ESCENAS DE UNA VIDA A DIARIO

El pasante

La noticia del día había sido un asalto a un banco donde hubo un tiroteo que dejó como saldo un delincuente muerto y un policía herido. Un estudiante de Periodismo, el encargado de ir al lugar y volver a la Redacción para contar aquello que pasó.

NACHO CORREA
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NACHO CORREA

Escribe para EL TIEMPO:Fabián Sotes

“Pibe, agarrá un fotógrafo y andáte hasta Villa Elisa. Dicen que hubo un asalto a un banco”.

El pasante no dudó un instante. Y mientras la noticia policial, imprevista y cruel por naturaleza, cortaba al medio la apacible tarde de agosto en la Redacción del diario, inmediatamente salió hacia el lugar donde estaba la acción.

La orden se la había dado el jefe de la Sección Policiales. Un tipo con barba candado y cara de “garca”; que también era flaco, largo hasta casi el metro noventa y cinco e hincha de Vélez.

Con varios años recorridos en la profesión, no había forma de decirle que no a ese personaje que a los gritos y haciéndose el canchero jamás pasaba desapercibido cada vez que aparecía por la Redacción, lo que siempre ocurría cuando el reloj marcaba que ya habían pasado unos minutos de las tres de la tarde.

“Traeme un plano del banco. Y cuando llegás al lugar, hablá con un bombero amigo mío que está ahí. Él te va a dar toda la data de lo que pasó, porque a vos la Policía no te va a pasar ni la hora”, le dijo también.

Veinte minutos después de dada la orden, la noticia policial se abría como un paraguas en su máxima y más tremenda expresión ante los ojos del inexperto pasante.

En medio del caos generado en el lugar escenario del hecho, casi a los pies del estudiante de Periodismo yacía un joven que podría tener su edad.

Estaba muerto.

En uno de sus brazos, en medio de un tremendo tatuaje, aún podían verse las consecuencias de lo que había sido un sangriento tiroteo a la salida de ese banco al que ingresó con dos cómplices a cometer el robo. Los mismos que después lograron escaparse, en medio de ese fuego cruzado cargado con balas que se generó entre ellos y los policías, uno de los cuales resultó herido.

Esos dos se habían ido en el mismo auto en el que un cuarto sujeto los estaba esperando a modo de “campana” y apoyo.

Pero ese pibe no. Ya no podía irse y no iba a volver nunca más.

Su cuerpo estaba ahí, tirado. Recién muerto en la vereda del banco. Su cadáver había quedado a la intemperie y apuntando al cielo, todavía a la espera de que apareciera esa manta que lo cubriera para hacer menos escabroso y brutal semejante cuadro.

Ambulancias, bomberos, víctimas, testigos, curiosos y policías que iban de acá para allá formaban parte también de una escena más parecida a la ficción que a la realidad.

Pero todo eso estaba pasando en vivo y en directo frente a los ojos del pobre pasante.

Cagado hasta las patas ante semejante revelación de aquello en lo que una noticia policial puede llegar a convertirse, el muchacho se replanteaba seriamente en ese momento para qué carajos se le ocurrió algún día estudiar Periodismo. Y seguía ahí, como petrificado. Invadido por una escena que jamás esperaba encontrar; superado por una situación que desbordaría a cualquiera e intentando hacer contacto con ese bombero que el jefe de la Sección Policiales del diario le había dicho que tenía que encontrar.

El bombero, acostumbrado a charlar con periodistas ya formados a los que solía encontrarse en cada una de las escenas de un crimen a las que iba, tiraba data precisa mientras estaba cómodamente sentado en el interior de un móvil del Destacamento al que pertenecía. Pero en una jerga indescifrable para ese pibe, que ni encontraba la lapicera para anotar después del shock que le produjo ver muerto a sus pies a un joven que podría haber tenido en ese momento su misma edad o un poco más.

Mientras tanto el fotógrafo -un viejo lobo de la profesión- hizo la suya. Sacó cuatro o cinco fotos que por sí solas servían para explicar todo lo que había pasado y rápidamente levantó campamento. Y en esa levantada para volver a la Redacción se llevó puesto -en el auto que manejaba un chofer- al periodista principiante, que apenas había podido llegar a comprender algo de lo que ese bombero transformado en su fuente le decía con relación a lo ocurrido.

Ya en el viaje de regreso, todavía pálido por la escena que había contemplado, el estudiante de Ciencias de la Comunicación recién ahí se acordó del plano que le pidió su circunstancial jefe.

Un plano que nunca consiguió, ya que ni siquiera atinó a caminar algunos pasos para intentar colarse en el banco y ver cómo era ese interior que después, a través de un croquis, tenía como destino convertirse en la típica infografía que en el diario papel del otro día iba a explicar a los lectores cómo había sido ese asalto y el feroz tiroteo que dejó como saldo un delincuente abatido y un policía herido.

De regreso, el comité de bienvenida al pasante -no muy simpático, por cierto- lo encabezaban el Jefe de Policiales y el Secretario de Redacción. Este último, ya con la certeza de que el título más importante del diario del día siguiente iba a ser ese asalto y tiroteo en el banco.

“Vos sentate ahí y empezá a escribir. Después, lo que tengas me lo pasás a mí y yo me encargo”, le dijo el responsable de la Sección Policiales.

A las dos horas, el proyecto de periodista sólo había alcanzado a hilar dos párrafos que no servían ni para una noticia breve.

Los nervios por lo que presenció, más la presión por lo que tenía que generar, fueron demasiado para el pibe.

“Y el plano que te pedí… ¿Lo trajiste nene?”.

Por si algo faltaba para que toda la situación comenzara a tener un tinte más dramático del que ya tenía -y que a esta altura ponía en riesgo seriamente la continuidad en el lugar del estudiante de Periodismo- el pobre pasante lo único que alcanzó a decirle fue un “no” a su jefe de aquel entonces.

Un no, como respuesta, que se convirtió en el fósforo que prendió fuego la mirada de ese tipo que ahora tenía un motivo más que suficiente para cometer un homicidio en estado de emoción violenta en la Redacción del diario.

De más está decir que esa fue la última incursión del pasante por la Sección Policiales del matutino en cuestión.

A modo de decisión salomónica y piadosa que sirvió para evitar que fuera asesinado aquel día, en lo sucesivo el muchacho continuó ejerciendo sus primeros pasos en el Periodismo en la Sección Artes y Espectáculos.

El escándalo que aquella tarde se armó en la Redacción del diario, a pesar de que la noticia salió publicada al día siguiente con todo el despliegue que merecía -y hasta con la infografía, surgida de un plano que nunca apareció- tuvo más coletazos: un mes después, el tipo que estaba a cargo de Policiales, el que tenía una cara de “garca” tremenda, se fue silbando bajito una tarde como las de siempre. Y se llevó sus cosas para no volver nunca más.

Tal vez, para él aquella salida haya sido un alivio. El disparador que necesitaba para irse de una vez por todas de ese lugar que parecía disfrutar al mismo tiempo que detestar, como suele suceder con cualquier laburo que en formato de rutina diaria amasa las almas de todos los mortales.

O tal vez no. Vaya uno a saber.

 

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