energía; no levanta la voz, ordena sin descompostura. Una boina se mueve por encima de todas las cabezas, es el Comisario Luis Aldaz… que ha venido a incorporarse a Yrigoyen”.

En Azul, que era un pueblo fundamentalmente mitrista, el radicalismo no tenía caudal político. Pero la revolución pudo triunfar, paradójicamente, gracias al apoyo de los seguidores del general Bartolomé Mitre que constituyeron los contingentes más numerosos para la lucha.

Con el doctor Isidoro Sayús en la Intendencia y Luis Aldaz en la Comisaría, Yrigoyen, la Junta Revolucionaria y la tropa radical pasaron a almorzar en la cancha de pelota de Miguel Olasagasti. Luego, Yrigoyen se fue tan silencioso como había llegado…

A la intendencia de Azul

Tras la Revolución del ’93, que implicó en el ámbito provincial, el desplazamiento del gobernador Julio A. Costa y, en el ámbito local, el fin del poder de los hermanos Toscano, se reorganizó el tablero político azuleño.

Posteriormente, la intervención provincial que puso fin a la revolución, convocó a elecciones de municipales. En Azul se presentaron tres listas: la radical, la cívico nacional y la “gubernista” (ex toscanistas). Triunfaron los cívicos nacionales y asumió como intendente el doctor Narciso Segundo Mallea. Por entonces asumió la gobernación de la provincia el Dr. Guillermo Ascencio Udaondo.

 

Narciso Mallea, sentado en el centro de la imagen, fue un destacado profesional médico, que ejerció la dirección del Hospital de Bahía Blanca durante algunos años.

Azul declarada ciudad

A mediados de los ’90 Azul ya contaba con dos molinos, una fábrica de jabón, una de grasa, aceite, quesos y manteca, varias de licores y otras de carruajes y talleres de reparación de material ferroviario, una curtiembre y una cervecería, entre otras. Todo ello convertía a Azul en la tercera localidad en importancia de la provincia de Buenos Aires, con un empuje incontenible. Merced al impulso de Celestino Muñoz y numerosos  azuleños, el 23 de octubre de 1895, Azul fue declarada ciudad.
Aquél año, en que nació el primer hijo del matrimonio, Narciso Enrique, Mallea dejó temporalmente el gobierno en dos oportunidades en manos de los intendentes interinos: Carlos Clou y Manuel Castellár.

Puente “La Nutria” sobre el Arroyo Azul

El camino viejo a Benito Juárez  resultaba arduamente transitado, entre otros por la Galera “San Julián” que conectaba Azul con la afamada Estancia “El Sol Argentino” de Mariano Roldán (establecimiento donde se hospedara varias veces Bartolomé Mitre). Y también era el camino prácticamente obligado para los viajes entre Azul y Bahía Blanca.

Durante la administración del intendente Mallea se planteó la necesidad de reparar el viejo puente sobre el Arroyo Azul, ubicado a 49 kilómetros al Sur del casco urbano azuleño, en el camino a Benito Juárez, conocido como puente de “La Nutria”.

El 25 de octubre de 1895 el Poder Ejecutivo de la Provincia decretó la conformación de una Comisión de vecinos a la que se le encomendó el seguimiento de los trabajos a realizarse en el puente. El decreto detallaba: “Requiriendo algunas reparaciones el puente situado sobre el arroyo del Azul, camino general a Juárez, conocido por de ‘La Nutria’ así como los terraplenes que dan acceso al mismo”. A continuación, en su articulado especificaba: “Art. 1°: Nombrase a los señores Dr. Narciso S. Mallea, Fortunato Gómez, José Ibarbide y Manuel Aztiria para que constituyan una Comisión encargada de realizar las reparaciones que sean más indispensables. Art. 2°: Queda facultada la Comisión para solicitar el concurso de las autoridades y vecinos, asignándosele de la partida ‘Mejoramiento de Puentes y Caminos’ del P.V., la suma de quinientos pesos m/n con que el P.E. contribuye al expresado objeto”.

