A DIEZ AÑOS DE UN CRIMEN QUE CONMOVIÓ A LA SOCIEDAD AZULEÑA - APUÑALADO CON UN ARMA BLANCA TIPO DAGA

Crónica de un homicidio

Hugo Emiliano Luna, el autor del asesinato.
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Hugo Emiliano Luna, el autor del asesinato.

La madrugada en que fue asesinado de una puñalada, Juan Latrónica estaba en la puerta del club River, esperando para ingresar a un baile de estudiantes. Después, casi al mismo tiempo en que su deceso se producía en el Hospital Pintos, el autor del homicidio era aprehendido por dos policías en 25 de Mayo entre Salta y Amado Diab.

El subcomisario Rafael Ábalo, actual jefe de la Policía Local, todavía recuerda lo que fue, hace ya una década, la aprehensión de Hugo Emiliano Luna, luego de que en las primeras horas del 19 de mayo de 2007 ese joven apuñalara con un arma blanca tipo daga a Juan Antonio Latrónica.

La víctima de lo que fue ese año el sexto de los siete homicidios que hubo en Azul, aguardaba aquella madrugada en la puerta del club River para ingresar a un baile que en ese lugar organizó el Centro de Estudiantes de la Facultad de Agronomía de la UNICEN. Un baile al que nunca el joven estudiante y apicultor, que tenía 21 años cuando fue asesinado, pudo entrar.

“Yo en esa época estaba como Jefe de Calle en la comisaría primera. Y junto con el teniente primero Ángel Suárez estábamos en cercanías del club River. Los dos vimos que el pibe -dijo Ábalo al aludir a Juan Latrónica- se desplomó. Nos pasaron los datos de quién había sido el agresor y a unos doscientos metros del club, más o menos, lo aprehendimos a Luna. Cuando lo fuimos a requisar, encontramos que tenía el arma blanca escondida. Lo detuvimos en 25 de Mayo entre Salta y Santa Fe”.

“El cuchillo me acuerdo que lo tenía en su pierna derecha, bien pegado al cuerpo, por adentro de su pantalón y bien cerca de sus testículos. Ahí lo tenía”, agregó quien también fuera titular de la Subcomisaría de Chillar.

Era aproximadamente la hora cuatro de aquel día 19 de mayo de 2007 cuando, al mismo tiempo que los policías Ábalo y Suárez aprehendían a Luna, Juan Latrónica ingresaba en sus últimos minutos de vida.

En el juicio que por el caso se hiciera, el arma blanca que Luna portaba fue descripta por los jueces que en primera instancia lo condenaron a “prisión perpetua” por el crimen como “un cuchillo de fabricación casera del tipo daga con filo en ambos lados, con una longitud de hoja de nueve centímetros y medio de largo por dos centímetros de ancho en su parte más extensa y empuñadura envuelta en cinta aisladora negra, de una extensión de catorce centímetros, que poseía en su parte posterior un cordón de color blanco”.

“La puñalada le pasó por todos lados”

A pesar de la gran cantidad de gente que había adentro y afuera del club, Juan Latrónica en ese momento estaba solo. A la espera de un amigo, en la vereda. Ese otro joven, había ido a comprar dos entradas para que ambos ingresaran juntos al baile.

Unos instantes antes, Luna había sido expulsado del lugar. Hasta la puerta lo sacó un “patovica”, después de que otros jóvenes denunciaran que los estuvo increpando y amenazando en uno de los baños del club.

Ni bien el personal de seguridad lo dejó en la vereda, el agresor se dirigió hasta donde la víctima de este asesinato estaba parada.

No hubo provocación ni palabra alguna por parte suya: al hijo de Antonio Vicente Latrónica y Claudia Fiorenza, sólo le asestó una puñalada. Un puntazo con ese arma blanca que portaba que le afectó el corazón y el pulmón.

La agresión -según escribiera después el juez Gustavo Borghi en el fallo de primera instancia por el que Luna fue condenado en principio a “prisión perpetua”– el autor de este asesinato la cometió “sin riesgo para sí”, aprovechando que Juan “se encontraba solo, desprevenido e indefenso”.

“Cuando ese día lo hieren, él caminó unos metros, lo tocó al amigo por la espalda y le dijo que lo habían apuñalado. La puñalada le pasó por todos lados, ya que le tocó el corazón y los pulmones. Después, cayó de espaldas. Ahí empezó con convulsiones. Su amigo no entendía nada. Fue una cosa muy disimulada, muy rápida. Aparentemente, se le puso a la par de él y lo apuñaló. Creo que Juan ni lo vio”, recordó su mamá Claudia Fiorenza sobre aquella noche en la que su hijo nunca más volvió a su casa después de ese baile al que había ido.

Al mismo tiempo en que se daba aviso al Hospital Pintos para que enviara una ambulancia, la gravedad de la situación hizo que policías que llegaron al lugar lo cargaran al joven en la caja del patrullero y lo llevaran al centro asistencial municipal.

Al hospital Juan Latrónica llegó con vida. Pero los médicos que lo atendieron, ante la gravedad de la lesión y los órganos vitales que había afectado esa puñalada que recibió, no pudieron salvar al chico.

Los policías Rafael Ábalo y Ángel Suárez fueron uno de los tantos testigos que declararon en ese juicio oral que en el Tribunal 1 local, en octubre del año siguiente a ocurrido el crimen, derivara en aquella condena de primera instancia para Luna a la ya mencionada pena de “prisión perpetua”.

La misma que después -apelación mediante de su Defensor Oficial- Casación le redujo a veinte años de cárcel.

Ni bien arrestaron al joven, aún hoy a ambos efectivos de seguridad les sigue sonando fuerte en la memoria aquella frase que Luna les dijo: “Tanto lío porque apuñalé a un gil”.

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