El duelo, duele…

Maria Emilia BaldiniPor María Emilia Baldini (*)


Cuando un paciente llega al consultorio atravesando un proceso de duelo y  entre líneas su pedido es  “quíteme este insoportable dolor de una vez” o  “haga que esta pérdida no haya sucedido”, mi respuesta es que, lamentablemente, nadie va a poder ayudarlo en eso.  Por supuesto, un espacio psicoanalítico puede acompañarlo saludablemente en el proceso, pero no evitar un sufrimiento que en sí mismo es inevitable.

“…El duelo es por regla general, la reacción frente a la perdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc…” (S. Freud, 1915). El duelo entonces, es un proceso psíquico que ocurre ante la pérdida de un ser amado o de un proyecto u ideal, que requiere para su elaboración -en principio e ineludiblemente-  tiempo y un gran trabajo psíquico.  

La etimología del término “duelo” se origina en dos raíces latinas: “dolus” y “duellum”; la primera hace referencia al dolor, mientras que la segunda remite a la idea de desafío que entraña el hecho de “retar a duelo”.  Podemos pensar que el duelo supone un desafío hacía la propia estructura psíquica del sujeto.

Desde una perspectiva psicoanalítica, el duelo es un proceso psíquico saludable y necesario para poder afrontar las situaciones de pérdida.  Estructuralmente, todas las personas hemos atravesado diversas pérdidas que son propias del crecimiento. Esto ocurre por ejemplo, en la etapa adolescente, en donde la necesidad de perder la posición infantil en relación a los padres así como los cambios corporales que se suceden,  generan vivencias de duelo necesarias de afrontar.

Pero cuando se habla estrictamente del duelo como proceso específico a partir de la pérdida de un ser querido o ideal, dicho trabajo requerirá un llamativo consumo de energía y tiempo. Es importante pensar que ese tiempo no es el tiempo cronológico o del reloj, sino el tiempo subjetivo de cada quién. Un proceso de duelo no es algo “express” o “ya”; requiere,   por el contrario, una temporalidad singular. Hecho que en la modalidades  sociales actuales de la inmediatez, del estar “feliz las 24 horas” y donde la espera no es fácilmente tolerada ni valorada, puede generar falsas expectativas.

A grandes rasgos, pueden distinguirse tres tiempos de duración variable en un proceso de duelo: un primer tiempo de negación, en donde el impacto de la pérdida es tal que acompaña a esto una vivencia de “esto no puede haber sucedido”, de incredulidad. Paulatinamente, adviene un tiempo de duelo, en donde aparece mayor angustia, enojo, recuerdos  persistentes, cansancio, desinterés por el mundo exterior, etc. Y finalmente un tiempo de  aceptación, en donde ese dolor agudo va calmando, deviniendo en tristeza y nostalgia, lo cual permite una mayor conexión con el mundo exterior así como la posibilidad de armar nuevos proyectos y de recuperar, desde otro lugar simbólico, algo de aquello perdido.

Cuando por el contrario el sufrimiento se “eterniza”, y además de la falta de ese ser amado o ideal se observa una marcada perdida de aspectos del propio yo del sujeto y una dificultad para atravesar la etapa de reorganización psíquica esperable, podemos pensar en lo que se ha dado en llamar “duelo patológico” o “melancolía” (S. Freud). En el duelo el mundo se ha vuelto pobre y vacío;  en el duelo patológico, el yo mismo del sujeto es lo que se vuelve pobre y vacío. Es decir, algo en el proceso queda detenido, “congelado”, no pudiendo la persona volver a conectarse satisfactoriamente con los otros, consigo mismo y con nuevos proyectos.

Es importante distinguir esto, para no caer en “patologizar” lo que en sí mismo y en principio, es un proceso sano. El duelo duele; no es evitable el dolor propio de un proceso de gran trabajo psíquico que se hace “pieza por pieza” y que requiere gran consumo de energía destinada a tal tarea.  El dolor proviene del encuentro con esa pérdida, con ese ser que ya no está en la realidad; ese agujero en lo real debe encontrar una inscripción psíquica, palabras para simbolizar la muerte, palabras que no existen por cierto. No obstante ello, a partir de diversos rituales, creencias y elaboraciones psíquicas el duelo podrá ser atravesado, apaciguándose así, el gran sufrimiento que conlleva. Podemos escuchar que en los primeros tiempos  del duelo resulta absolutamente necesario hablar de la persona o de la pérdida, como forma justamente, de dar palabras a ese vacío.

Por el contrario, calmar la angustia inevitable que acompaña el proceso descripto con psicofármacos, esperando algo así como “la pastilla mágica quitapenas”–con excepción de casos específicos en donde la evaluación psiquiátrica y psicológica así lo indique- o fomentar conductas evitativas del encuentro con la pérdida “como si no hubiera pasado nada”, pueden obstaculizar el desarrollo saludable del proceso de duelo.  

Debemos tener presente que el dolor inevitable del duelo es otro sello que nos marca como sujetos; el sufrimiento es propio de una subjetividad.

(*) Lic. en psicología.

 

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