OPINIÓN

Confundidos

Escribe: Prof. María Liliana Christensen

“Cuando nos escandalizamos porque casi el 70 por ciento de nuestros niños y jóvenes no comprenden lo que leen, debemos tener presente que quizá no comprendan lo que leen en los libros, pero comprenden muy bien lo que leen en la sociedad”. Esta afirmación que con agudeza y precisión expone el Dr. Guillermo Jaim Etcheverry en un pasaje de su libro La Tragedia Educativa, puede servirnos de punto de partida para intentar un modesto análisis de lo que está ocurriendo por estos días con la situación de las escuelas tomadas en la ciudad de Buenos Aires.

Indudablemente el escenario es preocupante. Hay un clima enrarecido y se observa una tensión entre los protagonistas que no es el marco adecuado para deliberar acerca de una problemática tan esencial como la educación.

Lo que vemos, escuchamos y leemos sobre el tema permite advertir, ni bien centramos la atención en el conflicto, una gran confusión que atraviesa a todos los actores y se extiende al resto de la ciudadanía, que con reacciones múltiples y diversas intenta señalar caminos a seguir.

La pluralidad de voces al respecto es enorme, y esto siempre es importante en un ámbito democrático. El disenso que luego permitirá llegar a puntos de encuentro que posibiliten el necesario consenso, es el rumbo que marca cualquier decisión democrática.

Sin embargo, lo que se advierte en estas últimas semanas es una fuerte intransigencia y una confusión -y vuelvo a la palabra- de roles que cuesta mucho creer.

Se escucha hablar de derechos con demasiada ligereza, ¿nadie se pregunta por los deberes? La relación docente-alumno ¿es una relación simétrica? Tomar escuelas, edificios que pertenecen al Estado y cumplen una función pública ¿no tiene costo alguno?

¿Es posible llegar a estos extremos sin que nadie -nadie- tome en sus manos la responsabilidad que implican?

Siempre las posturas extremas y radicalizadas son malas consejeras. Siempre llevan a situaciones de las que es muy difícil volver. La sociedad observa azorada los discursos cruzados de jóvenes que plantean con razonamientos arcaicos su resistencia a los cambios y transformaciones que tienen que ver con el futuro, y de adultos que no pueden -o no saben- ocupar su lugar de adultos. Todo contribuye a profundizar un conflicto que parece cada vez más trabado y oscuro, cada vez más difícil de resolver.

Nada hace suponer que en estas semanas de campaña electoral la cuestión pueda destrabarse. Todo lo contrario; los mayores juegan fuerte su partida y está claro que hay intereses muy poderosos detrás de los reclamos de los estudiantes que, si se los sigue  con minuciosidad, se advierte que son replicados una y otra vez por voces muy jóvenes que reiteran los mismos argumentos en escuelas que tienen realidades diferentes y probablemente también diferentes problemáticas.

La argumentación es prácticamente calcada, las demandas son heterogéneas, dispersas, poco pertinentes y en algunos casos pobremente fundamentadas, y lo que queda expuesto al escucharlos es la influencia de los sectores que alientan esta situación de desborde que amenaza el normal desarrollo del ciclo lectivo en la ciudad. Viejas y gastadas consignas, “servidores del pasado en copa nueva”.

Con cierta mística anacrónica y consustanciados con una causa que consideran legítima, estos grupos de jóvenes -minoritarios en todos los casos- esgrimen sus argumentos para oponerse al proyecto de una nueva ley de educación en la ciudad cuyo contenido no conocen en profundidad, a la que hacen referencia a partir de suposiciones y con deliberado prejuzgamiento deciden que será negativa para el futuro de la educación.

El tono que utilizan para referirse a las autoridades educativas, a los funcionarios públicos y a los representantes surgidos en las urnas de la voluntad popular, es francamente lastimoso. Hay un claro desprecio por la democracia que enciende señales de alerta en una ciudadanía que está harta de barbarie y que sabe, porque lo enseña la historia, que la escalada de violencia generalmente empieza siendo verbal.

Siempre es bueno en estos casos ir a las fuentes, y como para poder contextualizar este complejo panorama, es oportuno releer la Ley de Educación Nacional, Nº 26.206. Esta ley, vigente en todo el país, fue sancionada el 14 de diciembre de 2006 por el Congreso de la Nación, y es muy ilustrativo citar aquí algunos de sus artículos.

En el Capítulo IV, titulado Educación Secundaria, encontramos el art. 30, inciso g) que dice: “Vincular a los/las estudiantes con el mundo del trabajo, la producción, la ciencia y la tecnología.”

En el mismo Capítulo, el art. 33 afirma: “Las autoridades jurisdiccionales propiciarán la vinculación de las escuelas secundarias con el mundo de la producción y el  trabajo. En este marco, podrán realizar prácticas educativas en las escuelas, empresas, organismos estatales, organizaciones culturales y organizaciones de la sociedad civil, que permitan a los/las alumnos/as el manejo de tecnología o brinden una experiencia adecuada a su formación y orientación vocacional. En todos los casos estas prácticas tendrán carácter educativo y no podrán generar ni reemplazar ningún vínculo contractual o relación laboral. Podrán participar de dichas actividades los/las alumnos/as de todas las modalidades y orientaciones de la Educación Secundaria, mayores de dieciséis (16) años de edad, durante el período lectivo, por un período no mayor de seis (6) meses, con el acompañamiento de docentes y/o autoridades pedagógicas designadas a tal fin”.

Nada de lo que se está planteando con respecto a las prácticas educativas es novedoso, ni mucho menos se trata de generar  mano de obra barata o explotación empresaria.

Se trata de prácticas que son un resorte fundamental del aprendizaje en la etapa final de la Educación Secundaria y que la misma ley nacional vigente propone y establece para todo el territorio de la Nación.

¿Habrá alguna razón oculta por la cual lo que en 2006 no provocó ninguna protesta ni resistencia por parte de los estudiantes, hoy es motivo de semejante atropello a la continuidad educativa en más de treinta colegios porteños, a las autoridades correspondientes y a la normalidad institucional de los establecimientos educativos?

En una sociedad donde todo vale, en una sociedad degradada en la que la Justicia no avanza, en la que los adultos no se atreven a asumir su rol de adultos y en la que los crímenes impunes se suman y multiplican, la anomia ha llegado para quedarse. Indudablemente, como afirma el Dr. Jaim Etcheverry, los jóvenes podrán no comprender lo que leen en los libros, pero comprenden muy bien lo que leen en la sociedad.

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