De profesión: cabañero

Raúl “Rulo” Castillos trabajó muchos años en las estancias de Mathet, tanto en “El Chiripá” como en “La Parva”, uno como tantos que pasaron toda su vida allí forjando su templanza en esos galpones donde se realizaba la crianza de toros de raza.

La Cabaña “de alto” de La Parva de Estancias Mathet. GENTILEZA BETTY LEDESMA DE ARIAS.

Por Lis Solé.

EL DATO:

Agradezco a la gente de General Alvear que aportó sus anécdotas y profundamente a Betty Ledesma y a Raúl “Rulo” Castillos por compartir sus recuerdos.

“Parece mentira… cuando le cuento a los chicos lo que nosotros hacíamos en el campo, se ríen…”. Es que cuando pasa el tiempo, hasta uno no se explica cómo es que se ha hecho tanto. Los tiempos cambian, la juventud pasa… pero esas cosas de antes son las que nos han formado como pueblo, un pueblo que es y debe ser diferente a los demás, cada uno con sus historias.

Raúl “Rulo” Castillos, de profesión “cabañero”, trabajó muchos años en las estancias de Mathet, tanto en “El Chiripá” como en “La Parva”, uno como tantos que pasaron toda su vida allí forjando su templanza en esos galpones donde se realizaba la crianza de toros de raza.

Sacrificio y trabajo duro    

Castillos, junto a más de los que recordamos, trabajaron en la Cabaña “El Chiripá”, distante a una legua de “La Parva”, cabaña donde se cuidaban los toros de los dos meses hasta los dos años.

“El Chiripá”, de Estancias Mathet de General Alvear, fue durante décadas famosa por los toros que presentaba en la Sociedad Rural. Betty Ledesma recuerda que su papá Evaristo siempre trabajó en la Cabaña como capataz y estando él como encargado, “El Chiripá” obtuvo varios premios Gran Campeón en la Sociedad Rural.

El trabajo era duro: sin poncho, sin botas de goma, con pulóver de lana hilada tejido por alguien de la familia, en alpargatas, todos los días invierno o verano, vacaciones o fin de semana, a las cuatro de la mañana, el Personal debía estar en los galpones porque los toros hacían la primera comida del día a esa hora justa. Castillos recuerda que se levantaba a las cuatro de la mañana y racionaba todo; les daba el alimento y de ahí los llevaban a darles de mamar. Para esto, traían las vacas con sus terneros, se los separaba y en la manga los toros mamaban.

Lloviera o tronara, el Personal debía estar a esa hora dándole la ración a los animales, acción que se repetía cinco veces por día: a las 4, a las 8, a las 11, a las cuatro de la tarde y la última comida, a las 8 de la noche.

A los toros se los cuidaba noche y día   

A la mañana, el desayuno para la peonada era “una taza de leche y un cacho de carne…”.  Recuerdan a un tal Villa, un cocinero que si querían, les hacía la leche a las 8, también otro de apellido García y el mentado Negro Romero y su esposa Brizuela, los dos muy buenos cocineros que hacían excelentes milanesas con la parte más gorda del mondongo de la vaca, bien limpito.

A la tarde se hacía lo mismo: otra vez a darle de mamar a los toros y la ración.

La preparación del alimento de los toros era complicado; la mitad de la dieta era cocida en grandes ollas en una cocina a leña que después se reemplazó por una a gas, mezclando trigo, avena, maíz molido y leche para después juntarlo con el alimento crudo.

Noche y día se cuidaba a los toros. Algunos cabañeros recuerdan a don Ibáñez que con un farolito a kerosene, recorría toda la noche los boxes para ver si había alguna novedad llevando la ración con una carretilla. Los toros tenían comederos de madera y el galpón de alto, unas canaletas por donde caía la basura y la bosta a la planta baja, lugar donde se juntaba todo a pala, se subía a un carro y se desparramaba por el campo.

La cama de los toros se hacía diariamente con fardos de pasto nuevo para mantener el pelo limpio y brillante. Afuera de la Cabaña, en una rotonda armada con palos, de tierra, se enseñaba a los toros a caminar, como si estuvieran en la arena de Palermo,  practicando unos 800 metros diarios. Con una mocheta en el morro para poderlos dominar, “se van criando desde chiquitos hasta que los hacemos gente, mansito” como decía don Caram.

Además, había dos tinglados donde se trabajaba todo el día. Abajo eran 13 personas y con los de arriba, 15 cabañeros con 18 o 19 boxes por tinglado. “Rulo” Castillos recuerda a un tal Orellano, uno de Aranzábal, su hermano Enrique Castillos; uno de Báez; mucha gente.

Los toros se cuidaban como si fueran personas   

El gran trabajo de la Cabaña fue hasta 1950. Poco a poco la actividad cesó y las cabañas se desarmaron y levantaron.

Siempre a la intemperie porque los galpones estaban abiertos se trabajaba a full, porque era una competencia entre cabañas para ver quién tenía los mejores toros. Los toros se cuidaban como si fueran personas: martes y sábados se los bañaba con agua llovida con la ayuda de un motor eléctrico con el que se llenaban unos tarros inmensos con agua y jabón, se enjabonaban bien y después, el último enjuague con agua llovida quedando “el pelo mejor que el de una mujer”. Los toros se peinaban para arriba para que el pelo no se pegara al cuero y cuando no se andaba con los toros, se limpiaban bien los galpones, se juntaba la bosta a pala y carretilla y se llevaba en un carro al campo, o se hacían otras cosas en la estancia.

