El espejo imperfecto de las realidades

Por Fernando Cussi

La actualidad Argentina se encuentra una vez más en uno de sus interminables ciclos que conjugan relativos progresos con profundas crisis económicas y sociales; las políticas implementadas resultan siempre parciales e insuficientes, y no terminan nunca de estructurar bases sólidas que aseguren el bienestar general de la población y un desarrollo sustentable de la economía. Cada signo político que accede al poder trata de desmantelar lo establecido por el anterior, imprimiéndole su sesgo ideológico y la percepción de la realidad que mejor se acomode a “su” verdad.

La existencia es una lucha de verdades. Una frase dice “no hay hechos, hay interpretaciones”, de manera que cada hecho tendrá tantas interpretaciones como sectores interesados en interpretar la realidad. Si se monopoliza la comunicación de cada suceso, una opinión determinada puede prevalecer por sobre todas las demás, imponiendo el triunfo total del poder mediático: la creación del sentido común.
El sentido común es el gran logro del poder y se concreta cuando se repite casi sin pensar lo que al poder le interesa que se le diga. Estamos habituados a que existan muchísimas concepciones ya formadas, frases hechas, interpretaciones incorporadas, que son las del sentido común. En la lucha por la verdad, se disputa la posibilidad de tener el dominio para imponer “mi” interpretación de la realidad por sobre la del otro, logrando que esa verdad sea adoptada por la mayoría.

La intencionalidad de conceptos que son vertidos desde algunos sectores referentes de la  comunicación, o por parte de algunas figuras que forman la opinión pública, logran instalarse para luego volverse de uso masivo adoptando la forma de verdades absolutas. Estas últimas actúan como forzadas síntesis de situaciones que nos afectan como sociedad en tanto política o culturalmente, pero en vez de explicar o ayudar a desarticular lo discursivo y las problemáticas que nos afectan condicionando nuestro desarrollo, actúan como barreras donde quedan atrapadas las voluntades el discernimiento y la lucidez de grandes grupos de nuestra sociedad. Así, la filiación o el acompañamiento de ciertas corrientes políticas se parece más a una reacción emocional o instintiva, -y por lo tanto menos reflexiva-  que a un pensamiento analítico o contemplativo.

De esta manera, lo que se denominara con gran efectividad “la grieta”, sirvió para representar una antigua y nociva costumbre que arrastramos como pueblo: la de producir divisiones de manera incesante. Sin embargo, esto fue presentado como una construcción actual llevada adelante por facciones radicalizadas. La citada denominación se presenta de manera accesible y cotidiana pero resulta siempre parcial e interesada; es el difuso reflejo de un ríspido momento de nuestra Argentina que se convierte en un argumento fácil, al alcance de todos, al punto de sentirnos capaces de trazar una línea y colocar de un lado los buenos y del otro los malos en un reduccionismo intelectual casi infantil. Sin comprender de manera clara que esto representa sólo la punta del iceberg de una fenomenal lucha de variados intereses políticos, de sectores económicos concentrados, de grandes porciones de la población apenas subsistiendo y apabullados por una pobreza estructural del 30%, que no dejó de crecer desde los oprobiosos gobiernos militares a esta fecha. No se advierten los perjuicios de una economía sustentada mayoritariamente en la especulación financiera (que alientan grupos minoritarios pero poderosos) que puede terminar en una crisis cambiaria como la que actualmente sufrimos, sobre todo si se tiene en cuenta el “amor incondicional” al dólar que se manifiesta en una parte de la ciudadanía. Ejemplo de esto, es el efecto que provocó el gobierno actual con la apertura indiscriminada a inversionistas externos para operar con Lebac, y la posterior chance de retirar el dinero del país sin ningún tipo de reparo, lo que ocasionó una enorme fuga de capitales que fue, junto con otras causas, lo que puso en jaque al sistema financiero local.

Todo esto va en desmedro de una economía de producción que contemple el mercado interno, que incentive el consumo generalizado (que no significa consumismo), y que apoye el fortalecimiento de la industrialización con toda su cadena productiva, incluyendo las pymes. No deberían marginarse los grupos emprendedores, los procesos innovadores y la jerarquización de los puestos de trabajo con capacitación permanente, que permitan darle valor agregado a las materias primas que se generan, y sobre todo apostar al desarrollo y la integridad humana que debería ser el eje de toda política de estado.

En ciudades como la nuestra, carente de una visión estratégica que logre señalar un modelo a seguir, con estratos sociales acaudalados pero poco afectos a invertir en desarrollos que escapen a la idiosincrasia azuleña, a lo que se suma la limitación estructural que poseemos y el peso del estado en materia impositiva que resulta por momentos asfixiante, se crea un escenario adverso y la crisis actual se hace por demás evidente, porque no hay una red suficientemente fuerte que contenga los cambios vertiginosos que la economía nacional genera, dejando caer a muchos componentes de la ciudadanía en una delicada situación que involucra la falta de empleo, la restricción en la salud, la educación y la disminución de la calidad de vida en general. A simple vista se percibe una tendencia cada vez más marcada a la precarización laboral que deja al descubierto problemas que arrastramos con persistencia, como la crisis habitacional que cada tanto surge con incidentes aislados, pero congruentes con la falta de una regulación apropiada que contemple el aspecto social. A todo esto se le debe agregar, tristemente, una limitación histórica de la dirigencia que no puede planificar a largo plazo un proyecto de ciudad que logre la revalorización territorial necesaria que nos permita establecer políticas complementarias con la región.

Volviendo al plano nacional, según datos del economista Martín Lousteau, si se toma el ingreso por habitante nuestro en los últimos años y lo comparamos con Chile, el país vecino crece al 3% y Argentina al 0,8%. La acumulación de este crecimiento indica que, si crecés como Chile, cada 23 años duplicás tu ingreso por habitante y, si creces al 0,8, necesitás 88 años para lograr lo mismo. Este dato impacta en que todas las prestaciones del Estado. El mismo que una vez fuera modelo en la región, se ha degradado notoriamente en materia educativa, salud pública, seguridad, Infraestructura, movilidad social, etc.

Corriendo los velos de algunas opiniones prefabricadas queda al descubierto el rotundo fracaso de todas las expresiones políticas que intervinieron en esta última etapa democrática, que colaboraron en la construcción de una estructura institucional tan corrupta como anacrónica y con una profunda crisis de representatividad que afecta a casi todos los órganos y niveles del Estado.

La historia de nuestro pueblo, articulada desde sus comienzos en las subyacentes contradicciones de su diversidad socio-cultural, determina que nunca fue un país integrado, con objetivos comunes y estratégicos que lograran ensamblar las diferencias en un proyecto único que incentive al desarrollo sostenible de la nación. Como queda expuesto en un libro fundamental de nuestra literatura titulado “Civilización o Barbarie”, la facción siempre se impuso sobre el conjunto, como si dentro de este país existieran varios países que necesitaran invisibilizarse o destruirse para que los integrantes de cada bando encuentren un sentido auténtico que transforme este suelo, de una vez y para siempre, en una nación moderna y pujante.

 

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