El particular caso de las “jirafas subversivas”

Ernesto Pérez era comerciante en 1977 y representante de grupos musicales, entre ellos el reconocido “Arco Iris” de Santaolalla. El azuleño fue secuestrado, junto a su hermana, y desaparecido durante varias semanas. Antes del rapto, un olavarriense inmerso en una profunda paranoia, lo involucró en una falsa denuncia.

Escribe: Marcial Luna
lunasche@yahoo.com
 
(NOTA V)
 …Y el viento nos cuenta
la historia de un lugar…
 

Ernesto Pérez en una foto cercana al momento en que fue secuestrado de su domicilio en Azul. GENTILEZA ERNESTO PÉREZ


El “servicio” olavarriense, quizá por costumbre, o por rutinaria manía, observaba detrás de una cortina en su casa la circulación que registraba la avenida. De la vivienda de enfrente vio salir al joven azuleño. No le agradaba. Y menos ese día, que bajo el brazo cargaba unos cuantos fierros.
Cuando se repuso del sobresalto, discó el número de la seccional y, apresuradamente, denunció el caso.
El “Inglés” Pérez, un emprendedor comercial azuleño que se había instalado en Olavarría para estudiar la carrera de Ingeniería, minutos después fue detenido. ¿Armas bajo el brazo? Se quedó pensando cuando le informaron el motivo de su arresto. Y trató de explicarlo: aquello que cargaba en su auto eran “jirafas” para micrófonos. En ese momento, Pérez representaba en la región al grupo de rock nacional “Arco Iris”, liderado por el genial Gustavo Santaolalla.
 
Ensayo de orquesta  
 
Ocurrió poco antes de su secuestro en Azul. Pérez recordó el episodio ocurrido en Olavarría. “Yo estaba estudiando Ingeniería allá y vendía instrumentos. Uno de los muchachos me había comprado esas jirafas que se utilizan para micrófonos. Le traje tres. Yo alquilaba en la avenida Del Valle”.
Un vecino, retirado de alguna de las fuerzas de seguridad “hizo la denuncia de que yo había salido con armas. Me fueron a buscar al ensayo de la orquesta. Me encontraron ahí y me llevaron preso. El ejército había rodeado la manzana, con tanques. Estuve dos o tres días preso”.
Las fuerzas intervinientes no tardaron en comprobar que las armas denunciadas por el vecino de Pérez eran, en realidad, piezas complementarias de un sistema de sonido. La diferencia entre un fusil o una carabina, y un pie de micrófono no tardaron en saltar a la vista.
Pero, desde entonces, un extraño presentimiento empezó a perseguirlo, como si fuera su propia sombra. O peor aún: la de un pájaro de mal agüero que, desde ese día, comenzó a sobrevolarlo.
 
El enchufe    
 
La razzia de jóvenes “marcados” en Azul comenzó el 5 de febrero de 1977. El día 8 fue el turno de los hermanos Graciela y Ernesto Pérez. Un grupo de tareas los arrancó del domicilio familiar de Burgos 424 y los mantuvo desaparecidos durante treinta días.
En la madrugada del 8 de febrero de 1977, poco antes de la hora 5, un grupo de hombres irrumpió violentamente en la vivienda. Los incursores se identificaron como miembros del Ejército Argentino. En realidad, aunque vestían uniformes verde oliva, se presentaron travestidos. Llevaban pelucas y bigotes postizos con el fin de desfigurar sus rasgos faciales y, de ese modo, impedir que alguien pudiera reconocerlos.

Ernesto Pérez, “el Inglés”, durante la entrevista con el autor del artículo.
FOTOGRAFÍA LUCRECIA EMMA BALIÑO


Ernesto estaba casado y, la noche del secuestro, “mi hijo estaba por suerte en la casa de la abuela”. El niño tenía cinco años por entonces. A la esposa de Ernesto y “a Papá los taparon con una cobija”, luego de arrojarlos en el piso de una habitación. “A mí me llevaron a la cocina, me vendaron enseguida, me preguntaron donde estaban las armas. Era muy posible que me fueran a torturar ahí, porque encontraron la mesa al lado del enchufe y aparentemente no les anduvo algo que estuvieron probando. La mesa era una mesa grande, la de la cocina, y la trajeron prácticamente contra el enchufe, pero aparentemente algo les falló”.
“Me molieron a palos dentro de mi casa. Me pusieron un revólver o una pistola dentro de la boca. Se empecinaron con mis genitales”. Aún tiene una cicatriz ente las cejas, por las vendas y la mugre como residuo de la tortura. Es una pequeña zona que comenzó a sufrir putrefacción y que no llegó a gangrenarse porque fue tratada. En las manos y muñecas de Ernesto sobreviven las marcas de las ataduras y las esposas.
 

