SUPLEMENTO ESPECIAL

DOMINADOS POR TU HECHIZO

Foto: Nicolas Murcia/Diario El Tiempo
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Foto: Nicolas Murcia/Diario El Tiempo

La presentación de Skay Beilinson en Unión y Progreso fue una nueva evidencia de la excelente salud musical de Los Fakires y una celebración masiva de un espíritu inagotable, ése que puede comer casi todo dolor.

 

Por Silvio Randazzo

(srandazzo@diarioeltiempo.com.ar)

 

En los albores del Siglo XIII, se dice (como se dice la Historia) que Temujin unificó a las poblaciones nómadas de la estepa euroasiática y los guió a la conquista del interior del continente “amarillo”, acciones imperiales que no obstante sus virtudes guerreras, trajeron aparejada la conjunción de distintas culturas de pueblos como los hunos, escitas, turcos, mongoles, sármatas y tártaros. Temujin es Genghis Khan, el emperador universal. El líder mongol es la metáfora en el tema número 18 de la lista que musicaliza la noche en el Unión y Progreso serrano, una letra que, a la vez, es metáfora, en parte, de una significación posible de lo que acontece con ese desgarbado guitarrista que destella su SG en la fría noche de Tandil.

Truena el Cielo y la Tierra con Los Fakires en escena; con rockero trajinar machacan el sofocante ambiente de un festín preparado de antemano. Skay ha vuelto a una ciudad. Debe ser una señal para los peregrinos, los nómades que hallan refugio por un rato en cada presentación de Eduardo Federico Beilinson.

De nuevo en suelo tandilense (probablemente después de 20 años, cuando con Los Redondos llegó a Tandil en pos de desojar la maloliente margarita que echó raíces tras la prohibición de Eseverri), esta vez no hay revancha que consumar, tampoco llueve y al cabo de dos décadas, el infierno de Luzbelito no se ha atemperado ni un ápice dado que “El engranaje de cristal” sigue haciendo que el mundo se mueva con la sagacidad suficiente como para invisibilizar razones varias.

El sexto disco desde 2002 es una suerte de excusa extra para la convocatoria en el estadio de básquet tandilense. Un álbum que le sienta muy bien a este quinteto en el vivo, donde se incinera (pero no se consume) como una brasa que es insuflada por la contundencia rotunda de un sonido dominado por guitarras, dos que se distinguen lo suficiente como para entramar una identidad única.

Un recinto estuvo colmado por más de 2000 personas, cifra que equivale a decir que las entradas se agotaron el viernes, un sold out que tuvo una pequeña excepción con unas decenas de tickets que se vendieron pocas horas antes del recital. Buena parte de la provincia aportó público a un show que, a partir de las 22.10, se extendió por alrededor de una hora y 40 minutos. Y si acaso fuera impuesto el ejercicio de la calificación al estilo ‘revista  de rock que marca tendencia y baja y sube pulgares’, habrá que decir entonces, sin temor al trémulo pudor por parecer exagerado, que lo de Skay el sábado 8 fue “Muy excelente”.

Hubo sucesión de continuidad entre “Black dog” de Zeppelin, el “Shoot to thrill” de AC/DC y el “Pride and joy” de Vaughan que sonaron previo a que las luces se apagaran y el “Arcano XIV” con el que la banda comenzó la fiesta. “Toca el corazón de Patricio Rey” se repitió a modo de mantra tribunero durante toda la noche, y ese corazón

 

ahora estaba allí, latiendo grañidos distorsionados ­-en una canción con las ya típicas reminiscencias arabescas que distinguen a Skay- y como si de un Yin y Yang se tratara, cantando que “Si vos sos la rosa, yo soy la espina/ Si vos sos la espina, yo soy el dolor”.

Brazo en alto del “Capitán”, golpes acelerados sobre el tambor de batería, agitación que comienzan a compartir las guitarras, palpitaciones colectivas que marcan el tiempo y “Arriba el telón”, corrimiento que nos deja ver una puesta en escena siniestra, costosa, en la que el poderoso y meticuloso director ha dispuesto papeles para todos. “Armagedón: luz, cámara, acción”. Sigue “Oda a la sin nombre”, como un gran gesto de no especulación respecto a los temas infaltables. El “Flaco” volvía a enrostrarnos que “Ella siempre viene detrás”, y uno podía poco más que pedir que “Ella” tuviera la paciencia suficiente, al menos, hasta el final de un show que pintaba para impecable.

Los Fakires (y puede que no sea el verbo más apropiado) funcionan como banda en muchos sentidos, al menos en el ejercicio escénico. La postal no es la del tipo célebre que ocupa el centro, bañado por millones de cenitales, relegando a sus contratados a un fondo de escena no del todo esclarecido. Tampoco hay una apropiación desmesurada de roles: Skay por momentos lleva adelante la rítmica, mientras Oscar Reyna o Javier Lecumberry, muñidos de cuerdas o teclas, pueden asumir un solo o un riff. “Ji ji ji”, que antecede al primer parate de la banda, es un ejemplo apropiado de ello, donde el icónico solo de viola corre por cuenta del “Lecu” en el teclado, emulando ese sonido filoso y el pulso de alarma detonada que desde 1986 te impulsa a correr a la deriva.

