NOTA III: EL AZUL QUE CONOCIÓ ROBERTO ARLT

El caso de la habitación número 13

El subcomisario Ledesma, en la primera plana de El Régimen, el vespertino que lo denunció por corrupción de menores, entre otros delitos.La victoria final de El Régimen. El subcomisario, denunciado por el diario, se “retira” a una población alejada y “de castigo” de la provincia.Roberto Arlt, poco antes de emprender viaje hacia Azul. A su lado, de anteojos redondos, su amigo Conrado Nalé Roxlo, quien también mantuvo vínculos con nuestra ciudad y, especialmente, con EL TIEMPO, como desarrollaremos en un próximo artículo.
<
>
Roberto Arlt, poco antes de emprender viaje hacia Azul. A su lado, de anteojos redondos, su amigo Conrado Nalé Roxlo, quien también mantuvo vínculos con nuestra ciudad y, especialmente, con EL TIEMPO, como desarrollaremos en un próximo artículo.

A poco se arribar a nuestra ciudad el autor de El juguete rabioso y de comenzar a trabajar en la Redacción del vespertino El Régimen, en 1927 la sociedad azuleña enfrentó un escabroso asunto. El poder político y judicial fue severamente cuestionado. Ostracismo al lejano Juan N. Fernández.

 

Escribe: Marcial Luna

lunasche@yahoo.com

 

Una noche de hotel. Una cena regada con Pinot, cigarros y, como al pasar, una tortilla al Ron. Unas cuantas horas lujuriosas en la habitación número 13 de una posada céntrica de la ciudad de Azul, en pleno invierno de 1927. Pudo ser sólo eso, una historia más, de las innumerables que acopia la sociedad azuleña.

Pero no lo fue.

Desde mediados de julio, el escritor y periodista Roberto Arlt estaba integrado a la Redacción del diario El Régimen. Había llegado para cumplir un reemplazo, por la temporal ausencia del redactor Enrique Pérez (ver ediciones 11 enero y 26 febrero 2017).

En la portada del viernes 22 de julio, cuatro días antes de que Arlt iniciara su serie Impresiones de un porteño en el Azul (publicada del 26 al 30 de julio de 1927), el periódico dirigido por Jorge Elizagaray denunció que, en Cacharí, el subcomisario a cargo de la delegación policial había raptado a una menor y, en un viaje hacia la cabecera de distrito, se había hospedado con ella en un hotel.

La acusación, entonces, fue directa: corrupción y rapto de una menor de edad.

 

El fango   

 

“La delincuencia policial”, tituló en su portada El Régimen el 22 de julio de 1927. Los azuleños, ese día, se conmocionaron.

Los términos del artículo, naturalmente, fueron rigurosos desde el encabezamiento: “Hemos afirmado hasta el cansancio, con denuncias concretas que implican asumir la responsabilidad de los hechos, que el organismo policial de Buenos Aires es, dentro del engranaje social de nuestra Provincia, un atentado a la moral, a la decencia, a las buenas costumbres.”

Y, enseguida, el diario arremetió: “Nos vemos en la desgraciada situación de denunciar un hecho ocurrido en Cacharí, suceso extraordinario que por sus proyecciones delictuosas pone de manifiesto cuán turbia es la idiosincrasia de ciertos empleados policiales.”

La historia, que había comenzado a exponer el vespertino, era una muestra cabal del “fango de la delincuencia oficializada”, tal como definió el diario.

Con idéntico énfasis, El Régimen fue perfilando cómo era este individuo que había llegado al principal titular de tapa. “Pedro Ledesma, valentón del pueblo, traficante de coimas […] no está solo”, sino que se lo observaba conviviendo a diario “con pillos y tahúres.”

 

El caso 

 

“En la consumación de ese delito, que pone al descubierto las facetas innobles de su vida crapulosa y su temperamento de fronterizo carcelario, [Ledesma] no está solo. Pero hay en ese delito, más grave que la complicidad […] que el tráfico de coimas y el negocio de fugas fantásticas, un crimen de lesa moral, un delito obscuro: el de la corrupción de menores”. Enseguida, se lo catalogó al subcomisario como un “pobre esclavo de sus bajas pasiones.”

El Régimen detalló algunos aspectos del caso, hasta donde el pudor le permitió. “La menor […] su víctima, ha sido corrompida y raptada de su hogar, un pobre hogar, donde [existe] ausencia de hombres, es huérfana [sólo su padre había fallecido.] Ante el espectáculo de esa criatura arrancada en plena flor de vida [del] hogar, ante este vendaval salvaje que pareciera proclamar el reinado del mal y la bancarrota de principios y conceptos morales fundamentales, es necesario que la voz de la justicia se haga oír”, denunció el diario azuleño en el que trabajaba Roberto Arlt, en el invierno de 1927.

El lunes 25, mientras Arlt tenía en preparación su primer artículo de la serie Impresiones de un porteño en el Azul, publicado al día siguiente, se acusó no sólo al subcomisario Ledesma, sino a los “caudillos políticos” de Cacharí, por su evidente “maquiavelismo” al tolerar “con su indiferencia esos atentados a la moral”.

En El Imparcial del 27 de julio, la madre de la menor, María H. de Mirabelli, firmó una carta en la cual negó las acusaciones que hiciera El Régimen. Este rotativo, en la edición del día 28, profundizó su investigación. Informó que una noche, el 11 de julio anterior, el subcomisario Ledesma “en un Hotel de esta ciudad [Azul] y en la pieza número 13, festejaba su triunfo ‘donjuanesco’ brindando a su dama [la niña] la oportunidad de una tortilla ‘quemada’ al rhon.” [Se respeta la grafía de la época].

El Régimen tenía elementos suficientes para arremeter contra el policía acusado. En la misma edición informó que “quien obligó al subcomisario Ledesma a devolverla [a la menor] a su hogar, fue nuestro corresponsal. Interrogada la ‘madre’ [sobre] dónde estaba su hija, repuso que se la habían robado.”

 

30 con 40

 

Le llovieron amenazas a la Redacción de El Régimen, mientras Roberto Arlt continuó publicando su serie de Impresiones. El viernes 29 de julio de 1927 el vespertino publicó el resultado de su investigación en el hotel y, ciertamente, protegió la fuente informativa.  “Hospedándose en un Hotel de la ciudad […] el subcomisario Ledesma abonó la siguiente factura: Día 11 de julio. Subcomisario Ledesma. Pieza número 13; 2 vermouths 0.80; 3 almuerzos $ 6 (la menor quedó en la pieza número 13); 1 Pinot y 1/2 Piazza [sic] $ 3; 1/2 Pinot $ 1,20; 1 tortilla al rhon $ 4; 3 cigarros 1.20; 1 Pinot 2.20; 1 tortilla $ 1; 4 cenas $ 8; 4 camas $ 8 – Total $ 30,40.”

El diario confirmó que Ledesma, para despistar, ocupó camas como si dos parejas se hubieren hospedado. De allí las cuatro cenas o, más exactamente, cuatro comensales. Quedaron involucrados por este hecho, además de Ledesma, un agente de la Subcomisaría Cacharí y su esposa, por darle el “visto bueno” a su jefe para llevar a cabo su plan,

El vespertino azuleño arremetió contra el sistema judicial, puesto que, a pesar de las denuncias publicadas, no se había iniciado la actuación penal. Por ello, tituló el sábado 30 de julio de 1927: “Frente a la delincuencia policial el silencio de la justicia del Crimen, señala la corrupción institucional de Buenos Aires.”

A modo de editorial, planteó: “El relajamiento y la degradación que caracteriza a la mayoría de los funcionarios policiales de Buenos Aires, adquiere en el caso del subcomisario de Cacharí, Pedro Ledesma, los contornos típicos que señalan la corrupción de una época de difícil superación en el primer Estado argentino.”

De la misma manera, continuó profundizando en el entorno del funcionario policial. Ese día 30, en primera plana, El Régimen afirmó de Ledesma: “Su vida de disipación entre las mujerzuelas y figones del lugar lo señalan a la consideración del savalaje de Cacharí [sic] como el ‘as’ de los ‘ases’. Su actuación [es] destacada en los antros del vicio.”

En la edición del lunes 1 de agosto de 1927, el diario, lisa y llanamente, llamó a la Justicia a “retirar del servicio al subcomisario Ledesma.” Valoró la institución policial, pero apuntó que un organismo que tiene por misión garantizar la seguridad de los habitantes, no podía contar entre sus filas con un funcionario, como era el caso del subcomisario Ledesma, que violaba todas y cada una de las normas y leyes vigentes en ese momento. Inclusive, las propiciaba. Y El Régimen no sólo se refirió al caso de la niña menor de edad.

 

Malandrines 

 

El seguimiento del caso Ledesma se extendió más de siete meses. Aunque, entre el 20 y el 28 de enero de 1928 los acontecimientos recobraron el vértigo del principio.

El 20 de enero, El Régimen publicó una denuncia que sacudió a la adormilada ciudad: “A los caudillos políticos y a los jueces de Azul debemos la depravación del subcomisario Pedro Ledesma”.

En este caso, se agudizaron las acusaciones en torno a lo que ocurría en la Subcomisaría Cacharí, comenzando por el propio titular. La descripción, esta vez, se profundizó: “Rodeado de una cohorte de malandrines, fomentado en sus depravaciones por algunos entes que no debieran gastar ciertos apellidos honorables, familiarizado con individuos de la más baja ralea, consuetudinarios del hampa […] ya no le queda desmán por cometer a este traficante de blancas.” Los hechos delictivos endilgados a Ledesma, pues, se acrecentaron.

La denuncia periodística había recobrado vigor y, desde el orden legal, algo había que hacer. Y se hizo, aunque… El 21 de enero de 1928, se conoció la noticia de la presencia de un policía sumariante para el caso del Subcomisario. Pero El Régimen había realizado ya sus indagaciones, intuyendo lo que podría ocurrir en Cacharí. Por ello, ese día 21, el título apuntó hacia el nuevo problema: “El sumario que se instruye a Ledesma tendrá una virtud: demostrar su íntima amistad con el sumariante.”

El sumariante no era otro que el comisario de Policía de Azul, Carlos F. Sisto. El diario afirmó que el sumario anunciado “es una farsa que ya pasa o sobrepasa los límites de lo tolerable.”

Y, además, planteó un interrogante: “¿Cómo es posible que la Jefatura [de Policía] ordene la instrucción de un sumario y que éste esté a cargo precisamente de un funcionario que, como [Sisto] ha tolerado en silencio todos los desmanes y pillerías de un sujeto [subcomisario Ledesma] que es su subordinado?”.

Denunció, además, que el comisario Sisto era un usual concurrente a las partidas de tabas (prohibidas entonces, porque en ellas se jugaba por dinero), que organizaba el propio subcomisario Ledesma, en Cacharí.

 

El destierro

 

Un comerciante cachariense, propietario de la firma C. Eguizabal y Cía, había denunciado a Ledesma por sus “atropellos” y, por toda respuesta, desde la repartición policial, en la madrugada del 19 de enero, acribillaron a balazos su surtidor Texaco, además de “decorarlo” con algunos garrotazos.

Eguizabal, ese mismo día, escribió una carta de denuncia a La Plata, dirigida a la Jefatura central de la Policía. Le apuntó, directamente, al subcomisario Ledesma.

En primera plana, el 23 de enero, El Régimen confirmó su anticipo: “Estaba escrito: eran íntimos amigos.” Sisto fue retirado del sumario y, desde La Plata, se tomaron las riendas del caso.

1928 comenzaba, pero su primer mes llegaba a su fin.

