“El  irlandés”: las horas anteriores a la firma de su muerte

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La sala estaba a media luz. Prendió su cigarrillo, ese que marcaba la salida de la rutina, y lo conducía por caminos de humo hacia el centro de su oficio. La pava silbó la nota acostumbrada y como todas las noches se sirvió su  taza de té.

Siempre en esas instancias lo  agobiaba la nada: una hoja en blanco, la quietud, la afonía. Pero, esta vez, no podía permitirse esos horrores.

Deambuló un largo rato por esa oscuridad apacible mucho más transitable que la que debía relatar. Se acercó a la ventana. Volvió a aspirar el humo. Se quitó los lentes para masajear sus ojos cansados pero despiertos, y por fin, se sentó frente a la eterna Olivetti.

Pensó como romper el cerco que los había dejado mudos. Le pareció  atinado encabezar el texto, con la sugerencia  a ese lector imaginario, de que lo reprodujera. Reiteró con insistencia de qué manera  “viralizar”  (tal vez este verbo no haya estado en su lenguaje) el documento.

Se preparó para empuñar su arma más poderosa, en la que más confiaba. Solo con ella se sentía protegido, y a la vez, la creía capaz de vulnerar cualquier oponente. Comenzó a escribir.

Fue justo después de su primer punto y aparte donde se vio enfrentado con el horror. Como  en aquellas peleas de niños en el convento, había que esconder el miedo y pelear. Pero los puños  ya no alcanzaban, y el insignificante calibre veintidós, era sólo una excusa para morir sin delatar. Su enemigo era despiadado.

Transitó por la opresión  con hidalguía. Se deshizo tiernamente en el dolor de una pérdida (Vicky y Paco estaban allí). Se elevó preciso por los muros de la historia apenas sucedida, desafiando su recodo engañoso, con su mágica elocuencia de narrador.

Ahora estaba un poco más tranquilo. Había superado ese pequeño trauma que los escritores tornaron un lugar común y se encontraba en la entrañas de su gran texto. El dolor lo acompañaba a cada letra, a cada palabra. Se lo encontraba a la vera de cada párrafo: las caras, las sonrisas, los olores, los llantos, los sueños, los valores.

Siguió adelante escribiendo responsablemente (única  forma en la que concebía su oficio) y entonces  llegó el tiempo de los números. Las cifras: diez mil, cuatro mil, decenas de miles. — ¡Que fríos son los números—.   Sintió por un momento que podía ponerle cara a cada uno de ellos, que con esfuerzo, podía escuchar todas sus voces. Tomó la tasa de té  que tenía a su izquierda y la bebió de un sorbo. La tarea le había secado la boca.

Como en otras oportunidades, en la intimidad de la escritura, lo visitó el recuerdo de su padre:

—Lo mató un caballo. Irlandés. Lo mató un caballo. — Así de brusca y lacónica había llegado la noticia—.

No se sorprendió por la oscura reminiscencia. Toda la atmósfera estaba teñida de muerte. Él escribía para no morir, o tal vez, para que no sigan matando. Él escribía sin saber el alcance real de sus palabras, pero consiente que no podía dejar de contar lo que estaba sucediendo.

Él escribió ignorando mucho de lo que sucedería después: Ignoró la hora de su muerte. Ignoró el tiempo que duraría el horror. Y, por supuesto, ignoró  el hecho mínimo de que  alguien  treinta y nueve años después, en busca de sentir la satisfacción moral de un acto de libertad, imaginase un relato con la sola intensión de que no se corte su cadena informativa. Todo esto y más  ignoró. Pero fiel a su estirpe nos escribió despidiéndose:

“Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.”

Y firmó, valiente, su muerte: Rodolfo Walsh.

 IGNACIO LEVIGNE

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