Ébola- El maletín ¿quién sabe por qué?

Por Adolfo Mirande – Especial para El Tiempo

-Algo terrible ha ocurrido con nuestro “bebé”(1), dijo al comunicador reservado, el agente científico k17, jefe del (CEAV). Centro Estatal de Armas Virales.

Al otro lado, el interlocutor de la Casa Blanca ya se temía lo peor.

-¿Un accidente?

-¡Sí!. Fuga importante del virus de Marburgo. Estoy aterrorizado.

-Espera. Ya sabes cuales son las reglas. Suspende ya mismo está comunicación. Mándame el maletín. Envíame un criptograma. No digas  nada más. No hagas nada mas, dijo el presidente de los Estados Unidos y se comunico con el Pentagono.

Inmediatamente ordeno línea directa con el Kremlin, con el 10 de Downing Street y con  el Palacio del Eliseo.

Y cuatro agentes recibían en poco tiempo cuatro maletines con orden terminante de entrega ultra secreta.

 

( 1 )Virus de Marburgo, gemelo del Ebola.

 

Cuando recuperó el conocimiento pasaron algunos momentos para que se ubicara en tiempo y espacio.

Era un agente experto y  estaba seguro  que el atentado era contra él y que había fracasado milagrosamente.

El espía ingles supo solo con mirarlo que su compañero circunstancial de la CIA estaba muerto.

Y no sabía lo que podría haber ocurrido con el francés porque no sabía que había también un francés.

Y lo mismo con el ruso.

La detonación había sido prevista para matar en el acto,  pero siempre hay peros cuando los resultados últimos dependen de la actividad humana, principalmente en detalles muy finos.

Y  esta operación pretendía ser muy fina, aunque no lo fue.

El cambio de posición casual de su cuerpo simultáneamente con el estallido no lo podía considerar un milagro pero si una reacción intuitiva paranormal en gente habituada a la amenaza permanente. Tal vez si y tal vez no. Quien lo sabe.

Los agentes de elite no eran creyentes de milagros pero si eran muy supersticiosos.

Y en su mundo de continuo alerta no era extraño encontrar a muchos de ellos con empedernida creencia de la posesión de poderes francamente supranormales que en muchas ocasiones les habían servido en momentos totalmente al límite de la probabilidad.

El agente al servicio de la reina no cuestionaba las órdenes sobre los objetos de los operativos y consideraba que la suya era una profesión y que los políticos tenían la propia.

Con el tiempo se había persuadido en forma clara y contundente de esa creencia.

Por eso que a pesar de las vueltas y contra vueltas, de las ordenes y contraordenes, de los ir y venir en esta misión del endiablado maletín, no se altero más de lo que se alteraba siempre.

Con el tiempo se había persuadido en forma clara y contundente de las bondades del silencio.

Muchas veces eran totalmente inentendibles dentro de su lógica, las abstrusas, rebuscadas y hasta aparentemente contradictorias decisiones de los estadistas.

Jamás indagaba en las causas y en los objetivos de las órdenes.

Nunca analizaba la nerviosa ansiedad de los hombres políticos ni la pronta reacción paranoica de los militares y tampoco la quisquillosa desconfianza de las corporaciones.

El colega de los espías llegó rápido donde el británico estaba herido y su compatriota de la CIA estaba muerto. El tema con el francés y el ruso ya estaba resuelto.

No volvería a fallar el hombre de la CIA.

El norteamericano le inyecto Solucion T 61 intracardia al herido y arranco los maletines de los brazos de ambos.

Antes que la droga terminara de matarlo el hombre de Inglaterra evoco a su familia y a su lejana niñez  sin espías y sin sicarios.

Recordó épocas mejores, tal vez mas románticas y con otros valores.

¿Por qué fue necesario que su colega muriera con él?

Bueno, el tenia su profesión y los políticos tenían la suya.

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