PARA SALIR DE LA DEGRADACIÓN ACTUAL

El Bicentenario y la apuesta a que la sociedad haga un “clic”

El presidente de la Nación en ocasión de pronunciar su discurso por el Bicentenario de la declaración de la Independencia.ARCHIVO/DYN
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El presidente de la Nación en ocasión de pronunciar su discurso por el Bicentenario de la declaración de la Independencia.ARCHIVO/DYN

Por Hugo E. Grimaldi / Agencia DyN

BUENOS AIRES – La Argentina toda ha celebrado el Bicentenario de 1816 con un dejo de pesadumbre por el crítico momento socioeconómico que está viviendo y con bastante preocupación también por el temor al cambio, a partir de desatar ciertas ataduras que vienen de arrastre y que conspiran con la necesidad de meter al país al menos en las mismas ligas en las que juegan sus vecinos más exitosos, proceso que, necesariamente, va a requerir un nuevo esfuerzo de independencia por parte de todos, el de las mentes. Desde lo formal, el de este año tan particular resultó ser un festejo muy sobrio, con cierto temor del Gobierno a que en las calles se produjeran incidentes o escraches, aunque bastante ambicioso a la hora de pedirle a los gobernadores actuales un compromiso “para el tercer siglo”. Es evidente que al folclore kirchnerista le salía mejor este tipo de fiestas, aunque es probable que, tapada por aquella vocación combinada de show y relato, ya desde el año 2010 se estaba incubando la actual situación, la misma que el presidente Mauricio Macri acaba de describir en su discurso como un “punto de partida especialmente difícil”.

La fotografía del hoy 

Nunca es bueno enmarcar los períodos históricos deteniéndose en la fotografía del hoy, sobre todo porque varias veces en los 200 años de independencia formal de la Argentina la montaña rusa fue para arriba, aunque fueron más las veces que las malas políticas se encargaron de revertir el sentido de la trayectoria.

Tan pobre presente sirve apenas para darle punto de partida a un nuevo ciclo que parte de un manifiesto envilecimiento, doblemente sazonado por muchos factores exógenos, algunos de nueva data como el narcotráfico, la explosiva inseguridad o la corrupción como método, pero también empujado por la mentalidad egoísta que han sabido amasar muchos argentinos.

Tampoco parece justo generalizar, pero esta imagen tan poco solidaria que enmarca el presente, lamentablemente refleja en promedio a una sociedad que ha bajado los brazos, que se muestra demasiado flaca en lo vital y que, defraudada por los dirigentes que la esquilman a diario, sólo pone su empeño en tapar los agujeros personales, a partir del ya popular y egoísta “sálvate a ti mismo”.

Es interesante reparar que lo que sucede por estas horas entre los dirigentes de la Asociación del Fútbol Argentino es nada menos que el triste espejo de aquello que le está pasando a nivel social a esta Argentina del Bicentenario. Las alegorías son muy sintomáticas: en ambos casos, la mayor parte de los involucrados se cuidan primero que nada la retaguardia personal, aun a costa de matar a la gallina de los huevos de oro con tal de sobrevivir y tratan de quedar posicionados para seguir aprovechando las ventajas que supieron conseguir. Aquello que el basquetbolista Luis Scola ha calificado como “catástrofe” en el caso del fútbol, está claro que le cabe a unos y a otros. Y cuando pide “reflexionar”, si se habla del país, dirigentes y dirigidos también deberían calzarse el sayo.

Una sociedad impaciente

A esta altura de la historia y ya desde lo práctico, el pensamiento promedio del conjunto social, impregnado por el facilismo que ha llovido demasiado seguido sobre la Argentina durante el último tercio de estos 200 años, parece haber olvidado de qué se trata el valor del trabajo que lleva a la inclusión, primero y a la movilidad social ascendente, después y que, con los años, se convierte en progreso. Así, junto a la educación que debe garantizar el Estado, se fue construyendo el país en muchas generaciones pasadas, evolución que otras, luego, fueron derrumbando hasta llegar a la degradación que lo acosa en la actualidad.

Hoy, ya no parece haber más paciencia en buena parte de la sociedad para ponerse a esperar los frutos. ¿Por qué? Son muchos años de desvaríos institucionales, políticos y económicos, al que el populismo de la última década le puso una frutilla arriba. Es en medio de este difícil cuadro de temores y de pérdida de convicciones por parte de muchos ciudadanos que Macri ha salido a hacer su discurso del 9 de Julio.

Y si bien el Presidente no dejó políticamente de lado la coyuntura (tarifas, docentes, la Justicia, alusión a “los que se han enfermado con el poder”) y de hacer alguna referencia bien precisa a la herencia, ha preferido hablar de valores, tales como la verdad, la responsabilidad, el compromiso, la solidaridad, el respeto, la paz y el diálogo.

El día anterior, desde Humahuaca, Macri había convocado a los argentinos a tener el “valor de unirnos a pesar de nuestras diferencias” y advertido que “ya no alcanza con echarle la culpa a otros sobre nuestros problemas”. De allí, su apelación al futuro frente a la Casa de Tucumán, a la que sumó su conocida invocación de predicador político con un “seamos protagonistas, tengamos fe de nuestra capacidad de crear y desarrollar”, al que ahora se le suma desde el Gobierno el adverbio “juntos” que será convertido en eslogan, de aquí en más.

