UN “NO” AL CIERRE DE FANAZUL

Duele Azul

Por Adriana Abadie (*)
 Las imágenes se multiplican en las redes sociales. El pueblo de Azul salió a la calle. Primero por la defensa de las fuentes de trabajo en FANAZUL. Apenas horas más tarde, por nuestro querido Hospital Materno Infantil. Y el estupor, y las palabras de dolor, tristeza e impotencia se suman, repican, golpean… sobre las almas y los cuerpos de quienes somos pueblo. Marchar como sinónimo de andar, como salir a buscar qué hacer juntos, porque no se encuentra eco en quienes se ha delegado la responsabilidad de administrarnos.
Se me ocurren cientos de anécdotas desde el lugar de ciudadana que ha visto pasar el mundo y ha estado ahí, para contarlo o transmitir lo que llega de su reflejo. Muchas están relacionadas con la labor periodística. En los once años que trabajé en el diario EL TIEMPO, siempre “el Materno”, como le decimos, estuvo en directa conexión con el quehacer de la comunidad. Pienso en las innumerables noticias que publicamos, reflejando el trabajo incesante de su Cooperadora, donde fueron una constante la transparencia y entrega de sus miembros, que donan horas a cambio de servicio desinteresado.
En lo que respecta al cuerpo profesional y administrativo, siempre se destacó la atención amable y cordial ante los requerimientos periodísticos: cómo comportarnos ante una situación de contagio, qué implicancias comunitarias y regionales tenía la adquisición de nueva aparatología, en qué consistían las capacitaciones en sus diferentes áreas. Hasta la forma de presentar los detalles cargados de color y que siempre hacen bien en las comunidades medianas y chicas como la nuestra: un video de los profesionales bailando una coreografía; qué niño o niña fue el primero que nació en cada año y cómo se encontraban mamá y bebé; cuándo se dieron partos múltiples, cómo se respondió ante un nacimiento que obligó a actuar sin improvisaciones en la vía pública. Siempre en positivo y trabajando con eficacia.
No puedo dejar de mencionar las veces que en la labor docente también hubo que trabajar en conexión con el Hospital Materno Infantil. Siempre abrieron puertas: atendiendo a la diversidad de situaciones que proponíamos desde los alumnos, las familias, los actores docentes y también desde los diferentes modos de abordaje que cada profesional ejerció, poniendo su impronta para mejorar las condiciones de los menores. Con mejores resultados, con intervenciones en proceso o que pudieron darse por acabadas. La respuesta siempre fue el trabajo, poner cuerpo y poner alma para alcanzar el bienestar de los niños y adolescentes.
¿Cómo entender que hoy no haya anestesistas en un hospital que viene dándolo todo? ¿Qué roles juegan hoy la provincia, los ministerios de Salud, la comuna? ¿Se oyen nuestros reclamos? ¿No los atraviesa la sensibilidad? ¿No se sienten parte de este abrazo? ¿Cómo mirar “desde afuera” todo esto, como si gestionar los transformase en otra especie ajena a la humana?
¿Cuándo fue que nos vaciaron? Que no nos roben la fortaleza ni la esperanza. Quiero seguir creyendo que, como escribiera Eduardo Galeano, tantos mares de fueguitos no pueden arder en vano. Acá estamos, esperando que la llama se encienda donde corresponde.
 
(*) Periodista y escritora

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