De crisis, espejismo y otras decepciones

OPINIÓN

Escribe: María Liliana Christensen

Sentada frente al teclado después de un largo tiempo de observación y reflexión, tengo esa extraña sensación de estar viviendo algo que ya viví. Esa reiteración de un viejo y gastado sentimiento mezcla de hastío, incertidumbre y angustia que algunas veces -varias- supo instalarse en el estómago y dejarme un regusto amargo en la boca.

El sentimiento no es nuevo y me asalta de manera inexorable. Imposible escapar. Imposible desconocerlo. Haciendo un breve y fugaz repaso de mi vida lo encuentro en distintas instancias en las que este mismo sentimiento me atravesó entera. Momentos duros, difíciles, desfilan por mi memoria ni bien me propongo interiormente el ejercicio y estallan en imágenes que se superponen como en un juego de espejos en el que estoy yo, pero también está mi madre, mi abuela, mis hermanos, mi familia. Afrontando dificultades, resistiendo adversidades.

Como un destino inevitable, como una inefable fatalidad otra vez los argentinos estamos atrapados en un laberinto oscuro y peligroso; todo resulta amenazante y los más turbios presagios se ciernen sobre este pueblo sufrido y castigado que asiste desolado  a un nuevo episodio cargado de dramatismo.

Volver a creer en nuestra voluntad    

Hemos pasado por muchos momentos como éste y cada vez se pone en juego con mayor crudeza la capacidad de resiliencia que desde hace largo tiempo hemos aprendido a desarrollar. Cuesta sobreponerse a la realidad cotidiana, ver las necesidades que se multiplican alrededor y sentir que los obstáculos son tantos que parecen insalvables.

Lo más fácil es dejarse ganar por el desencanto y la decepción. Lo más sencillo es convencernos de que nuestro destino insoslayable es ir de crisis en crisis, cayendo en un pozo de angustia que termina devorándonos.

Lo difícil, lo verdaderamente difícil pero imprescindible, es reconstruir la confianza y volver a creer. Pero no en espejismos, no en ficciones ni en relatos fantásticos. Volver a creer en nuestras propias capacidades, en nuestras propias fuerzas, en nuestra voluntad que supera los límites que la realidad muchas veces nos impone y nos permite avanzar.

La voluntad es el motor que anima a los hombres y suele torcer su destino.

En situaciones ciertamente complejas como la que atravesamos, la voluntad es el elemento decisivo que puede alterar el orden inevitable de las cosas. La suma de voluntades que empuja y que eleva debiera convertirse en la tabla de salvación de un pueblo que resiste y no se entrega. Es preciso reconstruir desde las ruinas, si fuera necesario. Es preciso comprender que nadie podrá hacer por nosotros lo que no hagamos nosotros mismos. Y ésa es la batalla que hay que dar en estos días difíciles en que todo se presenta hostil y sombrío.

Punto de inflexión    

Recuperar valores esenciales es una tarea imperiosa. Afirma Ernesto Sábato en su libro “La Resistencia”: “La vida de los hombres se centraba en valores espirituales hoy casi en desuso, como la dignidad, el desinterés, el estoicismo del ser humano frente a la adversidad. Estos grandes valores como la honestidad, el honor, el gusto por las cosas bien hechas, el respeto por los demás, no eran algo excepcional, se los hallaba en la mayoría de las personas. ¿De dónde se desprendía su valor, su coraje ante la vida?”.

No creo equivocarme si digo que se desprendía de la confianza en sí mismos, de la audacia con que afrontaban los desafíos, de la convicción con que defendían sus ideas y de la voluntad, que los animaba a seguir luchando de manera inclaudicable.

Este momento histórico que atravesamos en que todo se está poniendo a prueba, en que se caen las máscaras y la verdad pugna por salir a la luz en doloroso alumbramiento, es un punto de inflexión en la historia argentina.

Hacernos cargo       

La verdad cura, la verdad sana. Es la verdad y la derrota definitiva de los espejismos y  de los relatos fatuos lo que nos permitirá ponernos nuevamente de pie y avanzar hacia un futuro de dignidad y grandeza. Este círculo en que venimos atrapados desde hace décadas repitiendo consignas vacías y esperando soluciones mágicas es el gran obstáculo que debemos superar. Es preciso volver a confiar en nuestras propias fuerzas, en la integridad y el coraje que alguna vez tuvimos, en las potencialidades de esta tierra que en otros tiempos deslumbraron al mundo.

Convencernos, una vez más y para siempre, de que la fortaleza está en nosotros y no esperar que nadie nos conceda lo que debemos construir entre todos. Hacernos cargo. Hacernos cargo de los errores históricos, del despojo que hemos padecido, de la indiferencia con que muchas veces miramos hacia otro lado y de la tolerancia irresponsable con que dejamos avanzar muchos males que, frenados a tiempo, no hubieran ocasionado tanto daño.

Aún estamos a tiempo si ponemos manos a la obra. En cada uno de nosotros habita ese resto de voluntad que hace falta para salir de este presente sombrío y dar el primer paso hacia adelante.

Decía días atrás Santiago Kovadloff en una entrevista: “La Argentina está cansada de un porvenir que no llega”. Quizá sea el momento de salir a buscarlo.

 

 

 

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