TORNEO FEDERAL C

De esas alegrías que son electrocardiogramas

 

El partido resultó muy difícil de digerir. Embajadores de Olavarría estaba en ventaja en el dificultoso trámite ante un Boca que no producía respuestas de cuantía. Pero éstas llegaron y en tiempo cumplido, la multitud boquense que se llegó al Lorenzo Palacios pudo llegar a la afonía merced al 2 a 1, en el debut de ambos en la Zona 8 de la Región Bonaerense Pampeana Sur.

 

El empate que comenzó a torcer el rumbo que se llevaba la alegría hacia Olavarría. Barragán no consigue despejar el remate de Escribano y el gol de Boca cifra el 1 a 1. 
FOTOS NICOLÁS MURCIA
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El empate que comenzó a torcer el rumbo que se llevaba la alegría hacia Olavarría. Barragán no consigue despejar el remate de Escribano y el gol de Boca cifra el 1 a 1. FOTOS NICOLÁS MURCIA

 

Dejando de lado la obtención de los tres puntos y el carácter que infló las velas los últimos 20’, cuesta creer que a Boca vaya a quedarle algo más entre los aspectos positivos luego del pobrísimo mano a mano ante Embajadores, en el debut de ambos en el Federal C.

La alegría final merced al triunfo –que llegó cuando, ¡al fin!, un jugador quiso y pudo rebelarse a una tónica abúlica– no debería esconder un magro rendimiento (común a los dos), una versión que llamativamente careció casi por completo de un matiz grupal, groseros errores individuales y escasa eficacia para imponerse al curso de un trámite que se comió a sendos elencos. Cierto consuelo ante este panorama, valioso por supuesto, es la vuelta tras 42 años a un certamen de este tipo, y haber culminado la noche vivando una victoria.

El conjunto visitante aportó inicialmente al espectáculo su destacada intensión de instalarse en la mitad xeneize, disponiendo del balón y hallando tempranamente accesibles grietas en una defensa que recién en el complemento, y por momentos, pareció dar señales de solidez. Por el mal estado del campo de juego, por las ansiedades de una primera fecha y el frenesí físico, eran muy pocas (y lo seguiría siendo hasta el cierre) las circunstancias en que no se recurría a la resolución del pelotazo.

En disposición ofensiva, Lapalma abandonaba el lateral izquierdo y mutaba en salida y volante por esa arista; con eso, Guevara se proyectaba a la ofensiva y determinaba el tridente de ataque. Ahora bien: geográficamente el jugador de Athletic se acercaba a Borda y a Ridao, conformando la usina futbolística. Sucedió que escasearon notoriamente las sociedades entre los tres y la fisonomía boquense se cristalizó en saltos de línea con balones largos, los cuales devenían en acción real cuando los delanteros conseguían controlar. En esa dinámica, el elemento fundamental para que el local lograse volumen ofensivo era Guevara.

Embajadores sumaba algo de mérito en el buen usufructuar de la espalda de Borda, sin auxilio de sus compañeros de línea y muy alejado de un fondo estanco. Ese funcionamiento de la zona media tampoco colaboró con los defensores azuleños. El equipo olavarriense abría hacia los costados (mucho por el lateral de un errático Conti) y lanzaba centros cerrados, la mayoría de los cuales (también en los tiros de esquina) evidenciaron la problemática de Vargas en sus intervenciones.

Todo Boca discutió muchísimo la sanción de penal por parte de Albo luego que Sierra, para recepcionar un defectuoso envío que le llegó desde tres cuartos, sobre la izquierda, fuera sobre la bocha con su cuerpo. Su brazo zurdo rebotó el esférico, el juez marcó el lunar del área y Alejo Di Carlo venció, con un remate bajo, a Vargas. En un desarrollo parejo y habiendo desperdiciado Boca dos ocasiones clarísimas, esta ventaja se sentía como desproporcionada.

En el complemento tampoco consiguieron abandonar ambos algunas señas particulares (más que señas, eran estigmas). Dos equipos sin cohesión, conservadores, erráticos hasta niveles sorpresivos, arrebatados. Curiosa resultaba la falta de capacidad de Embajadores para exprimir el desconcierto rival y el resultado que lo beneficiaba.

Otro mal que el boquense reeditaba era su disposición, larga, en el campo. El despliegue en forma de presión de los delanteros y los volantes (puede que sin coordinación) no recibía correlato en la línea de fondo, que por momentos ni siquiera llegaba a la altura del círculo, facilitando la respuesta olavarriense con espacios amplios.

El juego no aparecía en el conjunto de Azul y las respuestas anímicas no alcanzaban. Con Norte como lateral y el ingreso de Rígoli a la derecha de Borda, los entrenadores xeneizes habían conseguido fortificar la zona. En cuentagotas pero con cierta claridad, comenzaron a surgir por ese sector (ahora con un Ridao mucho más sintonizado) avances profundos, en pequeños bloques, que agrietaban el confort defensivo visitante. En una de esas ocasiones, a los 24’, el desborde corto halló sin marcas a Mariano Escribano, quien sin titubeos cruzó al primer palo, un remate al ras que doblegó la mano de Barragán, golpeó en el poste y terminó en la red.

El empate electrificó a Boca, lo estableció seriamente en el partido y le dio las riendas. Pasó a controlar con nitidez el juego y a posarlo en las adyacencias del área mayor rival. Borda sostenía la línea de espera local y, como en algún tramo del primer tiempo, los tanques (De Stefano y Escribano) se acercaban a él para entrar en juego y liberar a Ridao de ser el conductor.

Pero pasados unos minutos y ante la expulsión de Di Cataldo, Boca y Embajadores parecían entender que lo mejor era el punto por bando. No se asumían reales riesgos, no se trastocaban posiciones en pos de propiciar sorpresas o mayoría numérica, cada uno cuidaba su posición (con más razón Boca, con 10). Hasta que por fortuna para la noche –mucho más para los boquenses, lógicamente– Guevara atomizó las cadenas, garabateó enganches y amagues por izquierda, mandó la pelota hacia el área menor y allí obtuvo el golpe de suerte que necesitaba: el pie derecho del central Sergio Cancina, desde el cual el balón fue directo al gol. Y así, en ese instante final, en ese suspiro agónico, toda Villa Fidelidad se estremeció con el desahogo de una hinchada que disfrutó de su alegría más importante desde aquella tarde de vuelta olímpica de septiembre pasado.

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