DE SUEÑOS A PESADILLAS

La huelga docente, la movilización de la CGT y el futuro paro de la central gremial nacional concentraron estos días la discusión política y la atención mediática.

Pero una multiplicidad de conflictos continuó distribuida como hongos, con su retahíla de negativas consecuencias para los trabajadores involucrados. Así, sin tanta visibilidad siguieron las suspensiones y los despidos en diversas actividades, aunque desde las usinas oficiales se insista con la información de la creación de puestos de trabajo y el optimista panorama de que “lo peor ya pasó”.

De hecho, se conocieron en las últimas horas, por ejemplo, anuncios como el de más de medio millar de suspensiones en una automotriz líder que en los últimos años ha tenido ventas espectaculares de vehículos sedán, utilitarios y camionetas. También se difundieron las cifras de desempleo en la Capital Federal, un distrito donde las estadísticas suelen tener más brillo que en otros puntos del país. De acuerdo con esos números oficiales de la dirección de estadísticas porteña, en el cuarto trimestre de 2016 la desocupación aumentó más de dos puntos con respecto al mismo período de 2015 y el trabajo en negro subió unos tres puntos.

Todo un dato a tener en cuenta, justamente por el hecho de que la ciudad de Buenos Aires suele ser un centro más próspero en el que se suele conseguir trabajo con más facilidad, con mejores ingresos y, también, con la posibilidad de que esos empleos sean registrados. No debe dudarse de los números oficiales sobre la creación de empleo, sobre todo después de tantos años de engaño con el INDEC manipulado por el gobierno anterior, pero no tampoco hay que tirar manteca al techo pues los nuevos puestos ganados no empardan aún a los que se pierden en el camino.

Con este ambiente y la falta de respuesta del gobierno a su canasta de demandas -a la cual si se le agregan un par de puntos más implicaría virtualmente un cambio de rumbo de la política económica- la CGT está admitiendo que prácticamente no tiene margen para evitar el paro. El gobierno en pleno ha salido a fustigar la medida de protesta y algunos de los funcionarios están tratando de desacreditarlo con calificativos demasiados elementales, cuasi prehistóricos.

El paro es “político”, dicen a coro. No es ninguna novedad que todos los paros son políticos, y que los gobiernos también hacen política. Y que, con sus respuestas a las demandas, satisfactorias o no, alimentan esas huelgas “políticas”. O sea que constituyen un círculo perfecto de acciones “políticas”.

No llama la atención que lo diga un hombre proveniente del mundo empresario como el ministro de la Producción, Francisco Cabrera, que antes de llegar a la función pública estaba -como ahora, claro- del otro lado del mostrador de los sindicatos. En su currículum, por ejemplo, figura el haber estado al frente de una poderosa AFJP en los menemistas ’90.

Pero suena un poco disonante en boca del ministro de Trabajo, Jorge Triaca, a quien no sería justo endilgarle que tenga simpatía por los gremialistas y que emule la conducta que su padre, quien comandó la misma cartera en el menemismo y fue durante añares jefe del sindicato de los trabajadores del Plástico. Aunque sí tal vez se le pueda reprochar la falta de comprensión de que los paros son políticos, sobre todo de parte suya, después de haberse criado en un ámbito donde se respiraba aire sindical.

Pero así son las cosas y así, precisamente, es la política, donde los caminos son sinuosos e impredecibles. Lo que ocurre es que en realidad los funcionarios están vinculando la huelga cegetista con la oposición, y más precisamente con el PJ y las próximas elecciones.

Y allí están haciendo una afirmación aún de dudosa veracidad y omitiendo una parte esencial: la difícil situación de una gruesa capa de trabajadores. Por su lado, los gremialistas también deberán ocuparse de ponerse a salvo de ese señalamiento y no quedar entrampados en la jugada partidaria. Así como esquivaron la artimaña de Cristina Fernández, tendrán que mandar a la banquina a otros sectores y aún al PJ en todas sus vertientes, por lo menos en estas instancias donde lo que está en juego es el trabajo y el futuro de millones de personas que no tienen ni ganas ni tiempo de andar pensando en escudos partidarios, sean los que fueren. De otra manera, se mellará más su credibilidad en la opinión pública.

Sobre el paro nacional, hay quienes quieren hacerlo el 30 de marzo, a 35 años de la histórica marcha a Plaza de Mayo organizada por la CGT Brasil que encabezaba Saúl Ubaldini, donde los manifestantes fueron reprimidos por las fuerzas de la dictadura.

Lo otro que queda pendiente en lo mediato es, si se concreta el paro, qué pasará después. Es cierto que falta bastante. El diálogo seguramente no se cortará, pero si no hay respuestas básicas ahora, ¿qué garantías hay de que las habrá después? Y si se empieza la protesta con una movilización y un paro de 24 horas en menos de un mes ¿cómo se sigue? Varios de los que hablan estos días siguen reivindicando la mesa del diálogo multisectorial inaugurada con toda pompa meses atrás y actualmente en terapia intensiva. Una mesa con pretensiones de princesa pero que fue Cenicienta apenas empezaron a discutir por un humilde bono compensatorio de fin de año. Con qué facilidad en este país los cuentos invierten sus finales y los sueños se convierten en pesadillas.

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