OPINIÓN

Dolor e indignación

Escribe: María Liliana Christensen

“Confío en la razón como instrumento para hacer universales los valores civilizados y compruebo con humillación que no logra acabar ni con la peor miseria ni con los peores crímenes”. Fernando Savater – Política para Amador

Repasando los acontecimientos que vienen conmoviendo a los argentinos en las últimas semanas, agotada ya nuestra capacidad de asombro y admitiendo que es necesario mantener la mente fría para hacer una adecuada valoración de los hechos por todos conocidos, apelamos a la reflexión serena para sacar algunas conclusiones que resultan imprescindibles.

Cuesta encontrar, revisando la historia, un saqueo de estas proporciones realizado por un grupo de individuos que, burlando la ley y al amparo de la impunidad más escandalosa, llevara a cabo un vaciamiento de las arcas nacionales de manera planificada y sistemática despojando a los argentinos de los recursos que genuinamente les pertenecían.

Lo que estamos viendo en estos días, y que no hace más que confirmar las sospechas que muchos alentábamos desde hace largo tiempo y las denuncias que algunos periodistas y legisladores valientes habían materializado, es que asistimos a lo que bien se ha definido como el robo del siglo.

La sociedad que muchas veces toleró lo intolerable y que miró para otro lado cuando le resultó conveniente, tiene hoy la gran oportunidad de hacer un examen de conciencia y replantearse con honestidad lo que creo es la gran pregunta: ¿Cómo llegamos hasta aquí?.

La responsabilidad es insoslayable. Los presidentes que tuvimos los argentinos en los últimos años ganaron con nuestros votos; no hay que olvidarlo. El problema -suponiendo que hay un problema- no es el poder en la Argentina, sino la sociedad. Decía Tomás Abraham en un artículo publicado en Perfil el 26 de mayo de 2013: “También somos poder, y lo ejercemos con frecuencia. Nadie ejerce el poder político en nuestro país sin el apoyo de la sociedad civil, y no de un sector minoritario sino mayoritario de la ciudadanía”. Hablamos, claro, de gobiernos constitucionales. El considerarnos víctimas de cada gobierno caído o en decadencia, no nos exime de las responsabilidades aunque fuere por lo que hemos pensado y dicho, o no dicho. Y por lo que hemos hecho, o no hecho.

Hoy, cuando las imágenes que vienen del Sur nos golpean y la indignación nos parece una palabra insuficiente para expresar lo que sentimos, sería importante que pudiéramos reflexionar sobre lo que nos pasa y encontrar caminos de análisis crítico que nos permitan arribar al menos a algunas preguntas. Sería muy ambicioso aspirar a encontrar respuestas.

¿Qué pasó con esos recursos extraordinarios que generó en parte de esta última década el precio exorbitante de nuestras exportaciones al mundo? ¿Cuál es el correlato en términos de disminución de la pobreza, de aumento del empleo genuino, de mejoras en la calidad de la educación? ¿Cuál es el resultado que arroja un balance de más de diez años de supuesto “crecimiento con inclusión social”, cuando asistimos a una dura realidad que muestra a millones de personas que viven de aportes estatales? La mitad del país, o más, convertidos en asistidos sociales. ¿Villas miseria? Cada vez hay más y con más gente sin que se haya hecho nada para que se conviertan en lugares habitables en términos de salud y seguridad.  Es evidente que la política más redituable en términos electorales ha sido la asistencia y no el desarrollo sustentable.

¿Qué se ha hecho seriamente en estos años para combatir al narcotráfico que ha crecido de manera exponencial en nuestro país? Vía libre para los aeropuertos clandestinos, radares por instalar algún día que nunca llega, infiltración criminal en los estamentos de la sociedad que deberían estar ocupados en protegernos de esas mafias. Y los resultados a la vista, con las tragedias que cotidianamente presenciamos.

¿Qué decir de la situación de los jubilados, condenados a pobreza perpetua y con las últimas noticias que nos llegan desde el PAMI confirmando que además de la corrupción, la desidia y el despilfarro han sido los grandes flagelos de estos tiempos?

Los argentinos estamos consternados. Al derrumbe del relato se agrega la certeza de que, como muchos decíamos con insistencia, el Rey está desnudo. Las riquezas acumuladas por los inescrupulosos que convirtieron al Estado en un botín personal son inocultables. La verdad nos estalla ante los ojos y no hay modo – ya no- de mirar para otro lado.

El presente es duro, difícil. Algunos se acuerdan ahora de denunciar situaciones dramáticas que muchos venimos señalando desde hace tiempo. Duele observar que las peores penurias las padecen los sectores más vulnerables, los más desprotegidos, los que siempre pierden en este juego perverso de la política argentina que tiende a la repetición cíclica de su propia tragedia.

El robo del siglo, el brutal saqueo a las arcas del Estado en todas sus formas -aún las más burdas- se ha consumado. La justicia de los hombres, imperfecta y falible, ha empezado a dar pasos firmes; no sabemos adónde llegará. Pero el repudio del pueblo, la justicia divina y el veredicto de la Historia ya llegaron. Y son inapelables.

 

 

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