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19-05-2019

ESCUETAS REFLEXIONES ACERCA DE LA ASISTENCIA A LAS CANCHAS

El hincha no necesita de imanes mágicos

  


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FOTOS NACHO CORREA


Por Silvio Randazzo | 19 de Mayo de 2019 19:00hs.

¿En cuántos ámbitos genuinamente futboleros (o no tanto, pero con gimnasia de serlos) hemos comparecido para, en la ensalada de temáticas, empeñar minutos, reflexiones de todo talante y mucha saliva en pos de discernir por qué asiste poca gente a presenciar los partidos de Primera División del fútbol local? (Quitémosle la posibilidad de ser ejemplo a las finales). 

En términos generales, la concurrencia de hinchas a los estadios vernáculos es pobre, sea cual fuere el filtro aplicado para concluir así de tajante: como espectáculo, como demostración del fútbol como evento cultural, como ecuación económica.

La foto de la que uno se vale para plasmar el parangón con las escenografías actuales de cada domingo, no es otra que la que han sabido ofrecer esos mismos escenarios unos 40 o 30 años atrás. Un Alumni-Athletic se vivía como un acontecimiento que excedía lo futbolero (aunque esto le otorgara su sentido mayor) y ya en el Emilio S. Puente o en el Lorenzo Palacios, el clásico hacía honor a todas sus implicancias con cada una de sus siete letras y su acento.  

Entonces, llegan las preguntas. ¿Es la situación económica la que condiciona el acceso a una entrada general? Claro que sí, es la respuesta obvia. ¿Pero acaso en 1985, 1986, 1987, cuando Piazza trasladaba toda su barriada a cualquier estadio donde jugase, produciendo un fenómeno pocas veces empardado en la ciudad, la economía argentina no hacía de las clases populares las espaldas más atractivas para su látigo? ¿No asomaba ya la hiperinflación que, merced a la artesanía de sus fogoneros, empujó a Alfonsín a la despedida prematura? Incluso en la década siguiente, cuando el desguace fabril profundizó su alcance en todo el partido de Azul, fundamentalmente en los años iniciales de los ’90, todavía atestiguábamos partidos con asistencia notable (puede que no al punto del desborde) de público a los partidos de mayor marquesina.

Desestimada la hipótesis económica, otra que sabe conseguir sustento es la teoría del fútbol televisado como responsable directo de la preferencia de hombres y mujeres de permanecer frente a la TV en lugar de situarse junto a sus colores predilectos en el ámbito azuleño. Lejos de ser descabellada, no termina de aportar una razón fundamental para explicar el asunto aquí expuesto. Se han multiplicado los casos en los que se han modificado horarios y días corrientes de juego liguista, y sin embargo el cuentaentradas no produjo noticias extraordinarias.

Decir esto no me lleva a desconocer el perjuicio que ha causado a las recaudaciones de clubes de interior la televisación de los encuentros de Primera de AFA. ¿Cómo compite el cotejo más prometedor de un Apertura de la LFA con un Boca-River de Superliga? Al menos hasta hace un par de años, ver fútbol por TV remitía un acceso abierto para millones de personas, sin tener que sentir la humillación de escuchar a un relator del programa “Te enfoco la tribuna” cantar “yo sí veo lo que no ves”, mientras anunciaba un gol.  

Quizá en este punto resulte conveniente esclarecer que cuando se ensueña una cantidad de público que merezca el elogio, se piensa en varios centenares de hinchas, miles tal vez. El más reciente Athletic - Alumni convocó, en Villa Fidelidad, a unxs 250 hinchas.

Llegamos así a un tercer posible factor de deserción de hinchas locales: “Antes jugaban tipos buenos, en cambio ahora zafan unos pocos”. Toda liga tiene sus leyendas y contra el mito, la pulseada suele ser estéril. Claro que no todos los jugadores devuelven la entrada (en el periodismo, en una panadería, en un Poder Ejecutivo, sucede exactamente lo mismo, eh). Ahora bien, ¿no fuimos testigos en los últimos 15 años (lapso en el que se empezó a notar la disminución de la asistencia a los estadios) del mérito distinguido de decenas y decenas de distinguidos jugadores, en todos los puestos y en todos los equipos (en distintas proporciones, claramente)? De igual forma, de un manojo de entrenadores inteligentes, audaces, a favor del espíritu de este juego.

