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02-07-2018

Por qué los genes no son egoístas y las mujeres, tampoco


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Por Moira Goldenhörn *

A las mujeres nos han enseñado a ser competitivas, de eso no hay dudas. Las mujeres nos comparamos constantemente: el peso, la edad, el pelo, la piel, el novio, el marido, el amante, y la billetera del hombre de cuyo brazo paseamos más o menos a la vista, si los hijos propios si son más inteligentes o más ganadores en su deporte que los de la vecina... Mis compañeros de trabajo no dejan de decir que las mujeres arman chismes para destruirse, que las mujeres se dan besos en la cara y se clavan puñales en la espalda...

A las mujeres nos han dicho por generaciones que debemos estar alertas, que no podemos confiar en las amigas: ojo si son más lindas, si tienen más estudios, si ganan mejor, si trabajan más... Las mujeres debemos desconfiar de las otras y estar atentas, cualquiera puede ser “una bruja que esconde bajo la falda una calculadora”, como escribió Sabina y cantamos todas en los locos '90, que nos robe el pequeño paraíso que pudimos “conquistar”.

Paradojas de la socialización, que mientras a las mujeres nos hicieron creer el cuento darwinista de la evolución y la supervivencia del más fuerte gracias al egoísmo en los genes traspolado a la sociedad por los sociobiólogos, a los varones les enseñaron desde siempre a confiar en sus amigos, a practicar deportes “de camaradería” como el rugby y el fútbol (antes de la edad de las estrellas), donde lo importante es el equipo, el compañerismo y la amistad.

Así las cosas, los hombres cultivaron el espíritu gregario en su socialización donde aprendieron a organizarse en grupo hasta para violarnos en manada, mientras las mujeres fuimos adoctrinadas para andar solas por la vida, aisladas en nuestras cárceles mentales, preocupadas porque no nos “roben el novio” o intentando ser más “algo” que la amiga o que la hermana para lograr captar al mejor espécimen de quien ser “su mujer”.

Quizás este orden de cosas tenga que ver con la Revolución Francesa que hablaba de “fraternidad”, de la que fuimos excluidas no sólo en lo terminológico sino en lo político y legal del régimen republicano. Porque las mujeres no somos frater, no somos hombres, no somos hermanos de nadie... las mujeres nos quedamos solas en las casas, criando a los hijos de la República mientras ellos, hermanados, conquistaban y declamaban los derechos... “del hombre y del ciudadano”. Con “o”.

La cuestión es que, volviendo sobre nuestros pasos, en una suerte de revisionismo histórico deconstructivista con perspectiva de género, las mujeres acuñamos una palabra para co-construir una nueva forma de vincularnos, y, también, para espantar al burgués revolucionario anquilosado en su sillón de privilegios patriarcales: sororidad. Las mujeres hemos decidido ser sororas.

La Soronidad

“La sororidad”, neologismo del español derivado del latín “soror”, que significa “hermana”, por analogía a “frater”, que significa “hermano”, es el término en español que conscientemente elegimos usar las mujeres para representar nuestra decisión de hermanarnos en cooperación para ser más fuertes y no sólo sobrevivir a la violencia machista que nos mata, sino para trascender la despiadada sociedad de la competitividad sin reglas y proponer otro orden social donde la equidad sea soberana.

Y es que las mujeres no somos ajenas a las críticas sociológicas que se formulan a la teoría evolucionista en su faz social porque propone dolorosas actitudes en la interacción humana que se vuelve despiadada. En 2014 el biólogo inglés Colin Tudge publicó en español el libro “Por qué los genes no son egoístas - Un reto a las peligrosas ideas que dominan nuestra vida”, donde sostiene que la cooperación altruista no sólo es la clave para la evolución biológica de las especies sino que es la condición necesaria para la supervivencia de la humanidad en sí misma en cuanto especie.

En consonancia con el pulso social que exige un trato más ameno, en un proceso colectivo que reconoce décadas de evolución, las mujeres hemos decidido sanar individual y colectivamente corriéndonos del lugar de víctimas con derecho a ser victimarias cuando nos empoderamos. Las mujeres, conscientes y sororas, hemos decidido libremente cooperar entre nosotras saliendo de las lógicas en las que fuimos adoctrinadas y de las que somos ajenas por naturaleza: me refiero a la lógica patriarcal del sometimiento, capitalista de la opresión y evolucionista de la competencia. Las mujeres, conscientes y sororas, decidimos ser agentes de liberación.

Las mujeres, sororas, nos hermanamos con la gran Madre Tierra que a todos cobija, nos hermanamos con nuestras congéneres en riesgo y con las congéneres alienadas que aún repiten viejas fórmulas contra sí mismas. Las mujeres, sororas, nos hermanamos con nuestras madres sanando el linaje femenino, con nuestras hermanas liberándonos de la competencia por el amor de papá y mamá, y nos hermanamos con nuestras hijas dándoles la responsable libertad que provee el conocimiento del mundo. Y también nos hermanamos con nosotras mismas y nuestra historia, con nuestras niñas interiores a quienes aquejan dolores del pasado para tomarlas de la mano y llevarlas a la luz; y, conscientes y libres, las mujeres nos hermanamos con nuestro cuerpo para sentirlo como un amigo, aliado de nuestra propia alegría, en lugar de cárcel opresiva entrenada para competir y domesticada para complacer.

Y desde allí, unidas, desde la inmensidad, proponemos un mundo donde no haya espacio para “el macho”, arquetipo actual que Thomas Hobbes definió hace casi cuatro siglos como “el hombre, lobo del hombre”; un mundo construido junto a un nuevo hombre hermano, aliado, “viviendo la vida en paz”.

* Abogada, docente-investigadora, feminista (y también esposa y madre).




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