RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Daniel 

Por Matías Verna  (*)

“Se pasa de inocente a culpable en un segundo. El tiempo es así, torcazas que cantan en un árbol cansado” (Juan Gelman)

Desde que llegó por estos lugares, Daniel Gómez Hidalgo se quiso fugar o suicidar. “Cualquiera de las dos opciones me salvan”, decía. Y no se cansaba de afirmar su inocencia.

Un día lo encontramos justo cuando se lanzaba al vacío con el cuello atado a una sábana del Chiquito García que se había ido de traslado a comparecer al Juzgado de La Plata y le dejó encargada las cosas.

Lo atajamos en el aire y lo agarramos de los pies. El Gordo Martínez cortó la sábana con un tramontina y lo bajamos hasta sanidad por si presentaba lesiones.

“No pasa nada”, decía Daniel Gómez Hidalgo. “No pasa nada, lo mismo de siempre”.

El barrio lo acusó de violación. De abusar, violar y matar a una nena de cinco años, hija de un vecino de Daniel. Le incendiaron su casa, le pintaron las paredes tiznadas e hicieron piquetes y quemaron gomas en la comisaría de la ciudad.

Lentamente las visitas dejaron de llegar y cuando la soledad comenzaba a rondar por su celda, Daniel otra vez no quería vivir.

Los rumores y el acostumbramiento lo iban dejando muy solo.

A veces un corte profundo en las venas, otras el metal de una maquinita de afeitar por el estómago o una pastillas por demás lo invitaban a no seguir.

Daniel Gómez Hidalgo no tenía sentencia firme. Estaba procesado y acusado por la sociedad.

Era educado, sin estudios. Respetuoso. Sin tatuajes, ni vocabulario, carcelero. Sabía desempeñarse en albañilería, electricidad, plomería y algo de mecánica.

En la cárcel apenas bajaba de los pabellones a cebar unos mates a los jefes de turno y de paso no pensaba mucho, miraba la televisión, limpiaba oficinas y volvía a la celda.

Un día la confianza y la rutina traicionaron al personal y Daniel Gómez Hidalgo comenzó a caminar hacia la salida del penal y todos le abrían paso hasta que un guardia se dio cuenta de que se estaba yendo y lo agarraron a cinco metros de la salida.

“Perdón, perdón”, decía mientras se comía algunos sopapos en la nuca. El frustrado intento le costó días de castigo y pérdida de beneficios. La noticia corrió rápido por los teléfonos y los medios. Algunos jefes sin demasiada jerarquía fueron trasladados y el Guardia que recapturó a Daniel Gómez Hidalgo recibió un reconocimiento.

Un día antes de la sentencia, en un juicio que ocupó por varios días las tapas y las columnas de opinión de los diarios con expertos en sociología, psicología, niñez, educación y leyes para proteger a víctimas y bla bla bla como cuando suceden estas cosas, Daniel Gómez Hidalgo en su quinto intento por quitarse la vida, logró su objetivo y por ahorcamiento murió en el acto, aunque lo encontraron unas horas después, pálido, con el cuello estirado, el rostro relajado y la tristeza del primer día.

Lo peor sucedió después cuando declararon su inocencia, pero esa es otra historia.

 (*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría: Recientemente publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

 

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