Antes de llegar a la canción de Oktubre, Skay nos había llevado a un lugar especial (“Ya lo sabés”), había presentado al autoproclamado rey de nuestro criterio (“Egotrip”) y, previo saludo “buenas noches, Tandil”, “El equilibrista”, tema de su más reciente disco, una canción que musicalmente fluctúa entre delicados lapsos de guitarra limpia y salpicaduras de teclado (como si apenas lloviera sobre el chaperío) y un blues arrastrado y plomizo, como dos versiones de Zeppelin en una misma canción. La letra (de Daniel Amiano) deja una idea que, en parte, nos da esperanza: “En los huecos que olvida la ciudad crece el placer”.

Las entradas se agotaron y esto deparó grandes desazones y algunos incidentes, una vez iniciado el recital, en la calle. No sirvieron de mucho algunos avisos en redes sociales sobre la inexistencia de remanentes de tickets. Cada cual probaba su suerte con tal de ingresar al gimnasio. Dentro del mismo, ese espectáculo fakir notorio avanzaba a baño María; el ambiente sofocaba y la multitud se condensaba a ritmo de rock y daba la bienvenida al grupo para la segunda parte.

Manteniendo el sombrero de ala y las lentes, Skay dejó en camarines su empapada remera marrón para calzarse una camisa con múltiples tonos también marrones. La SG seguía siendo el marcapasos de la noche. Sonó “Flores secas”, una de las canciones más entrañables de todo el repertorio solista de Beilinson, fundamentalmente para aquellos que forjamos sueños y pulseamos con frustraciones en los márgenes de la urbanidad, allí donde no hay neón y crecen flores en los muros.

“Otro tema de El engranaje”, anunció Skay y salió al ruedo una de la más “Redondas” gemas de su última parte de devenir en solitario, “La calle del limbo”. Claudio Quartero y “Topo” Espíndola conforman una base que destella méritos por la capacidad de respeto a la canción. Su desempeño es sobrio, ajustadísimo y muy funcional a un estilo donde, claramente, son las guitarras las que mayor protagonismo y libertad poseen. Bajista y baterista lucen tanto que, de momentos (quizá por el hechizo que genera Skay), uno no se da cuenta de esa significancia.

Una suerte de arreglos de cuerdas en manos de Lecumberry y reparto de solos de guitarra delinearon la escenografía de “En la fragua”, una suerte de claroscuro musical respecto de “El redentor secreto”. Cara a cara, como dos arqueros que esperan por un penal, Reyna y Skay comienzan la canción cuya letra toma todo el microrrelato del “Indian Antiquary I” (diario de investigación oriental), compilado junto con otros cuentos -en 1955- por Borges y Bioy Casares. El ciego corta el limón y los ogros son exterminados en Ceilán, y muchos de nosotros, transpirados como el que más, hubiéramos dado más que bastante por recibir la redención agria de un gajo de limón.

De los momentos más conmovedores de la noche fue “El fantasma del 5° piso”, canción del disco “La marca de Caín”, de 2007. Una perfecta combinación entre identidades musicales y las instancias que va describiendo la letra, un fantástico relato que presenta la ambigüedad entre lo que podría ser un trip de ácido en un cuarto de hotel y esa suerte de confirmación fáctica que se da al final de que no todo fue psicotrópico. Una atmósfera opresiva (bien nutrida por los teclados), la voz que susurra el episodio claustrofóbico del sujeto en la habitación y la realidad que es una anécdota. La guitarra de Skay que empieza abrir puestas para escapar de allí y finalmente salimos a la calle, mientras Reyna solea en clave slide.

Nos sobrevuelan las “Falenas en celo”, que consuman el amor pese a la inminente muerte que las seduce en las luces; despedimos al viejo Siglo XX en “Chico bomba” con una poderosa canción que pareciera haber sido concebida como soundtrack de una metalúrgica  (a Trent Reznor le agradaría), y nos arropa el torbellino de la Strato roja. “El pibe de los astilleros” versión Fakires reemplaza el saxo por el teclado de Lecumberry y deja en voz del público el final de alguna estrofa.

“Hermoso este reencuentro aquí en Tandil después de tanto tiempo. Así que…bueno, nos vemos en la próxima. ¡Gracias!”. Falso final de recital con una poderosa versión de ”Gengis Khan” -“A través del Mar de los Sargazos”/ 2002-, tema que inaugura, discográficamente hablando, la etapa solista del “Flaco”.

Los últimos 20 minutos son retomados con “Epílogo”, el instrumental que clausura “El engranaje de cristal”. El resto de la banda contempla cómo el guitarrista traza sobre el diapasón la hermosa y diáfana melodía. Si hasta las moscas refrenan el aleteo y lagrimean, quietas.

George Harrison y algo de Tom Petty podrían citarse como “musas” de “Quisiera llevarte”, tal vez el tema que más rápido caló del sexto álbum. Los cinco músicos vuelven a estar sitiados entre barrotes de luces multicolores, símil sistema de alarma de infrarrojo, como si de Misión Imposible se tratase. Aces iridiscentes que embellecen la minimalista puesta en escena.

Skay recupera el pulso tajantemente rockero para el par de gemas del final. “Lejos de casa”, del álbum “Dónde vas?” (2010), un autotributo dado su excesivo parecido inicial a “Nueva Roma”, con un final a altas revoluciones, extraído del libro de los finales de las canciones de rocanrol. “El sueño del jinete” pone fin al sueño de todos los que abarrotamos Unión y Progreso, el sueño de no querer despertar de ese momento. Casi dos horas donde cazamos sortilegios para liberarlos después, ya cuando la insensible cotidianidad nos exonera. Como el jinete que monta el brioso corcel, más de 2000 personas comunes que llegamos hasta Tandil deslumbrados por la señal de esa música que nos envalentona a recorrer los caminos para volverla a encontrar.

 

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