La construcción fue comenzada en el transcurso del año 1896 y concluyó el 30 de diciembre de ese mismo año. En la cabecera izquierda del puente, mirando a Benito Juárez, una placa rememoraba el acontecimiento de inauguración y los nombres de los vecinos que auspiciaron la construcción: Fortunato Gómez, José Ibarbide, Narciso S. Mallea, Manuel Aztiria y otros. Lamentablemente, el Intendente no estuvo en la inauguración…

Una despedida planificada

A principios de febrero de 1896, Narciso tomó licencia de su cargo, quedando al frente de la intendencia el Presidente del Concejo Deliberante, Joaquín López. Poco más tarde, a finales de marzo, junto a su familia, se embarcó en viaje de placer a Brasil.

Al parecer, al retornar a nuestra ciudad, Narciso lo hizo con la convicción de abandonar la intendencia e inclusive la ciudad para radicarse en el sur bonaerense, más precisamente en Bahía Blanca.

Los periódicos de la época daban cuenta del anuncio de su retiro e inclusive de la organización de un remate de buena parte de sus bienes y su propiedad. El acto del 9 de julio de 1896 fue el último que encabezó. 

Otros aires

A finales de 1896 se radicó en Bahía Blanca para dedicarse de lleno a la medicina y restaurar su situación económica, la cual había descuidado por su actividad política. Allí dirigió el Hospital Municipal y cooperó en múltiples obras de bien como ciudadano y como miembro del Concejo Deliberante.

Su actuación fue destacada, desde la simpleza con sus visitas domiciliarias a bordo de un sulky, cada vez que un paciente lo requería, pasando por su gestión como director del Hospital o impulsando la modernidad en su campo al instalar la primera máquina de rayos X conocida por aquellas tierras.

El 25 de mayo de 1897, Narciso llevó a la mencionada localidad el segundo equipo, y organizó una reunión en su hogar, en la que convocó a colegas y amigos para señalar “las ventajas de ese descubrimiento”.

Un nuevo destino

Radicado en Bahía Blanca, Narciso se sintió cómodo en una ciudad a la alguna vez explicó como “bañada casi siempre de claridad”, convirtiéndose rápidamente en protagonista de su vida social y un habitual concurrente al bar Londres, de O’Higgins y Chiclana, un “antro de vida, de sangre en ebullición”, donde cada tarde consignatarios, concejales, políticos, comerciantes y viajeros se reunían, entre la densa nube del humo del cigarrillo, a liquidar negocios, ajustar cuentas y curiosear las cuestiones del pago chico.

En 1903, nació su hijo Eduardo Alberto, quien se convertiría en uno de los escritores más destacados de la literatura nacional. Al año siguiente, la familia se dirigió a Azul temporalmente y aprovecharon la ocasión para bautizar al pequeño el 12 de enero, siendo sus padrinos Emiliano Astorga y su señora Antonia. En 1907 la familia Mallea realizó un viaje prolongado a Europa.

Además de atender su consultorio y ser uno de los dos médicos del Hospital Municipal de Bahía Blanca, Narciso aceptó, en 1910, ser concejal por la agrupación Comité Popular. Al año siguiente nació su tercer y último hijo, Fernando Antonio.

Para apoyar a sus hijos en sus estudios, Narciso repitió lo que había hecho veinte años antes. Remató todos sus bienes y decidió mudarse. En 1916 se instaló en la ciudad de Buenos Aires donde siguió ejerciendo su profesión.

Adiós

En la Capital Federal volvió a actuar durante algún tiempo en las filas de la Unión Cívica. Y por entonces publicó sus libros “Mi vida, mis fobias” y sus cuentos, dando muestras de un espíritu superior e inquieto creador, cuentos que de tarde en tarde se dio  el lujo de escribir firmados como Segundo Huarpe.

Narciso Segundo Mallea falleció en Buenos Aires el 6 de diciembre de 1941. Sus restos fueron sepultados en el Cementerio Central de Azul.
Una calle en Bahía Blanca lleva su nombre por Ordenanza del 2 de septiembre de 1958.





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