Emociona escuchar a los peones hablar de sonar de la campana… “Tocaban la campana para el almuerzo… ¡Qué sonido tenía esa campana! ¡Qué la tiró…! ¡Qué sonido tenía…! Nos llamaban a comer con la campana que tenía un sonido terrible. Eso sí, hasta que no tocara nosotros no podíamos ir. Era una romería de gente… Ahora no ha quedado nadie…” (*).

Rumbo a la “Gran Exposición”   

En la estancia de Mathet los toros eran Shorthorn de todas las categorías: Categoría Senior, Dos Años, Dos Años Menor, Junior y Ternero. Se pesaban una vez por mes en una balanza y cuando tenían unos 800 kilos, ya estaban listos para La Rural. Al criarlos de chiquitos, el cabañero se encariñaba; tenían nombre y eran casi como hijos, se les hablaba y hasta a veces parecía que el cariño era recíproco.

Evaristo Ledesma, encargado y payador dice: “Cuando peinaba a Canillita más lindo yo lo veía/ y yo al toro le decía “pórtate como es debido”/ parecía que me había entendido porque hizo un gesto extraño/ salió campeón de 2 años/ ese Torito atrevido”.

Toda la estancia se ponía en movimiento para llevar a los toros a la “Gran Exposición” de Buenos Aires. Sin pereza ese día se levantaba toda la muchachada e iban acomodando los toros que iban a viajar en los camiones del “Cholo” y el “Negro” Trezza.

En 1948, salieron a las siete de la mañana del campo con “Vicente” y el “gaucho” Horacio. Era toda una novedad para los peones que miraban el paisaje con caballos y novillaje, con potreros surtidos y después, entrando a la Capital, ver los coches correr.

Una vez en la Sociedad Rural donde permanecían una semana, las precauciones que debían tomar para desembarcar a los toros eran muchas ya que no debían resbalar ni lastimarse. Con la ayuda de los “changarines” los llevaban a las “camas” y les daban la ración que estaba a cargo de “Pirincho” Caram, haciendo relevos para cuidar a los toros y mantenerlos siempre limpios.

Cuenta el “Rulo” Castillos que siempre anda recordando esos tiempos en la Rural, de la importancia de estar bien trajeado y saber manejar al toro porque “todo vale para salir Campeón”. Cuando llega el momento de pasar los toros, la expectativa era grande. Cada año llevaban  8 o 9 toros y como en un campeonato de fútbol competían contra todas las otras Cabañas, cuidando hasta el último detalle mientras esperaban haciendo cola durante el discurso del Presidente y las Autoridades, peinando y re peinando hasta que llegaba el momento” (**).

En el año 1948, El Chiripá ya tenía varios premios pero el viernes 13 de agosto, con los palcos colmados era muy grande la emoción y la expectativa porque había muchas posibilidades de salir Gran Campeón y así fue como sucedió: el atrevido “Canillita” resultó ser Gran Campeón.

En sus décimas, Ledesma presenta al Personal de la Cabaña que participó en la hazaña de lograr un Gran Campeón: el capataz Caione, José Moreno, Man, Damián Ledesma, el racionero Segundo Giménez, Abdon Romero, el sereno Silva y “Daniel” (***) .

Y más, tanto que pasaron por la Cabaña… Betty Ledesma recuerda a algunos que ya no están como José Ibáñez, que preparaba la comida de los Toros; Carlitos Córdoba que también lo conocían por apellido Negrette; Carlitos Martínez; José Moreno; Carlos Juárez (tío de Betty); Damián Ledesma (hermano de su papá), “Goyo” Toledo, Raúl Castillos, el Vasco Aranzábal; Enrique Haedo; Damián Loza, Enrique Giobbi; José Garabento; Pedro Minaberrigaray; Jorge y Francisco Inocencia, el camionero Héctor Chirola Moleiro (Chirola), el “Negro” Carlos María Caram y Carlitos Balquinta.

Como no terminar con los versos de Evaristo Ledesma escritos el 10 de septiembre de 1948 que expresan no solamente la satisfacción del trabajo bien hecho sino también la templanza, la hombría de bien y el amor por la Patria. Valen estas líneas como homenaje a todos ellos, criollos alvearenses, orgullo de estas tierras, cabañeros de profesión.

 “Cabaña “El Chiripá”/ Pueblo de General Alvear/ Se han sabido destacar/ Entre todas las demás/ Yo no olvidaré jamás/ De lo que aquello fue/ A la familia Mathet/ Un aplauso general/ Lo mismo que al Personal/ Que ha puesto toda su fe ” (****).

(*) La Cabaña de Mathet funcionó hasta 1980, las últimas Exposiciones en la que participó con siete toros fueron en Bahía Blanca y Lamadrid.

(**) Castillos, “Rulo”. CP 2017. Nacido en 1940.

(***) No especifica el apellido.

(****) No especifica el apellido.

 

 

 

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