ENFOQUE POR EL DÍA DE LA VERDAD, LA MEMORIA Y LA JUSTICIA

“El gesto”

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“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

Jorge Luis Borges.

El vidrio empañado interrumpió el ritual. Por eso frotó con bronca las manchas de vapor y volvió a repetir la sonrisa. La incertidumbre lo llevó a constatar que todo estuviera bien, y para eso sacó la foto del bolsillo. Terminó de lavarse la cara y ensayó la sonrisa por última vez.

El camino era el de siempre. Todos conocían el trayecto. Silvio caminó las cuatro cuadras entre miradas conocidas: algunas complacientes y otras enmarcadas en un rictus despectivo como amonestando lo que él representaba. Le gustaba encontrarse con los ojos  de los niños que le convidaban una tierna ingenuidad.

El viaje culminó en el banco de la plaza bajo el frondoso pino.  Ese era el lugar exacto donde se encontraban. Silvio abrigaba por momentos la ilusión de que él no estuviera, aunque, por otro lado, sentía un extraño pesar imaginando su ausencia.

Volvió a mirar la foto. La imagen era el único recuerdo de su padre, pero no era esa triste exclusividad la que la tornaba imprescindible, su valor más importante radicaba en  haber sido el refugio de su identidad. Cuando descubrió el notable parecido que su sonrisa tenía con la de su padre se sintió reconfortado -así, como al calor de un abrazo-había pensado alguna vez.

Le era difícil explicar a los demás lo que representaba esa risa, la sentía como un lugar donde lo esperaba el amor familiar, su lugar más propio -ahí estoy yo realmente- solía gritar en la soledad del baño cuando de casualidad lo sorprendía la sonrisa. Y ahí nomás, sonrojado, con el espejo como único  testigo, dejaba caer las lágrimas, añorando en  un llanto mudo, aquello que le habían negado.

Fue este sentimiento el que despertó aquella particular manera de buscar justicia. Todas las veces que lo  intentaba encontraba un resquicio de calma que lo llevaba a repetirlo todos los viernes. Y ahí iba otra vez. El anciano sentado como siempre esperaba desafiante. Las miradas circundantes estaban atentas sumergidas en una muda complicidad.

Cuando estuvo frente al viejo esbozó lentamente la sonrisa  propiciando el encuentro con su padre. Así debía ser. Tenía que producirse esa unión  perpetua, ese constante renacer. Sólo si esto sucedía la peculiar justicia se llevaría  a cabo.  De esta manera lo había imaginado Silvio, años atrás, después que un  juez, otorgara al torturador la libertad.

-¡No pudiste! ¡Acá estamos otra vez! -pensaba a escasos centímetros de la cara del viejo mientras reproducía la sonrisa entrañable.

Pero algo distinto sucedió. Silvio permanecía allí intentando lograr la mímesis exacta que lo pusiera en conexión directa con la foto, más aun que lo fundiera en la sonrisa inmortal. Pero por un segundo se distrajo, dejó de lado la expresión tantas veces ensayada para prestar atención a lo que realmente tenía frente a él, y fue justo allí donde lo sorprendió el gesto. Una oscuridad cínica se eyectó  desde los ojos del torturador y se le metió violentamente en la cabeza. El mentón levemente levantado y los labios apretando el desprecio acompañaban  el gesto desdeñoso. El viejo parecía llevar en la cara todo el pasado de violencia, y Silvio quedó inmerso en ella como nunca antes.   La oscuridad lo llevó en cuestión de segundos a “La Perla”, allí donde la historia recordaba a su padre por última vez. Se reencontró con su trágico destino, pero aun así, no pudo dejar de pensar en el gesto. Su mente ancló en aguas incómodas, y sorprendido, se descubrió pensando en el  anciano, en ese asesino octogenario. De repente tuvo un  impulso y corrió intentando escapar de algo inexpugnable. Corrió varias cuadras sin poder expulsar esa sensación que lo horrorizaba.

Volvió frente al espejo. Estiró hacia abajo los pequeños surcos de los costados de los ojos y al sonreír, como acostumbraba, sintió nuevamente esa tibieza que lo contenía y lo enorgullecía a la vez.

Se sintió extrañamente privilegiado, y  fue esa sensación la que lo llevó a pensar, por primera vez, en  los hijos del torturador que  habían quedado unidos de por vida, al gesto de su padre.

Ignacio Levigne

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