ASPECTOS DEL TRABAJO PERIODÍSTICO DE JUAN MIGUEL OYHANARTE

El cronista del pueblo

 

El periodista Juan Miguel Oyhanarte cruza la calle Burgos, camino al diario El Tiempo. Sostuvo la sección “Baldosas Flojas” durante más de sesenta años.FOTO DE MARTÍN LABORDA
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El periodista Juan Miguel Oyhanarte cruza la calle Burgos, camino al diario El Tiempo. Sostuvo la sección “Baldosas Flojas” durante más de sesenta años.FOTO DE MARTÍN LABORDA

Escribe: Marcial Luna – Especial para El Tiempo

A través de la lectura de los artículos de Juan Miguel Oyhanarte pueden descubrirse múltiples aspectos; en este sentido, lo que se desprende de ellos –fundamentalmente– es una natural y, por lo mismo, espontánea filantropía, además del carácter informativo.

Puede afirmarse, en consecuencia, que fue una de las características destacadas de la obra periodística del creador de la sección “Baldosas Flojas” del matutino El Tiempo, nada menos que desde la década del cuarenta del siglo pasado.

Y una característica destacada, además, porque fue permanente: corrió a la par de la sección durante más de sesenta años. ¿Cuántos periodistas lograron sostener sus columnas tanto tiempo? Aún más: ¿cuántos diarios en nuestro país pueden exponer con orgullo la existencia de una columna periodística que se desarrolló durante más de seis décadas ininterrumpidas?

En un contexto mundial dominado por una bestia bifronte encaminada hacia la autodestrucción y mientras comenzaba a edificarse desde las potencias centrales un formato periodístico sobre la base del resentimiento, el odio, la crítica vengativa más que constructiva, al iniciarse como periodista Oyhanarte resistió esos embates y, con abnegación, fue demostrando que otro tipo de periodismo era posible.

Pueblo y cultura 

Con sus escritos, Juan Miguel Oyhanarte –nacido hace noventa años en esta ciudad– buscó producir el cambio que condujera a mejorar el Azul que él tanto amó, y por eso mismo –sin perder racionalidad– criticó en el momento exacto, y con las palabras más justas y precisas que encontró con cada golpe de tecla.

¿Es necesario ejemplificar esto que aquí se afirma? Pues bien: desaprobó constantemente a aquellos padres que no enviaron a sus hijos a la escuela y, por el contrario, permitieron despreocupadamente que vagaran por la calle. En ese mismo contexto, enarboló la bandera de la lectura como baluarte humanístico; pero una lectura desde el hogar, desde la propia familia, porque Oyhanarte estaba convencido que no todo podía desligarse en la escuela, ni la familia eximirse del tema vital de la formación de sus niños. Mientras que para el conjunto social de la segunda posguerra bastaba con lograr el ascenso social y económico, para Oyhanarte el asunto empezaba por el ascenso moral y el enaltecimiento de la dignidad humana, cuestiones que se apuntalaban en la familia y en la educación. En ese contexto, entonces, la lectura como conocimiento, adquiría un rasgo fundamental.

Por eso, aferrado a esa convicción, el creador de las “Baldosas Flojas” escribió:

“Hay pequeñas grandes cosas que ningún padre debería olvidar, y entre ellas figura la formación de la modesta biblioteca del hijo. No importa el mueble, no importa la cantidad de libros que contenga. Lo importante es que ella exista en el hogar, y que el hijo pase algunos ratos con sus libros. Con tan fácil recurso, adquiere el niño o niña una más alta jerarquía social, se eleva, se dignifica, se distingue, tiene señalado un porvenir más amplio y luminoso. Todos los padres pueden, con poco sacrificio, realizar esta obra. Los resultados se notan de inmediato y perduran después toda la vida. Si los padres que leen estas líneas no han cumplido todavía ese deber que la actualidad impone, los invitamos a cumplirlo hoy mismo. El dinero gastado les dará más gusto y provecho del que se imaginan. Esta es una de aquellas cosas que parecen sin mayor importancia y que no obstante tienen singular trascendencia”. (El Tiempo, 21.VIII.1954).

Del mismo modo, Juan Miguel Oyhanarte enfrentó tanto a las dictaduras militares –apuntaladas por civiles– como a gobiernos constitucionales que adquirían fácilmente rasgos autoritarios, toda vez que la censura fue la herramienta esgrimida para aniquilar la posibilidad del conocimiento.

¿Es necesario ejemplificar por segunda vez? Es posible hacerlo, a través de la siguiente “baldosa” escrita por Oyhanarte:

“Por una resolución emanada del Ministerio de Educación bonaerense, se exhorta a las autoridades de las bibliotecas públicas de nuestra provincia, acogidas al régimen de la ley 4688, a que extremen las medidas tendientes a evitar la circulación entre los niños y adolescentes, de libros cuyo contenido atente contra los principios de la actual enseñanza. Incluye, asimismo, a los que deformen el concepto cabal de la Patria, su historia, soberanía política, independencia económica, o desnaturalicen los postulados de la Doctrina Nacional que tiende a conformar una cultura de contenido popular, humanista y cristiano, objetivo fundamental […] del capítulo quinto del segundo plan quinquenal. A primera vista e interpretando la noticia con el concepto general que merece una biblioteca pública, donde van a nutrir su saber seres de todos los credos […] se trata de una disposición muy de acuerdo con las nuevas prácticas impuestas pero que encierra un propósito restrictivo de indudable peligro, pues en su apariencia se presenta como una barrera que podría llegar a obstaculizar el libre desarrollo de las ciencias que el Estado protege y fomenta. Como no debe haber en todo el mundo libre una sola biblioteca pública cuyos libros estén dispuestos para difundir exclusivamente el contenido de una determinada orientación en cualquier orden de la vida humana, es lógico que abriguemos temores acerca de la resolución que se ha decretado. Es infinito el número de libros del presente y de muchos años atrás que fueron escritos para arrojar luz sobre los puntos obscuros de una doctrina política o social, para robustecer la ciencia universal y sembrar nuevos conocimientos que enfrentados a error o al engaño provocarán el chispazo necesario para orientarnos por el camino que más convenga a las expansiones del cerebro y el espíritu. Esto, desde el punto de vista intocable de la libertad de pensar, que creemos nunca será menospreciada porque a los argentinos nos ha costado mucha sangre conquistar ese derecho inalienable. Los adolescentes de hoy, siguiendo el ritmo incontenible del progreso, profundizan, junto a los mayores, en la lectura que escogen para alimentar su inteligencia. No es cuestión entonces de retirar del alcance de su mano los libros en que ellos buscan el roce de las ideas para elegir la dotada de más sanos principios, la que les señale su instinto republicano”. (El Tiempo, 17.V.1953).

Marca registrada

Es posible sostener que las firmes convicciones en la constancia de un trabajo realizado durante más de sesenta años ha sido, sin duda en el caso del periodista Juan Miguel Oyhanarte, otra de sus marcas registradas, junto con aquella singular viñeta del hombrecito enfurruñado que, con ansias, cientos de lectores del periódico buscaron día a día para “desayunarse” de algunos episodios que, por lo general, no aparecían entre el formato normal de noticias o ni siquiera, muchas veces, en la agenda diaria de los medios de comunicación. Tampoco debe entenderse esto –o encuadrarse– en el contexto banal de “primicia” periodística –a la que tanto aborrecía Oyhanarte porque a menudo conducía a un apresuramiento y éste, a su vez, al error–, sino más bien como una manera diferente de hablarle al pueblo, a la comunidad, no sólo al lector más fiel de la sección “Baldosas Flojas”.

Ahora bien: Oyhanarte detestó hablar de sí mismo –…y ni pensar en una “autobiografía”…–, y del mismo modo se sintió molesto cuando algún cronista le propuso escribir una serie de artículos que lo tuviesen a él, al decano de los periodistas azuleños, como protagonista, con sus memorias y experiencias. ¿Cómo hacerlo, entonces, sin contrariar esa voluntad personal, tan sincera como loable?

Portada del libro donde Marcial Luna repasa las crónicas de Juan Miguel Oyhanarte.

Portada del libro donde Marcial Luna repasa las crónicas de Juan Miguel Oyhanarte.

Después de algún tiempo y respetando por siempre su memoria, el autor de este artículo encontró una fórmula: así nació el proyecto “Salpicones de madrugada” (subtítulo utilizado en la columna periodística), el próximo libro que estará dedicado a la obra periodística de Juan Miguel Oyhanarte en el período 1943-2003 a través, fundamentalmente, de la sección “Baldosas flojas” y muchos otros de sus escritos que, en el proceso de investigación, se han ido descubriendo; o “redescubriendo”, puesto que se trata de material que ha sido publicado, en la mayoría de los casos.

¿Qué mejor forma de dedicar un estudio –histórico, periodístico– sobre Juan Miguel Oyhanarte que referirnos a su trabajo como lo que verdaderamente fue, el cronista del pueblo?

¿Qué mejor manera de dejar asentado –mucho más en la sociedad actual, con algunos de sus valores seriamente trastocados– que hace un tiempo, no muy lejano, el trabajo de un periodista no fue doblegado ni por la corrupción, ni los golpes de Estado, pero tampoco por la banalidad ni cualquiera de las miserias que el ser humano diseñó para contaminar a su propia especie?

Los ejemplos mencionados en este artículo son dos, fundamentales y elocuentes, sí, pero no únicos, de los cuantiosos hallados a lo largo del estudio que se plasmará próximamente en formato libro. Porque, en el contexto de la filantropía que se mencionó al inicio de este artículo –y al referirnos a Juan Miguel Oyhanarte–, ese libro no sólo significará un homenaje al periodista, sino también una suerte de ofrenda a la propia ciudad de Azul, a través de la memoria de seis décadas de trabajo de ese periodista que bregó por lo mejor para su pueblo, con constancia y honestidad a través de su actividad diaria.

Anticipos

Asombrará, por cierto, entre las décadas del cuarenta y del sesenta, cuando nadie hablaba por entonces de “cuidado” o “preservación del medio ambiente”, la “igualdad de género”, “protección del animal” o la movilización “ni una menos”, por ejemplo, cómo estas temáticas, aunque con diferentes denominaciones, estuvieron presentes en la pluma de Oyhanarte, tanto en las “Baldosas Flojas” como en otras secciones que sostuvo, pacientemente.

Es, probablemente, su raigambre socialista junto con el bagaje cultural heredado de su padre –el tipógrafo y periodista socialista Dionisio Oyhanarte, redactor de El Régimen y Diario del Pueblo, entre muchos otros– los que lo terminaron moldeando con firmes convicciones y valores solidificados que no le hicieron perder el Norte. Porque esa filantropía que se mencionó antes, no sólo se visualizó en los textos periodísticos, sino en el propio accionar.

¿Cuántas instituciones de Azul recibieron directamente la colaboración y soporte de Juan Miguel Oyhanarte? Colaboración creativa y la que supone “poner el hombro” más que “los morlacos” (como él mencionó a veces al dinero, por ser “principio de muchos males” del mundo y del hombre, ya que siempre recordó que una de las acepciones refería como morlacos a antiguos remeros que recibían una paga por dedicarse al contrabando, inclusive de personas…). Así, clubes deportivos y sociales, teatros, cines, espacios culturales, movimientos artísticos, organizaciones sindicales de base, entre otras instituciones o manifestaciones de la comunidad lo contaron a Juan Miguel Oyhanarte como adherente, emprendedor o apuntalador constante.

La esencia de todo esto está en el principio mismo, en el caso de Oyhanarte. Un tiempo después de la aparición de “Baldosas Flojas” como sección fija del diario, incluyó junto a la viñeta del hombrecito enfurruñado, el lema que ratificó el sentido de su columna diaria: “La labor periodística, cuando se cumple de corazón, no es una actividad susceptible de cotizaciones ni estimaciones materiales. Sólo tiene el precio incalculable de la satisfacción íntima del deber cumplido y de las vocaciones realizadas”.

No se trató simplemente de un lema. Oyhanarte ejerció el periodismo con esta convicción desde sus inicios en la actividad, cuando aún estallaban las bombas de la Segunda Guerra Mundial. No lo concibió de otra manera: para él, no podía existir verdadero periodismo si no se cumplía estrictamente este principio que incorporó como lema en su columna diaria.

No sólo fue un periodista más. Juan Miguel Oyhanarte fue quien registró buena parte de las angustias y necesidades de su pueblo, las tradujo en centenares de “baldosas flojas” durante más de sesenta años en las páginas de este diario, que hoy lo recuerda. Pero también fue quien destacó méritos y triunfos de sus conciudadanos, sin hacer ningún tipo de discriminación. Representó a una estirpe de redactores que, atravesada por el vértigo de los adelantos tecnológicos y el desarrollo aún más masivo de los medios de comunicación, en el tiempo actual es difícil de hallar. Por esto y por muchos otros aspectos que se verán reflejados en el próximo Salpicones de madrugada, es posible afirmar que Juan Miguel Oyhanarte ocupó el lugar que su trabajo, tan íntegro como desinteresado, le permitió alcanzar: el de cronista de su pueblo.

 

 

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