Documentos, recortes, fotos y el billete de mil pesos que uno de los secuestradores le dio a Ernesto Pérez para que pudiese regresar a Azul.


 
Cambio de manos  
 
Los secuestradores sacaron encapuchados a los hermanos Pérez de Burgos 424 y a los empujones. El viaje fue breve, tanto que puede dar la sensación de que fue una vuelta a la manzana. “Nos llevaron y empezaron cuatro o cinco días de torturas de picana, y palizas. En el caso mío, además, torturas mentales como ‘tu viejo se murió’. Me decían que mi viejo se había muerto, recién, de un ataque al corazón”.
Quizá fueron cinco. Quizá seis. O cuatro. Ernesto no puede precisar los días exactos que estuvo secuestrado en alguna dependencia azuleña. Sólo una cuestión de lógica, en torno al brevísimo viaje, encierra la posibilidad de que el secuestro haya sido producido por un grupo operativo de la Policía Federal y, los hermanos Pérez, trasladados a esa dependencia, donde actualmente funciona el Juzgado Federal de Azul. Coincidencia o no, pero funcionaba a la vuelta del domicilio de la familia Pérez [ver ediciones de El Tiempo: 30-7 y 20-8-2017].
“Después de esos primeros cinco días aproximados que estuve acá en Azul, donde me torturaron, me trasladaron a otro lado y el recorrido que se hace en esa oportunidad, al contrario de la primera vez, me pareció largo”.
Piensa Ernesto: “Posiblemente cambié de manos. Cuando me trasladaron, uno veía que el trato era diferente, en la forma”. Sin embargo, un aspecto atrajo toda su atención y aún permanece estridente en su memoria: “Había un doctor que fingía la voz, que me fue a curar, porque yo tenía una lastimadura muy grande por la picana. Me venía a curar y fingía la voz; no sé quién puede haber sido. O tiene que haber sido alguien conocido mío, posiblemente cliente del negocio, porque de lo contrario qué necesidad tenía de fingir la voz”. Sólo para que el lector se haga una mejor idea, la impostura de la voz era semejante a las “mascaritas” de las épocas de carnaval.
El día del secuestro de los hermanos Pérez fue movido. El operativo comenzó a las 5 de la madrugada y se extendió hasta las 6. Durante un tiempo de esa hora, parte del grupo de secuestro se dirigió hasta el negocio familiar de los Pérez, la recordada Kely Deportes, en calle Yrigoyen 469. Ernesto lo recuerda: “En 1955, a mi viejo le habían dejado en custodia algunos libros relacionados con el peronismo [existe acta de allanamiento, copia en poder del autor de este artículo]. El hábeas corpus que se presentó ante el juez Pagliere fue importante, porque el juez se jugó y le dio curso. La intervención de Miguel Oyhanarte, de El Tiempo, también fue importante, porque se preocupó por nuestro paradero”. De hecho, la familia Pérez aún conserva los recortes que escribió Oyhanarte.
 
El Arco Iris de rock  
 
Ernesto Pérez había vendido instrumentos musicales y aún recuerda una venta de nueve guitarras Fender y una Gibson en la misma oportunidad. De ImportMusic le preguntaron cómo era que vendía tanto. Desde chico estuvo vinculado a la música. Estudió violín hasta los quince años, luego empezó con el bajo eléctrico y también le atrajo pintar al óleo. Estudió y se recibió de dibujante publicitario y letrista, en la Escuela Piloto. “También estudié en la Técnica. Me recibí de auxiliar de comercio. Cuando cumplí los 15, a mi madre, Gregoria, le tomó un ataque de hemiplejia. A los 20 me sortearon para el servicio militar y me tocó el novecientos y pico, quedé para la segunda tanda. Ella tuvo cuatro ataques más y falleció. Ahí dejé de pintar y empecé a vender instrumentos”.

El grupo “Arco Iris”, representado por el azuleño Pérez: Ara Tokatlian (saxo tenor y flauta), Guillermo Borderampe (bajo y contrabajo), Horacio Gianello (percusión y batería) y Gustavo Santaolalla (guitarra y voz). GENTILEZA ERNESTO PÉREZ


“Yo iba a los ensayos de los grupos y siempre algo vendía, desde cuerdas hasta palillos de batería. O les llevaba un instrumento nuevo para que lo probaran. Yo trabajaba directamente con el importador, así que tenía mejor precio que las casas de música de Buenos Aires. Me perjudicó el Rodrigazo, porque yo compraba de contado y después les financiaba a los grupos”. Pero luego de ese ajuste económico ya no hubo posibilidad para continuar esos negocios en cuotas.
Unos años antes, en 1971, en el piso superior de la porteña Casa Neto, había un estudio de grabación que les pertenecía. “Ahí grabó Arco Iris, por ejemplo, León Gieco también. Pepe Neto, el dueño, me propuso ser el representante de Arco Iris en el interior de la provincia y así hicimos dos presentaciones. No hubo cabida ni en Azul ni en Olavarría, pero sí en Tandil. Ahí fue una locura, se agolparon fuera de la radio, la gente que se enteró que iba Arco Iris, había muchísimos seguidores”. En la vereda, cantaban, una y otra vez, Mañana campestre.
De Arco Iris, Ernesto tiene el mejor de los recuerdos. “Era un grupo especial, hacían yoga, tenían a Dana como guía, estaban en contra de la droga, todo muy espiritual y su música transmitía eso. Los detractores les decían ‘las amas de casa del rock’ y cosas así, pero eran los que nunca entendieron nada”.
 
Un billete de mil  
 
¿Cómo asimilar lo que le ocurrió poco después, en una Argentina que podía generar música maravillosa y psicópatas del crimen estatal? Durante su secuestro, Ernesto estuvo “cinco días sin tomar agua, ni nada. Perdí veinticinco kilos en ese tiempo, aparte me daban muy poco de comer. Esos días me tuvieron esposado, vendado y en el calabozo, pero no recuerdo casi nada, la pasé muy mal, todo como en una nebulosa, como en sueños, como si estuviera sedado. No recuerdo ruidos, gritos, sólo una especie de música. Estuve detenido hasta el día 5 de marzo. Cuando me largaron, me dijeron: ‘bueno ahora vas a saber lo que es morir’ y me pusieron una capucha negra y me metieron en un baúl, y así anduvimos un rato largo, en la ruta. O sea, andábamos bastante ligero. Después percibo que vamos por un camino de tierra, y cuando abren el baúl me di cuenta que era de noche y estábamos en el campo, por los ruiditos de esos lugares. Me dicen: ‘bajá’. Yo digo: ‘bue chau’. Pero no, se quedan a mis espaldas, me sacan la capucha, sigo con los ojos vendados y me dan los mil pesos”, el billete color marrón con la imagen de San Martín.
Aún lo conserva, Ernesto. Y lo hizo plastificar.
Con ese dinero, le dijeron los secuestradores, podía subirse a un ómnibus y volver a casa.
“No podía ver, tantos días sin ver nada por la venda. Me saqué todo y caminé hacia la ruta; estaba en Miramonte, de Cacharí, a once kilómetros, pero no para el lado de la estación, sino para el lado de Rauch. Ahí me dejaron descalzo, con unos vaqueros que después me di cuenta que eran los que tenía mi hermana cuando la secuestraron conmigo”.
No pasó ningún ómnibus. Algunos conductores, que estaban estacionados o circulaban, al ver el aspecto de Ernesto luego de casi un mes de haber sido secuestrado, hicieron la vista gorda. Un camionero sí se detuvo, lo subió, pero le aclaró: “Yo te arrimo, pero te dejo en la ruta”.
Y Ernesto, quizá porque sabía que había vuelto a la vida y en unas horas más podría recordar aquella letra de su amigo Santaolalla
…Mañana campestre
perfumada de azahar.
Un gorrión se escapa de tu voz…
sintió la inmensa necesidad de hablar. Soltó su voz.
Entonces habló y le contó al camionero lo que había vivido durante esos veinticinco días. Quizá por piedad, por empatía o lo que fuera, cuando arribaron a la entrada de azul, el camionero lo miró a Ernesto:
“Te voy a llevar a tu casa, no te voy a dejar en la ruta, te llevo a tu casa”.
“Burgos 424”, respondió y agradeció Ernesto. Donde, sólo unos días atrás, había comenzado su infierno.
 

EL DATO:
Fuentes:
-Causa N° 41.772 (Caso Hnos. Pérez).
-Otras causas consultadas:  N°131/07 (y acumulada 42/09, caso “Quinta de Funes”) y Causa N° FRO 81000095/2010 (y acumulada 117/099).
-El Tiempo, ediciones febrero-junio 1977.
-Entrevistas a Graciela y Ernesto Pérez.
-Correspondencia familia Pérez-Cucuchet, facilitada al autor.

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *