EL OFICIALISMO Y LA CONFLICTIVIDAD SOCIAL

 

El frente Cambiemos se encuentra ante una encrucijada de difícil resolución pero que necesariamente debe sortear para aliviar, al menos parcialmente, el descontento generalizado en la sociedad por la situación económica. Tanto en la Casa Rosada como en La Plata tienen presente que si logran atravesar ese obstáculo podrían obtener un poco de aire fresco para encarar la campaña electoral con alguna expectativa, pese a la ausencia de buenas noticias en materia económica.

El que parecía ser uno de los pilares del gobierno de Mauricio Macri, la asistencia social a las clases marginales, manejada desde el Ministerio de Desarrollo Social por Carolina Stanley, terminó derrumbándose en los primeros meses del año. De los elogios por la prórroga de la ley de Emergencia Social y la inédita participación de las organizaciones sociales en las decisiones, Stanley pasó a convertirse en el blanco elegido, casi a diario en las últimas semanas, por distintos sectores que reclaman mas ayuda cortando las calles frente al ministerio.

La obtención de beneficios tras cada corte o la promesa de atender sus reclamos, lejos de aquietar las aguas, invitó a otras agrupaciones a poner en práctica más piquetes.

No es cierto que se haya anticipado la campaña electoral, como pregona el gobierno. Lo que los distintos actores políticos y sociales comienzan a observar -Roberto Baradel, incluido- es que a la administración macrista “le entran las balas”. Y que el blindaje que gozó en el 2016, ayudado en gran parte por la “generosidad” del erario público respecto de gobernadores, intendentes y sindicalistas, ya no es tal.

La demostración de fuerza llevada adelante hoy por los sindicatos docentes, puso en jaque la estrategia de la gobernadora María Eugenia Vidal -respaldada por Macri- de no ceder antes los gremios.

La discusión acerca de la legalidad del paro o la representatividad de los dirigentes sindicales de los gremios de la educación que siempre protagonizan conflictos salariales -justos, por cierto- pero nunca en función del deterioro educativo, puede ser eterna. En los hechos, la gobernadora Vidal va perdiendo la pulseada con los chicos sin clase y el Presidente no logra ordenar la protesta.

Por ello, muchos votantes de Cambiemos comienzan a exigir, de mal modo, el cumplimiento de las promesas de la campaña en 2015 vinculadas con el ordenamiento o erradicación de los piquetes, o con los días de clase.

Sin embargo, el síndrome “me tiraron un muerto” que sufrió Néstor Kirchner con el militante de izquierda Mariano Ferreyra (2010); Eduardo Duhalde con Kostecki y Santillán (2002); o el gobernador neuquino Jorge Sobisch con el docente y militante Carlos Fuentealba (2007) existe, y nos es ajeno al análisis en la cúpula del PRO.

Un episodio de esas características podría herir de muerte al oficialismo de cara a las elecciones legislativas del presente año. Por eso, no es casual la tibieza con la que afrontan el problema de piquetes y cortes, sobre todo en la Ciudad.

“Lo mejor que puede hacer el gobierno es dejar que protestes porque eso les sale mucho dinero a quienes organizan los cortes y acampes. Y es una manera de desgastarlos”, sostiene un dirigente oficialista.

Sin embargo, ese desgaste también puede afectar a los votantes de Cambiemos que observan, que los gobiernos nacional, bonaerense y porteño, no tienen respuesta a un problema concreta que afecta a diario a miles de personas.

 

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