Este trabajo en lo colectivo que ha pedido Macri ha ido muy de la mano con la apelación que viene haciendo el papa Francisco desde siempre, línea que retomó la Conferencia Episcopal Argentina y que puntualizó en el Tedeum monseñor Alfredo Zecca: diálogo y consenso, como en una familia. Al respecto, el Papa habló de la “Madre Patria”, por aquello de que la Argentina es como la madre, “no se vende”; el documento de los obispos se refirió al “encuentro fraterno entre los argentinos” y el arzobispo tucumano, aunque convocó a “mirar para adelante” y a “no ahondar la grieta”, tema que lleva inevitablemente a la corrupción, fue directo al punto con un diagnóstico: “el ideal de vivir la Argentina como una gran familia, donde la fraternidad, la solidaridad y el bien común incluyan a todos los que peregrinamos en su historia, está muy lejos de haberse alcanzado”, repicó.

Tensa relación con la Iglesia

Más allá de los siete meses que le corresponden a la responsabilidad del Presidente, la situación con la Iglesia aún está algo tensa, ya que se le sigue pidiendo al Gobierno una Mesa de Diálogo con todos, algo que desde la Casa Rosada no saben tampoco cómo satisfacer, pese a que Macri no dejó de mencionarlo en su discurso: “hemos aprendido a escucharnos y a dialogar más y emprendido el camino del progreso”, afirmó.

Desde el Gobierno dijeron en la semana que pasó que las resistencias a sentarse a conversar se registran primordialmente en el kirchnerismo más duro y al respecto, quedaron bien parados, ya que a la hora de rubricar el pomposo documento que se terminó firmando en Tucumán, letra testimonial pero poco operativa en lo inmediato, no estuvo presente Alicia Kirchner.

En cuanto al tema del diálogo, monseñor Zecca insistió ante Macri que los argentinos “tenemos ante nuestros ojos el desafío de comenzar el tercer centenario” en medio “del delicado equilibrio que debe haber entre verdad, diálogo y consenso. No hay consenso sino donde hay diálogo y no hay diálogo sino donde hay una verdad anterior y superior al diálogo, de la que nadie es dueño”.

Pero, además, hizo un punto que al Presidente no le debe haber desagradado nada, cuando dijo que hacer “de la libertad la piedra de toque de una sociedad verdaderamente pluralista y democrática”, aunque puso algunos límites a los desbordes cuando advirtió que “para ello, hemos de redescubrir el sentido de la Ley, de las instituciones, de la autoridad (que no es autoritarismo), del capital y del trabajo”.

MENSAJE PONTIFICIO ALUSIVO A LA FECHA

ARCHIVO/DYN

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Otra cercanía ideológica entre la Iglesia y el Gobierno se dio en el mensaje de esperanza que brindó Macri invitando a creer, en relación a parte de la carta que Francisco envió a los obispos. Casi con el mismo tono evangelizador que usa el Presidente, al estilo Martin Luther King, el Papa dijo allí que se necesitan “abuelos soñadores que empujen y jóvenes que -inspirados en esos mismos sueños- corran hacia adelante con la creatividad de la profecía”, citando al profeta Joel y a su referencia al juicio de Dios a las naciones y a sus comunidades.

El mensaje pontificio del Bicentenario se dirigió a los “argentinos más llagados”, en referencia a quienes sufren injusticias y dolores, “los enfermos, los que viven en la indigencia, los presos, los que se sienten solos, los que no tienen trabajo y pasan todo tipo de necesidad, los que son o fueron víctimas de la trata, del comercio humano y explotación de personas, los menores víctimas de abuso y tantos jóvenes que sufren el flagelo de la droga”.

Los actos del 9 de Julio dejaron por el fin de semana largo en una especie de cono de letargo los temas que sacuden a diario a la opinión pública, como fueron en los últimos días las denuncias de Elisa Carrió contra el jefe de Policía bonaerense que nombró la gobernadora María Eugenia Vidal, la llegada del Ibar Pérez Corradi a la Argentina más sus promesas de enchastre general, la presencia de la ex presidenta Cristina Fernández en los Tribunales, con embargos e inhibición de sus bienes incluidos y los múltiples casos que tienen a maltraer a diario a funcionarios del gobierno anterior.

Mientras tanto, el Papa no hizo comentarios sobre la corrupción, un tema que la Iglesia parece querer soslayar porque rozó a un dignatario de la Iglesia que “se cortaba solo”, tal como dijo monseñor Jorge Casaretto del fallecido obispo Rubén Di Monte. Por su parte, Macri expuso que “encontramos un país y un Estado muy castigado por la mentira y la corrupción, que nos sigue irritando todas las semanas”. Y en este sentido, ya se sabe que el dinero que se va por esa canaleta y que puede terminar volando por encima de las tapias de los conventos, no atiende el cuidado de aquellos males que marcó Francisco.

 

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