El día 27, El Régimen anunció el destierro del subcomisario Ledesma de Cacharí: “Todo ha terminado. Pedro Ledesma se va con el bagaje enorme, formidable, brutal, espantoso, estupendo de su cinismo insuperable. Nunca jamás la institución policial podrá ostentar un individuo de la catadura moral de éste.”

Con una maleta a la rastra y con rumbo al alejado destino (por entonces) de Juan N. Fernández, se produjo, ese 27 de enero, el ostracismo de Ledesma. El diario aseguró que ese día, en Cacharí, empezó a respirarse otro aire.

Ciertamente, el vespertino, aunque con la satisfacción de no haber cedido en la investigación del “caso Ledesma”, tampoco se relajó. El 1 de febrero tituló, en primera plana, su nuevo objetivo periodístico: “La coima también interviene en descrédito público de nuestro Departamento Judicial”.

Pero, esa es otra historia.


EL TRÁNSITO EN 1927

Aunque han transcurrido noventa años, ni más ni menos, algunas de las problemáticas de la ciudad de Azul se mantienen inalterables. Un artículo de El Imparcial (30 julio, p.1) es elocuente. “La impresión que causa la organización del tráfico de nuestra ciudad es de lo más penosa. Reina la mayor anarquía, a pesar de que existen ordenanzas municipales tan bien intencionadas como mal cumplidas […]”.

En tanto, el Diario del Pueblo (26 julio 1927, p.1), ya había expuesto en una columna su preocupación por los menores al volante: “Siempre se ha repetido que los menores automovilistas son todo un peligro conduciendo vehículos por nuestras calles, pues no solamente constituyen un peligro para el tráfico sino para sí propios.”


 

CAMBIOS EDUCATIVOS

El 29 de julio de 1927, El Imparcial publicó en primera plana un “suelto” al que tituló Quosque tándem? [latín: ¿Hasta cuándo abusarás?].

El diario cuestionó, evidentemente, lo que viene a resultar una antigua manía en el área Educación de los gobiernos: “Que Dios, la Santa Iglesia y el Papa nos perdonen el latinajo, pero no se nos ocurre otra cosa frente a la amenaza de una nueva reforma en la enseñanza secundaria. Ya es tiempo de que se ponga un poco de calma en la inquietud permanente de hacer los planes de estudios sin mayor cuidado, pues a cada rato se le encuentran defectos. La juventud requiere que se la deje en paz y no se haga con ella lo que el hombre de laboratorio suele hacer con los conejillos de la India.”


 

DE VIDA LICENCIOSA

“A medida que se desarrolla el progreso de nuestra ciudad, van volcándose y germinando en el ambiente todos los vicios propios de los grandes centros de población”, sentenció El Imparcial (26 julio 1927, p.1).

Expuso que, “a la difusión de los alcaloides”, había que “agregar hoy un espectáculo muy poco edificante y que es el índice que señala la existencia de otra lacra social, que hoy es fácil perseguir y eliminar, pues recién está en sus albores, podemos decir, comparada con otros vicios y con otras ciudades de la importancia del Azul. Nos referimos a las mujeres que recorren las calles de la ciudad, ofreciendo su carne al mejor postor o a aquel ingenuo que cae en las redes de esas mujeres que empañan por su modo de vestir y acicalamiento.”

La descripción del caso: “En el Azul, hay de esa clase de mujeres. Los días festivos y al atardecer se las ve por las calles centrales buscando el candidato, a quien embaucan con la sonrisa o la guiñada de ojo, hasta que consiguen atraparlo. Estas mujeres son ya conocidas, y si bien es cierto que su número es reducido, esto no debe ser motivo de indiferencia […] Esas mujeres de vida licenciosa, tiene sus ‘chuzones’, es decir, el hombre que las obliga a ejercer la prostitución en la forma expuesta, forma cómoda y fácil de tener en el bolsillo algunos pesos con que vestirse bien y costearse los ‘vicios’ y distracciones, mientras la mujer que ha caído en sus garras, en el camino de la vida licenciosa, se hunde más y más, hasta que queda convertida en un despojo humano con vida.”

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *