ENFOQUE

El peronismo a setenta años del primer triunfo electoral

Escribe: Alejandro Raúl Lozano. – Congresal Provincial PJ.

 

Ciento treinta días transcurrieron desde el 17 de octubre de 1945 al 24 de febrero de 1946. Ciento treinta días necesitó el entonces Coronel Perón para auspiciar la formación de fuerzas políticas que apoyaran su candidatura. Transformar a los sindicatos en factores de poder, lanzar su nombre a la esperanza y convocar al pueblo argentino en conmovedora y épica campaña. Ciento treinta días para recorrer el país en tres giras de ferrocarril (Norte, Cuyo y Provincia de Buenos Aires) y una en barco, el vapor París, con el que recorriera el litoral fluvial del Paraná. Sin medios de prensa importantes, solo un periódico (La Época), unas pocas emisoras de radio y un puñado de noveles revistas (“Política”, “Tribuno”, “Descamisada”).

El gran líder apareció en toda su forma con el hombre lanzado a la acción política. “…Quienes quieran seguir que sigan…” y millones lo siguieron, en la campaña que culminó en el triunfo electoral que hoy conmemoramos. Fue estadista en el gobierno, guía en el destierro, utopía en el regreso, esperanza en la victoria, y referencia ineludible aun en el momento y después de su muerte. Asumió la conducción de un conjunto desorganizado y heterogéneo que reclamaba un liderazgo que mantuvo por décadas aun en las circunstancias más adversas.

Partió de este mundo en el invierno de 1974 y distintas circunstancias históricas: las disputas internas, la dictadura genocida, la derrota del 83, la desviación liberal de los 90, la crisis del 2001, la necesidad de apuntalar la transición primero y el proyecto nacional y popular a partir de 2003, han impedido y postergado un necesario y profundo proceso de debate interno sobre la organización, el posicionamiento geopolítico, la vigencia y el rol del movimiento que Él creó y condujo.

La derrota electoral sufrida en noviembre pasado posibilitó, para hablar sin eufemismos, la restauración conservadora y la implementación de un nuevo proyecto oligárquico y neoliberal en el país que nos obliga a iniciar un período de reflexión, debate, análisis crítico y autocrítico colectivo sobre sus causas, porque a pesar de los avances conseguidos, “no alcanzó” y existen deudas pendientes y cuentas por saldar con los sectores más desprotegidos y vulnerables de nuestra sociedad.

Desde este mismo espacio, en diferentes columnas de opinión, a lo largo de doce años, he manifestado mi apoyo al proyecto nacional y popular que retomamos en el año 2003. En tiempos de asombrosas deslealtades, llamativos silencios, sorprendentes vacilaciones y extraordinarios transfuguismo siento el imperativo ético y la convicción política de ratificar someramente lo que desde este medio he sostenido públicamente por más de una década.

Los gobiernos de Néstor Kirchner primero y Cristina Fernández de Kirchner después, han representado la manifestación actualizada de las mejores tradiciones justicialistas en un sentido opuesto e inobjetablemente superador al neoliberalismo auspiciado desde nuestro propio partido en la década del noventa. No fueron fundantes como el peronismo primigenio, pero fueron consecuentes en la restitución y ampliación de derechos a los sectores históricamente postergados.

Durante sus mandatos, nuestra Nación reencontró su rumbo histórico restañando las profundas heridas de la represión genocida, inicio un ciclo de crecimiento económico basado en el consumo interno y la sustitución de importaciones, recuperó la dignidad frente a los acreedores externos renegociando exitosamente una descomunal deuda externa lo que determinó desendeudamiento estructural y autonomía, recuperó el trabajo como vertebrador social, otorgándose protección social a nuestros mayores y a los sectores sociales más vulnerables a la vez que comenzamos a transitar el camino de la unidad latinoamericana en la senda que nos marcaran nuestros patriotas libertarios y nuestro propio padre fundador.

Como lo hizo Perón hace siete décadas, Néstor y Cristina pusieron a la política en la gran dimensión rectora de los procesos populares y llevaron la batalla política y cultural al campo ampliado donde se ubican los poderes fácticos que tienen mucha mayor fortaleza que los poderes constitucionales de la República.

El poder financiero, el poder de los grandes medios de comunicación, el poder de los propietarios terratenientes, el poder de los grupos oligopólicos exportadores, el poder de los capitanes de la Industria, el poder del comercio concentrado y el poder judicial, único de los poderes de la República que tiene continuidad más allá de los mandatos populares, no figuran -salvo este último- en el texto constitucional de 1994. Sin embargo, dichos poderes son los que históricamente han definido, moldeado y condicionado en dictaduras o en democracias débiles, la estructura económica, cultural, social y la inserción de nuestro país en el mundo.

Los avances de estos doce años en buena parte se debieron a las batallas contra los intereses minoritarios, que como antaño, se resisten a perder derechos y privilegios, obstaculizan los avances, impiden consolidar conquistas y van horadando progresivamente los procesos populares hasta conseguir encerrarlo en las limitaciones propias y externas que se produjeron en cada uno de los periodos.

Desde la dictadura hasta nuestros días, ninguna fuerza política fue capaz de construir política, representación y poder en términos colectivos. Promediando la segunda década de siglo XXI ha llegado la hora que el peronismo se movilice en un amplio y profundo debate que permita modernizar y revitalizar las estructuras movimientistas y partidarias, interpele a sus dirigentes, convoque a sus intelectuales y movilice a su militancia.

La gravedad de la situación amerita que de inmediato nos aboquemos a ello. Miles de argentinos sin trabajo, trabajadores informales, cuentapropistas, pequeños productores, empresarios y comerciantes, jubilados, beneficiarios de planes sociales, una clase media que comenzará a pauperizarse y legiones de jóvenes que empezaran a ser estigmatizados, marginados y reprimidos al son de las campanas neoliberales, literalmente nos esperan.

Abrigo la esperanza, de que todos los dirigentes de nuestro campo político antepongan las soluciones que el país y su pueblo reclaman, a sus legítimas ambiciones personales. Al recordar nuestro primer triunfo electoral anhelo que el pensamiento, la acción, y el abnegado sacrificio de quienes los hicieron posible, sirvan de ejemplo y referencia inexorable del camino que, como peronistas, tenemos la obligación de recorrer.

 

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