RELATOS DESDE EL ENCIERRO  

Diego

 

Por Matías Verna (*)

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”

(Pablo Neruda – Poeta Chileno).

En el pabellón N° 2 de la Unidad 7 de Azul había presos que trabajaban y estudiaban. Algunos quedaban allí hasta el momento de su libertad o bien podían retroceder casilleros por faltas de conducta y ser trasladados a otras cárceles, otros pabellones como el 1 y el 4 o bien acceder al pabellón 3 o al tercer piso considerado de autodisciplina, algo así como estar con la celda abierta un poco más, pero adentro del pabellón y tener un trabajo que te permita ver la calle hasta ahí para ir reinsertándote de a poquito.

Diego Nuñez, tenía 26 años, algunos más que los míos en los años de esta historia. Tenía pelo enrulado, estatura baja, la voz ronca y cuando hablaba te miraba de costado como esperando un ataque desde el otro lado.

Diego Nuñez no tenía visitas. Soy paria, decía.

Era de Morón y estaba enamorado de la clienta que todas las tardes miraba, con los pómulos empujando las rejas, ir hasta el almacén a comprar galletitas merengadas con una bici playera robada.

-¿Cómo sabe que es robada? pregunté (antes nos tratábamos de usted).

-No ve encargado que la bici es roja y abajo se ve la pintura negra?, respondía preguntando Diego Nuñez y se reía de su investigación. Y retrucaba -la pibita es como yo, riéndose con la cara y no con los dientes.

Los pabellones tenían 24 celdas y en el fondo las duchas colectivas, los inodoros, la humedad y el olor penetrante que los días francos me obligaban a sacarme la ropa afuera y luego entrar a mi casa.

Diego Nuñez era el encargado de limpiar el pabellón a cambio de estar la mayor parte del día con la celda desengomada. Repartía el pan. La comida. Intercedía con la autoridad ante cualquier conflicto y peleaba como un animal.

Muy pocas veces fue visto en sus riñas. Pero la que presencié en el patio de recreos tuvo más espectadores de seguridad que internos. El muro estaba abarrotado de guardiacárceles y jefes mirando pelear al dieguito, como lo llamaban los conocidos. La riña fue intensa contra “El Peladito” de Marcos Paz.

Diego Nuñez, movía las manos y las piernas con una velocidad increíble. Saltaba como una rana y en cada salto empuñaba el fierro filoso y lastimaba sin matar.

Sabía lo que hacía a pesar de las pastillas que a veces conseguía. Soportaba el aislamiento sin chistar y volvía a ocupar su lugar mientras el contrincante se recuperaba en el hospital y luego era trasladado a otra cárcel.

Una mañana a la salida del penal, en las frías piedras de la calle Aldaz, en la ciudad de Azul, sobre el rodado 26 de una playera robada, una joven llamada Camila me cruzó a pocos metros del almacén de Tito y me dio un papel doblado y pegado con boligoma sellado con un beso rosa donde estaba escrito el nombre de Diego con imprenta mayúscula y tinta azul trazo grueso.

Pasé las 48 horas de franco más ansioso que el destinatario. Llegué al trabajo un rato antes para darle la esquela a Diego Nuñez, me encargué del pabellón N° 2 y lo primero que hice fue ir hasta la celda 18 donde vivía el condenado a 7 años por robo calificado, portación de armas y otras cosas.

Corrí una cortinita improvisada que tapaba el pasa platos y lo llamé.
La celda estaba vacía y ni el colchón había quedado.

Sólo un frío helado dentro de la helada celda.

Miré lo que pude desde ahí y no había nada, sólo la pared pintada o calada con el nombre de Camila por todas partes.

Solo, en medio del pabellón, pregunté a quien quiera responderme por Nuñez. Sin asomar la cara, desde una celda cualquiera alguien sentenció – fue
encargado, ayer en el patio lo pusieron de atrás y no llegó ni a sanidad –
Levanté la mirada hacía la salida del pabellón y me fui en silencio prendiendo un cigarrillo mientras miraba la tablilla con los nombres de los habitantes de cada celda y la de Diego Nuñez vacía.

A veces, en una biblia que me regaló Miguel Rojas en la Unidad N° 2 de Sierra Chica, entre salmos y evangelios busco la carta que era para Diego Nuñez y me tiento de abrirla, pero dejo todo como está… por códigos.

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría. Recientemente presentó su séptimo libro titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos

 

 

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