Por otro lado, si acaso en todo esto importarse la coherencia: ¿no somos, de manera masiva, fundamentalistas del resultado sea cual fuere el precio a pagar? ¿No somos madres y padres que damos vergüenza exigiendo a nenes y nenas en etapa formativa que no pierdan? Además, y no se trata de tirar al paño de la opinión un consuelo de tontos, ¿hasta dónde ampliamos nuestro pedido de calidad a los jugadores locales una vez que hemos sufrido el desempeño de profesionales en nuestro equipo, por así llamarle, nacional?

La hipótesis de la decrepitud de las instalaciones resiste bastante menos que las demás. Puede que actualmente algún estadio histórico haya menguado el estado de su infraestructura, pero por lo demás, en casi todas las canchas se ganaron comodidades (los más notorios: Chacarita, Boca y especialmente River, que gestó su propia casa deportiva).   

Dicho todo esto, y seguramente con espacio para sumar reflexiones al respecto, para arribar a una conclusión probable acerca de por qué los hinchas no copan los estadios de Azul, quizá haya que hablar de ausencias de equipos que entusiasmen, que conmuevan, que permitan delinear un ámbito en donde abrazarte con quién carajo esté a tu lado ante la posibilidad, siempre estremecedora, de salir campeón. En pos de ello no es necesario aglomerar jugadores de élite, ni tener butacas con calefacción, ni que el dólar baje 40 pesos (aunque lxs laburantes lo agradeceríamos), ni mucho menos que la tele deje de pasar la Champions League.

Vélez Sarsfield, el Vélez que hoy lidera en soledad y en condición de invicto la tabla del Apertura, viene a ejemplificar hoy esto que digo. Fue el plantel, no los alfajores de la cantina, el que empujó, el domingo pasado, a las decenas de hinchas a llegarse al Emilio S. Puente. Hacía mucho tiempo que no veía a una hinchada tan contenta, tan entregada al tributo hacia ese equipo que, aunque en muchos lapsos superado y a punto de malograr su suerte, estaba allí encarnando la motivación fundamental por la que esxs hinchas estaban ahí, al rayo del sol verde que jugaba al otro lado del alambre.

Claro que Vélez no es Piazza (una ciudad dentro de Azul) y la cantidad es otra, menor. Pero es erróneo el mecanismo si así se lo aplicare, sin mensurar el contexto de cada club. Jugadores y dirigentes de la V saben bien que de mucho tiempo a esta parte -puede que desde 2006- no ha habido demasiados períodos, campañas, que sucinten este estado de gracia total. De igual forma, todo Vélez pareciera entender que no ha ganado nada y que no conviene que los sueños se vistan en la boutique del exitismo. Es eso lo que necesita cualquier hinchada para copar un estadio. Se me ocurre ahora otro ejemplo similar, aunque de éste ya conocemos su final feliz e histórico: Boca Juniors modelo 2016.

Porque está muy bien la épica oral del hincha, el ardor de la pasión y eso de que “ganes o pierdas no me importa una mierda” y Francella confirmando en el cine que el amor por una camiseta es inextinto. Pero como esto es un juego deportivo, como los equipos están en competencia con otros tantos, como detrás de las instituciones hay personas, ideologías, representaciones sociales y relieve político (aunque se las quiere despolitizar), lxs hinchas necesitan de una identificación más profunda y racional que la pasión.

En Azul, Vélez encarna eso con detalle en las horas más inmediatas: la nervadura en ebullición de su hinchada se alimenta no sólo del privilegio invicto en la tabla, sino también del goce de poder disputar (lxs hinchas siempre jugamos) a la altura de las circunstancias el hermoso juego; de ganarse el reconocido como oponente de fuste -“hasta no hace muchos años, los rivales sabían que jugar con Vélez era ganar los puntos”, le dijo a quien suscribe un dirigente del club-; de lograr celebrar, a partir de ese calibre de juego, ante rivales que como un todo institucional, siempre fueron los grandes, los elegidos por la prensa, los poderosos, los que ya tenían la sonrisa asegurada al final de cada cuento dominguero. ¡Por eso va la gente de Vélez a la cancha! Y por eso -hay que trabajar mucho, por supuesto- podrían ir masivamente todas las hinchadas.


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